Amigos, por aquí otra vez compartiendo un cuento, medio sui generis, medio tranqui, pedacitos de vivencias propias y ajenas que son un collage de vidas reales.
¿En qué momento perdemos la inocencia?
Todavía escucho claramente a los adultos diciendo: “qué niña tan buena” y lo era, sin proponérmelo. Hoy mi mezquindad se ha adueñado de mis esencialidades y debo razonar cada etapa del camino para estar segura dónde apoyo mis pies, hacia dónde dirijo mis pasos y cuántos voy a dar.
Y no sé cuándo fue que perdí aquella inocencia ahora tan añorada.
Todavía escucho claramente a los adultos diciendo: “qué niña tan buena” y lo era, sin proponérmelo. Hoy mi mezquindad se ha adueñado de mis esencialidades y debo razonar cada etapa del camino para estar segura dónde apoyo mis pies, hacia dónde dirijo mis pasos y cuántos voy a dar.
Y no sé cuándo fue que perdí aquella inocencia ahora tan añorada.
El diario de Angela se cerró esa tarde suavemente y quedó agazapado en su falda esperando las ideas que serían fruto de ese día de soledad y meditación obligadas. Su mano izquierda descansó sobre las ajadas tapas cerradas. Lo miró y miró su mano por primera vez en mucho tiempo. No supo decir dónde terminaba su piel y dónde comenzaba el cartón del cuaderno. Hacía mucho que se había resignado a sus arrugas y a aquella cicatriz. Ya no recordaba las épocas de lozanía y había hecho las paces con el tiempo y su huella. Sin embargo, de cuando en cuando, algo dentro suyo la tomaba por sorpresa y volvía a enamorarse un poquito de la joven que aún vivía en algún rincón de sus recuerdos.
El sol fue dorado por unos brevísimos momentos en el reflejo que entraba por la ventana que balconeaba sobre los techos de las casas de la manzana. Parecían un collage, una colcha de retazos en tonos negruzcos de pardos y marrones oxidados. No había un patrón uniforme en las alturas y las formas. Se repetían por decenas las chapas onduladas como las de la casa de su niñez. Eran iguales, el mismo tamaño y la misma forma, sólo que ahora no las veía desde abajo y no tenía el placer de escuchar el repiqueteo de la lluvia cuando se acurrucaba entre las frazadas de invierno. Ya no podía recordar cómo olía el alquitrán con que su padre tapaba cada nuevo agujero que aparecía para que no se convirtiera en gotera. Hay que derretirlo muy lentamente, al alquitrán, en aquellas latitas viejas de duraznos en almíbar que se calentaban demasiado rápido. Por eso el retazo de arpillera rodeando la lata, claro, ahora entendía el sentido de aquel trapo alrededor de la improvisada ollita.
Y ya entendía por qué había que tapar agujeritos en las chapas.
Si hacía años que venía tapando agujeritos por todos lados.
En definitiva, pensaba, la vida era sólo eso: ir tapando agujeritos a cada paso, cada segundo, desde la primera respiración hasta la última. Improvisando cada rutina y tapando cada vacío abierto por cada ilusión que no se realiza.
Sintió frío, no mucho, siempre fue acalorada. Pero desde un tiempito a esta parte necesitaba una mantita o un saquito al que echar mano “por los chuchitos, viste?” le decía a quien la visitara. Qué largo se hacía el camino de regreso al nunca más. Lo había empezado a caminar apenas pasados los cuarenta. ¿Vés? Eso sí se recuerda con mayor facilidad, casi se le podría poner fecha al giro en U del retorno.
Pero no a la pérdida de la inocencia.
Parecía como si perder la inocencia fuera tan simple e irrelevante que no se registrara y luego, cuando se quiere recordar, la memoria se hace lío y se enreda en mil recuerdos difusos, echándole la culpa a muchos incidentes sin poder identificar cuál realmente marcó el antes y el después.
Y el reflejo del sol fue dorado sólo por unos brevísimos momentos, como siempre. Suficiente para imaginar, en esos segundos, a los novios nuevos besándose a la orilla del mar celebrando la puesta del sol y a los turistas en la Ballena celebrando con champán el comienzo de la nochecita de fiesta por Gorlero. Increíble pero después de tantos años su memoria se fugaba a esos lugares donde vio las primeras puestas de sol que le pusieron ardor a su adolescencia. “Ya empecé a chochear de nuevo” pensó y se acurrucó bajo el saco de lana color borra de vino que se había puesto por encima. Solo que ahora estaba como volando por encima de todas esas chapas onduladas que se iban tiñendo de negro a medida que avanzaba la noche. Ni con la lluvia más fuerte podía escuchar el repiqueteo de gotas en el metal. Quizá ya ni las hacían de metal, con esto de reciclar quizá sólo eran viejos trozos de plástico que alguna vez fueron botellas o bidones. Quizá ya ni sonaban igual, no, seguro que no, seguro que ahora la lluvia sólo conseguía un repique sordo y aburrido, amortiguado de plástico fundido. Pensó por un segundo si existirían nuevas Angelas bajo esas chapas, Angelas más jóvenes, Angelas con ganas…
Se frotó un poquito las manos y sintió un bultito sobre el dedo del anillo de su mano derecha, se puso de nuevo los lentes para observar aquella protuberancia desconocida. En lugar de preocuparse casi disfrutó tener algo con qué distraerse un rato.
Lentamente hizo un reconocimiento del bultito.
Estaba justo sobre el final del dedo, casi llegando a la mano, ahí donde antes reposaran alianzas o anillos que advertían sobre un compromiso o anunciaban la ausencia de éste.
Se veía durito, algo desteñido, como si fuera una bolita suelta escondida bajo la piel, nada tan excitante de todos modos.
Empezó a pensar en la cena y aunque no tenía apetito el ritual le ocupaba por un rato la cabeza y le daba algo en qué distraerse así que era más un pasatiempo que una necesidad nutricia.
Cabeceó. En medio del cortísimo sueño que le trajo el cabeceo, vio un fogonazo de luz fuerte arañando sus ojos que habían estado a oscuras por muchas horas en el pozo. Salió, como siempre, muy rápido del sopor, con el corazón galopando, a punto de salírsele del pecho. Como siempre.
Decidió evitar volver al sueño. Levantó su diario aún virgen ese día y mientras lo acercaba a la mesita volvió a notar el bultito en su dedo. Toda una novedad, volvió a estudiarlo con detenimiento. “Ya estoy chocheando de nuevo, ahora me distraigo con esta verruguita, seguro que es eso, sólo una verruguita…”
Se fue levantando de a poco, dejó el saco de lana sobre el brazo del sillón lleno de almohadones hechos a crochet con lanas de colores, mil colores, tan gastados como ella.
Sin apuro entró a la cocina aséptica, puso unos ajos picados así nomás en la olla, un poco de aceite y su arroz de grano entero, casi la única comida que toleraba bien.
- Tome uno de estos comprimidos cada mañana para ayudar a la digestión…
- Doctor, lo mío no son los remedios, lo que me arruina el estómago son los nervios.
- Por eso, esto la va a ayudar a estar más tranquila y va a digerir mejor…
- Como usted diga, Doctor
El joven galeno nunca iba a entender que ningún medicamento podría ya borrar esa sensación de vacío en su estómago. Había empezado muchos años antes cuando la subieron a la chanchita con los ojos vendados, pero bueno, “ya pasó”, como le dijeron todos cada vez que intentó compartirlo, contarlo, revivirlo. Ya pasó.
¿Pasó?
Se sentó de nuevo en su sillón, acomodó los almohadones, volvió a cubrirse y esta vez decidió mirar otra vez ese bultito. ¿Cómo no lo había visto antes? Bueno, sí, hacía tiempo que había dejado de mirarse, primero fueron las cicatrices, no las podía ver, cada una le ponía enfrente las voces de sus interrogadores, su olor a piel grasosa y sudor rancio que se mezclaban con sus propios olores a orina y sangre coagulada y miseria y miedo. Era imposible mirar esas cicatrices, así que luego, poco a poco el no mirarse obvió la contemplación de cada nueva arruga y la falta de elasticidad de la piel al paso de los años.
En cambio ahora, observar aquella cosa nueva que no parecía tener relación con las heridas de la piel y el alma, ni con el paso del tiempo, era una buena novedad.
Lo miró con cuidado. Parecía haber crecido un poco en ese corto rato. El color era más claro, la piel se iba poniendo más transparente y aquella masa esférica blancuzco-amarillenta de hacía un rato se veía ahora casi verdosa. Ya tomaba forma hacia arriba, sobresaliendo orgullosamente y pugnando por romper y respirar el aire de afuera.
Sonó el teléfono, era su hija. Raro. En general era alguna visita ocasional para traerle algo de fruta, alguna observación medio a las carreras, como siempre, un “paso en otro momento con más tiempo, ta?” Pero ¿el teléfono? Raro, eso significaba comunicación más "a propósito".
- Ma… (lloraba)
- ¿qué pasa nena?
- tuve un aborto, perdí mi embarazo…
- ¿qué puedo hacer yo? Las palabras salieron por defecto y enseguida se dio cuenta que la lastimó, pero Angela no podía explicarle que ella se sentía totalmente inútil… tantos años de dolor la habían casi incapacitado para sentir.
- ¿por qué sós tan cruel? Y sí, Ale tenía derecho a decir eso. Ojala pudiera explicarle que no era crueldad, que la amaba con toda su alma, que no sabía qué hacer, tanta vida vivida sin haber ganado experiencia en amar bien, en amar como otros querían ser amados, sin poder decir lo que sentía…
Clack. Ale colgó.
Angela fue a la cocina y apagó el fuego donde se cocinaba el arroz. Ahora tenía aún menos apetito que antes. Cuando se enfriara lo guardaría en la heladera para mañana.
Se sirvió una copa de vino, empezó a olerlo con los ojos cerrados, tenía un aroma a tierra mojada mezclada con frutos rojos, ciruelas posiblemente. Empezó a tomarlo sorbiendo aire entre los dientes para ventilarlo y desprender los sabores complejos de las uvas maduradas al sol de Carmelo.
Buscó un par de diazepanes, iba a necesitar mucha ayuda para caer en un sueño profundo sin pasar por los sueños de picanas y hombres de azul forzando la entrada en su cuerpo lastimado y aterrorizado.
No mezcles eso con el vino, se dijo.
No importa, se contestó
Se tiró sobre la cama, se tapó despacio y sintió un buen alivio en sus músculos laxos, el vino seguía bajando despacio por su garganta y se volvió a poner los lentes para echar la última mirada de ese día a su nuevo compañero que ahora estaba medio puntiagudo y brillante bajo la lonja estirada de la piel. Veremos cara de qué tiene mañana a la mañana.
Se sumergió en el lago de un sueño pesado sin pasar por pesadillas amargas. Y volvió a soñar inocentes juegos, risas, un perrito saltando cerca y ella caminando por la calle Gualeguay camino a la capilla para oír misa de los domingos junto a la feria ruidosa y colorida de su niñez. Misa en latín, con mantilla sobre la cabeza y mangas largas.
Cinco días después su hija abrió usando la llave que tenía, la llamó pero no tuvo respuesta.
Al llegar a su cuarto la encontró sobre la cama y rodeada de extrañas ramas llenas de hojas de un verde brillante que nacían de tallos entramados como zarzos, como delgados brazos que la rodeaban suavemente y la sostenían como a una niña pequeña.
Ale se acercó con el corazón en vilo, comenzó a tocar cautamente aquellos suaves y frescos tallos sin entender qué eran ni qué hacían allí.
Había una copa de vino sobre la mesa de noche y una sonrisa apacible en la cara de su madre. Casi no parecía la mujer indiferente que la atendió desde otra dimensión pocas noches atrás, en el teléfono, no, aquella mujer se parecía a la madre que había sido Angela para ella mil años antes.
Estaba fría. Tocó su mano derecha y le buscó el pulso, no lo encontró. Se dio cuenta que su mano izquierda no estaba a la vista, la buscó entre la maraña de tallos.
No entendía por qué había tantos tallos ocultando aquella mano, la mano que fuera herida por un culatazo muchos años atrás. Cuando por fin llegó a ella se quedó mirando atónita y vio que los tallos brotaban como manantiales de esperanzas nuevas del dedo anular de la mano izquierda de su madre…
El sol fue dorado por unos brevísimos momentos en el reflejo que entraba por la ventana que balconeaba sobre los techos de las casas de la manzana. Parecían un collage, una colcha de retazos en tonos negruzcos de pardos y marrones oxidados. No había un patrón uniforme en las alturas y las formas. Se repetían por decenas las chapas onduladas como las de la casa de su niñez. Eran iguales, el mismo tamaño y la misma forma, sólo que ahora no las veía desde abajo y no tenía el placer de escuchar el repiqueteo de la lluvia cuando se acurrucaba entre las frazadas de invierno. Ya no podía recordar cómo olía el alquitrán con que su padre tapaba cada nuevo agujero que aparecía para que no se convirtiera en gotera. Hay que derretirlo muy lentamente, al alquitrán, en aquellas latitas viejas de duraznos en almíbar que se calentaban demasiado rápido. Por eso el retazo de arpillera rodeando la lata, claro, ahora entendía el sentido de aquel trapo alrededor de la improvisada ollita.
Y ya entendía por qué había que tapar agujeritos en las chapas.
Si hacía años que venía tapando agujeritos por todos lados.
En definitiva, pensaba, la vida era sólo eso: ir tapando agujeritos a cada paso, cada segundo, desde la primera respiración hasta la última. Improvisando cada rutina y tapando cada vacío abierto por cada ilusión que no se realiza.
Sintió frío, no mucho, siempre fue acalorada. Pero desde un tiempito a esta parte necesitaba una mantita o un saquito al que echar mano “por los chuchitos, viste?” le decía a quien la visitara. Qué largo se hacía el camino de regreso al nunca más. Lo había empezado a caminar apenas pasados los cuarenta. ¿Vés? Eso sí se recuerda con mayor facilidad, casi se le podría poner fecha al giro en U del retorno.
Pero no a la pérdida de la inocencia.
Parecía como si perder la inocencia fuera tan simple e irrelevante que no se registrara y luego, cuando se quiere recordar, la memoria se hace lío y se enreda en mil recuerdos difusos, echándole la culpa a muchos incidentes sin poder identificar cuál realmente marcó el antes y el después.
Y el reflejo del sol fue dorado sólo por unos brevísimos momentos, como siempre. Suficiente para imaginar, en esos segundos, a los novios nuevos besándose a la orilla del mar celebrando la puesta del sol y a los turistas en la Ballena celebrando con champán el comienzo de la nochecita de fiesta por Gorlero. Increíble pero después de tantos años su memoria se fugaba a esos lugares donde vio las primeras puestas de sol que le pusieron ardor a su adolescencia. “Ya empecé a chochear de nuevo” pensó y se acurrucó bajo el saco de lana color borra de vino que se había puesto por encima. Solo que ahora estaba como volando por encima de todas esas chapas onduladas que se iban tiñendo de negro a medida que avanzaba la noche. Ni con la lluvia más fuerte podía escuchar el repiqueteo de gotas en el metal. Quizá ya ni las hacían de metal, con esto de reciclar quizá sólo eran viejos trozos de plástico que alguna vez fueron botellas o bidones. Quizá ya ni sonaban igual, no, seguro que no, seguro que ahora la lluvia sólo conseguía un repique sordo y aburrido, amortiguado de plástico fundido. Pensó por un segundo si existirían nuevas Angelas bajo esas chapas, Angelas más jóvenes, Angelas con ganas…
Se frotó un poquito las manos y sintió un bultito sobre el dedo del anillo de su mano derecha, se puso de nuevo los lentes para observar aquella protuberancia desconocida. En lugar de preocuparse casi disfrutó tener algo con qué distraerse un rato.
Lentamente hizo un reconocimiento del bultito.
Estaba justo sobre el final del dedo, casi llegando a la mano, ahí donde antes reposaran alianzas o anillos que advertían sobre un compromiso o anunciaban la ausencia de éste.
Se veía durito, algo desteñido, como si fuera una bolita suelta escondida bajo la piel, nada tan excitante de todos modos.
Empezó a pensar en la cena y aunque no tenía apetito el ritual le ocupaba por un rato la cabeza y le daba algo en qué distraerse así que era más un pasatiempo que una necesidad nutricia.
Cabeceó. En medio del cortísimo sueño que le trajo el cabeceo, vio un fogonazo de luz fuerte arañando sus ojos que habían estado a oscuras por muchas horas en el pozo. Salió, como siempre, muy rápido del sopor, con el corazón galopando, a punto de salírsele del pecho. Como siempre.
Decidió evitar volver al sueño. Levantó su diario aún virgen ese día y mientras lo acercaba a la mesita volvió a notar el bultito en su dedo. Toda una novedad, volvió a estudiarlo con detenimiento. “Ya estoy chocheando de nuevo, ahora me distraigo con esta verruguita, seguro que es eso, sólo una verruguita…”
Se fue levantando de a poco, dejó el saco de lana sobre el brazo del sillón lleno de almohadones hechos a crochet con lanas de colores, mil colores, tan gastados como ella.
Sin apuro entró a la cocina aséptica, puso unos ajos picados así nomás en la olla, un poco de aceite y su arroz de grano entero, casi la única comida que toleraba bien.
- Tome uno de estos comprimidos cada mañana para ayudar a la digestión…
- Doctor, lo mío no son los remedios, lo que me arruina el estómago son los nervios.
- Por eso, esto la va a ayudar a estar más tranquila y va a digerir mejor…
- Como usted diga, Doctor
El joven galeno nunca iba a entender que ningún medicamento podría ya borrar esa sensación de vacío en su estómago. Había empezado muchos años antes cuando la subieron a la chanchita con los ojos vendados, pero bueno, “ya pasó”, como le dijeron todos cada vez que intentó compartirlo, contarlo, revivirlo. Ya pasó.
¿Pasó?
Se sentó de nuevo en su sillón, acomodó los almohadones, volvió a cubrirse y esta vez decidió mirar otra vez ese bultito. ¿Cómo no lo había visto antes? Bueno, sí, hacía tiempo que había dejado de mirarse, primero fueron las cicatrices, no las podía ver, cada una le ponía enfrente las voces de sus interrogadores, su olor a piel grasosa y sudor rancio que se mezclaban con sus propios olores a orina y sangre coagulada y miseria y miedo. Era imposible mirar esas cicatrices, así que luego, poco a poco el no mirarse obvió la contemplación de cada nueva arruga y la falta de elasticidad de la piel al paso de los años.
En cambio ahora, observar aquella cosa nueva que no parecía tener relación con las heridas de la piel y el alma, ni con el paso del tiempo, era una buena novedad.
Lo miró con cuidado. Parecía haber crecido un poco en ese corto rato. El color era más claro, la piel se iba poniendo más transparente y aquella masa esférica blancuzco-amarillenta de hacía un rato se veía ahora casi verdosa. Ya tomaba forma hacia arriba, sobresaliendo orgullosamente y pugnando por romper y respirar el aire de afuera.
Sonó el teléfono, era su hija. Raro. En general era alguna visita ocasional para traerle algo de fruta, alguna observación medio a las carreras, como siempre, un “paso en otro momento con más tiempo, ta?” Pero ¿el teléfono? Raro, eso significaba comunicación más "a propósito".
- Ma… (lloraba)
- ¿qué pasa nena?
- tuve un aborto, perdí mi embarazo…
- ¿qué puedo hacer yo? Las palabras salieron por defecto y enseguida se dio cuenta que la lastimó, pero Angela no podía explicarle que ella se sentía totalmente inútil… tantos años de dolor la habían casi incapacitado para sentir.
- ¿por qué sós tan cruel? Y sí, Ale tenía derecho a decir eso. Ojala pudiera explicarle que no era crueldad, que la amaba con toda su alma, que no sabía qué hacer, tanta vida vivida sin haber ganado experiencia en amar bien, en amar como otros querían ser amados, sin poder decir lo que sentía…
Clack. Ale colgó.
Angela fue a la cocina y apagó el fuego donde se cocinaba el arroz. Ahora tenía aún menos apetito que antes. Cuando se enfriara lo guardaría en la heladera para mañana.
Se sirvió una copa de vino, empezó a olerlo con los ojos cerrados, tenía un aroma a tierra mojada mezclada con frutos rojos, ciruelas posiblemente. Empezó a tomarlo sorbiendo aire entre los dientes para ventilarlo y desprender los sabores complejos de las uvas maduradas al sol de Carmelo.
Buscó un par de diazepanes, iba a necesitar mucha ayuda para caer en un sueño profundo sin pasar por los sueños de picanas y hombres de azul forzando la entrada en su cuerpo lastimado y aterrorizado.
No mezcles eso con el vino, se dijo.
No importa, se contestó
Se tiró sobre la cama, se tapó despacio y sintió un buen alivio en sus músculos laxos, el vino seguía bajando despacio por su garganta y se volvió a poner los lentes para echar la última mirada de ese día a su nuevo compañero que ahora estaba medio puntiagudo y brillante bajo la lonja estirada de la piel. Veremos cara de qué tiene mañana a la mañana.
Se sumergió en el lago de un sueño pesado sin pasar por pesadillas amargas. Y volvió a soñar inocentes juegos, risas, un perrito saltando cerca y ella caminando por la calle Gualeguay camino a la capilla para oír misa de los domingos junto a la feria ruidosa y colorida de su niñez. Misa en latín, con mantilla sobre la cabeza y mangas largas.
Cinco días después su hija abrió usando la llave que tenía, la llamó pero no tuvo respuesta.
Al llegar a su cuarto la encontró sobre la cama y rodeada de extrañas ramas llenas de hojas de un verde brillante que nacían de tallos entramados como zarzos, como delgados brazos que la rodeaban suavemente y la sostenían como a una niña pequeña.
Ale se acercó con el corazón en vilo, comenzó a tocar cautamente aquellos suaves y frescos tallos sin entender qué eran ni qué hacían allí.
Había una copa de vino sobre la mesa de noche y una sonrisa apacible en la cara de su madre. Casi no parecía la mujer indiferente que la atendió desde otra dimensión pocas noches atrás, en el teléfono, no, aquella mujer se parecía a la madre que había sido Angela para ella mil años antes.
Estaba fría. Tocó su mano derecha y le buscó el pulso, no lo encontró. Se dio cuenta que su mano izquierda no estaba a la vista, la buscó entre la maraña de tallos.
No entendía por qué había tantos tallos ocultando aquella mano, la mano que fuera herida por un culatazo muchos años atrás. Cuando por fin llegó a ella se quedó mirando atónita y vio que los tallos brotaban como manantiales de esperanzas nuevas del dedo anular de la mano izquierda de su madre…
