El 324 cruzaba Quilmes centro para encarar Calchaquì. Eran 40 minutos en unidades viejas, sucias, con los asientos de cuero rojo, tajeados, generalmente sueltos.
Para mi viajar era un balsamo, no importaba si era leyendo, escuchando radio o durmiendo impunemente, siempre iba sentado y como en otra dimensiòn, era yo y nadie màs. En ese momento el mundo se detenìa.
Argentina sabìa ser un lunes gris y pegajoso, mis dìas no estaban lejos de eso y aùn tengo presente la sensaciòn de necesitar no llegar nunca a destino, de detener el tiempo.
Los amortiguadores viejos, gastados con tantas recorridas, producian saltos constantes en el andar, provocando un efecto de relajaciòn en mi, el colectivo se mecia en la calle.
Recuerdo mis viajes en ese colectivo, era el año 2001 trabaja para ayudar en casa, para pagar estudios, para ganar independencia.
Viajar era transportarme a la realidad, era mi pasaje a la adultez, la incertidumbre de enfrentar los dìas. Significaba, sin saberlo el viaje a la rutina, el comienzo ineludible de la vida.
Una màquina del tiempo, de los tiempos del hombre, de mis tiempos. Responsabilidades, sueños, circunstancias inevitables del destino, era resetear mis sentidos para arrancar mas fuerte.
Fueron tiempos dificiles, pero a la distancia creo que me sirviò para tomar fuerzas, para plantearme lo que iba a buscar. Decisiones vitales, importantes para un simple viaje en colectivo.