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Joan Miró
Breve Biografía




Algunas Obras



Ermita de Sant Joan d'Horta, 1917
Óleo sobre cartón
52 x 57 cm
Donación Joan Prats


La Ermita de Sant Joan d'Horta evidencia, como gran parte de la producción artística de este momento, una cierta sintonía con el gusto fauve. La libertad con que Miró interpreta el paisaje y la sustitución de los colores reales por colores vivos lo acercan al fauvismo. Sin embargo, otros aspectos, como las pinceladas ásperas, a menudo caprichosas, y la presencia de tonos apagados, lo distancian de esta escuela francesa.



La botella de vino, 1924
Óleo sobre tela
73,5 x 65,5 cm
Depósito Lola Fernández


En 1920 Miró se instala en París y entra en contacto con la vanguardia artíística y literaria del momento. Cuatro años más tarde se publica el "Manifeste du Surréalisme", texto fundacional del grupo del mismo nombre, del cual Miró fue un destacado representante. La botella de vino pone de relieve la importancia que los surrealistas concedieron al subconsciente y da una idea de las posibilidades artísticas que ofrecía la aplicación de los métodos automáticos del grupo, basados en la imaginación y en las asociaciones libres.


Pintura, 1925
Óleo sobre tela
49 x 60 cm
Donación Joan Prats


Hacia 1925 Miró recrea formas oníricas en espacios atmosféricos, irreales. Sin embargo, no se siente atraído por la experiencia directa de los sueños ni por la transcripción de su recuerdo.
Según el artista, el punto de partida de estas obras se ha de buscar en el estímulo que provoca la contemplación de ciertos fenómenos externos: los contornos cambiantes de las nubes, las grietas o las manchas de humedad de la pared. El resultado evidencia una transformación subjectiva del hecho observado.




Pintura (El guante blanco), 1925
Óleo sobre tela
113 x 89,5 cm
Fundació Joan Miró


Las formas libres, indefinidas, de algunas obras de esta época contrastan con otras que presentan una figuración más esquemática.
Éste es el caso de El guante blanco, donde la selección precisa de los elementos que lo integran, así como su ajustada colocación en un fondo indeterminado, los sitúan en un nivel general, en el cual representan ideas más que cosas concretas.



El acomodador del music-hall, 1925
Óleo sobre tela
100 x 78 cm
Depósito de la Generalitat de Catalunya


Más de cien cuadros realizados por Miró entre los años 1924 y 1928, conocidos como "pinturas de ensoñación", constituyen una producción caracterizada por elementos muy estilizados que evolucionan libremente en un espacio monocromo. Si bien el punto de partida está directamente vinculado a lo real, la magia de la atmósfera que envuelve estas obras las sitúa en un terreno claramente poético.


Llama en el espacio y mujer desnuda, 1932
Óleo sobre cartón
41 x 32 cm
Donación Joan Prats


En Llama en el espacio y mujer desnuda, Miró estudia el equilibrio plástico y cromático del cuadro. La figura se convierte en un instrumento de análisis: Miró somete el cuerpo a unas alteraciones anatómicas que le obligan después a modificar las líneas que configuran el espacio. Sin embargo, carece del sentimiento dramático que orienta las deformaciones que aparecen en las figuras de algunas de sus obras posteriores.


Hombre y mujer ante un montón de excrementos, 1935
Óleo sobre cobre
23 x 32 cm
Donación Pilar Juncosa de Miró

Esta obra constituye uno de los ejemplos más significativos de las llamadas "pinturas salvajes". La angustia que el artista siente y materializa es un presagio de la tragedia de la guerra civil española. La orientación y las gesticulaciones que acompañan a los cuerpos dislocados parecen insinuar un abrazo imposible. La expresividad del color, opuesto a la negrura de un cielo apocalíptico, el claroscuro que acentúa la inconsistencia de los miembros, el paisaje desértico y el excremento que preside la escena, dan forma al sentimiento profundamente pesimista de Miró.


Pintura, 1936
Óleo, alquitrán, caseína y arena sobre masonita
78,3 x 107,7 cm
Donación David Fernández Miró


A finales de los años veinte, Miró pone en cuestión la pintura e inicia una búsqueda de nuevas vías de expresión. Posteriormente, con las pinturas sobre masonite, la apreciación de ciertas calidades poéticas en la materia le hacen intuir las posibilidades estéticas de utilizarlas. Miró busca una compenetración con la materia, que a menudo toma el aspecto de una imposición por la fuerza. El contraste de los materiales (caseína, ripolín negro, betún, alquitrán y arena, además de algunos colores al óleo) y el soporte tosco de la masonite manifiestan la violencia de la realización.


Autorretrato, 1937/38-1960
Óleo y lápiz sobre tela
146,5 x 97 cm
Depósito Emili Fernández Miró

En 1937, Miró empieza Autorretrato. La intensidad del dibujo resultante influye en su decisión y opta por aplicar tan sólo algunos colores diluidos. La revisión, según un criterio de síntesis extrema, llega en 1960. Miró encarga entonces una copia del dibujo, visible en un segundo plano, sobre el cual, con un trazo grueso, rápido, simplifica aquel rostro turbulento. Al rostro particular, concreto, identificable, se imponen las formas básicas de un personaje genérico, universal.



La estrella matutina, 1940
Témpera, gouache, huevo, óleo y pastel sobre papel
38 x 46 cm
Donación Pilar Juncosa de Miró


A finales de 1939 estalla la Segunda Guerra Mundial y Miró se traslada a Varengeville-sur-Mer, en Normandía. Miró siente el deseo de evadirse de la realidad que lo envuelve. La vida retirada favorece este proceso de introspección, en el cual tienen un papel esencial el cielo y la noche con sus astros. Las Constelaciones, una serie formada por veintitrés aguadas sobre papel, parecen querer reflejar el orden del cosmos, con figuras ingrávidas que hacen referencia a la tierra y que comparten la existencia con una multiplicidad de signos celestes.



Mujer, pájaro, estrellas, 1942
Pastel y lápiz sobre papel
106,6 x 71,1 cm
Depósito Gallery K. AG

Mujer, pájaro, estrellas muestra un juego dinámico entre las notas fosforescentes y aterciopeladas del pastel y los delicados desarrollos lineales. Las figuras se adaptan fácilmente, sin violencias, a unas notas cromáticas vibrantes y difuminadas, y encuentran sutiles correspondencias, como las manchas negras compartidas o los brazos de la mujer y las patas del pájaro que escenifican un contacto posible pero pasajero. El cuerpo de la mujer, fijado sobre unos pies enormes, es un gran corazón de donde brota un tallo del que cuelga, como una flor, su cabeza, también con forma de corazón. El pájaro, en su vuelo, intercepta una estrella fugaz.


Mujer soñando con la evasión, 1945
Óleo sobre tela
130 x 162 cm
Fundació Joan Miró


Sobre la tela, generalmente blanca, Miró transcribe los conceptos de un lenguaje ideal. Un lenguaje abierto y flexible, integrado por formas tipificadas y por formas más libres. En Mujer soñando su evasión conviven los signos codificados y la morfología imprevisible de la mujer, una caligrafía delicada y el gesto decidido. La distribución expansiva de los elementos del cuadro, con repeticiones rítmicas, contribuye al efecto dinámico de la composición.


El cielo entreabierto nos devuelve la esperanza, 1954
Óleo sobre tela
130 x 195 cm
Depósito Gallery K. AG


El cielo entreabierto nos devuelve la esperanza tiene mucho de la vitalidad del expresionismo abstracto americano. Así, el fondo negro refleja la inmediatez de la ejecución, con lavados, regueros de color, rasguños con el mango del pincel y huellas en negativo. También la circularidad de la composición, a consecuencia de las constantes rotaciones del lienzo (como lo corroboran algunas fotografías tomadas en 1953 y 1954), recuerda las composiciones descentradas del action painting. Pero en Miró incluso estos movimientos de la tela responden siempre a una voluntad estabilizadora, de la misma manera que los elementos representacionales imponen un orden definitivo al caos inicial.


El ala de la alondra aureolada de azul de oro llega al corazón de una amapola adormilada sobre el prado engalanado de diamantes, 1967
Óleo sobre tela
195 x 130cm
Depósito Gallery K.AG


Pocas pinturas ofrecen una idea más ajustada de la voluntad de Miró de "lograr la máxima intensidad con el mínimo de medios" que la titulada El ala de la alondra aureolada de azul de oro llega al corazón de la amapola adormilada sobre el prado engalanado de diamantes.
El paisaje, referido de manera directa o tangencial, constituye el escenario conceptual de la mayor parte de la producción mironiana. Aquí, a pesar de que el título sugiere una vez más ese tema, el formato no es horizontal, que es el estándar para una pintura de este tipo. Pero tampoco el cuadro es una transposición literal de los componentes que se mencionan, sino una realidad autónoma con leyes internas propias.



El oro del azur, 1967
Acrílico sobre tela
205 x 173 cm
Fundació Joan Miró


Esta obra plasma la vigencia que para Miró tenían todavía los signos y símbolos de los años cuarenta como expresión de su concepción poética de la pintura. Estrellas, planetas, las configuraciones elementales de los personajes ineludibles (la mujer y el hombre, el principio femenino y el principio masculino) y, por encima de ellos, una línea ondulante, probablemente un pájaro que reinventa el horizonte, contribuyen a la definición espacial y ofrecen una nueva versión de la cosmología mironiana.


Personaje delante del sol, 1968
Acrílico sobre tela
174 x 260 cm
Fundació Joan Miró


Personaje delante del sol es un ejemplo de la gestualidad controlada que caracteriza las pinturas de Miró a finales de los años sesenta. Una libertad expresiva sin precedentes tan claros en su producción, pero de un rigor compositivo indiscutible. El artista parte del color negro, con el que dibuja y estructura el cuadro. La incorporación de los otros colores tiene presente las divisiones y las zonas libres. A pesar de su espontaneidad, Miró no olvida la composición: la supresión de un elemento cualquiera provocaría el desequilibrio de todo el conjunto.


Cabello perseguido por dos planetas, 1968
Óleo sobre tela
195 x 130 cm
Depósito Gallery K. AG


Gota de agua sobre la nieve rosa y Cabello perseguido por dos planetas son los títulos de dos telas que fueron pensadas conjuntamente, como lo demuestran los dibujos preparatorios que se conservan en la Fundació Joan Miró, aunque fueron pintadas con un mes de diferencia. Los motivos visibles en una y otra no son exactamente coincidentes, si bien la comunicación, basada en un juego de equivalencias, resulta evidente.
La más notoria de dichas equivalencias es la inversión de los colores naranja y verde, que afecta a los fondos y a unas salpicaduras distribuidas de manera controlada. Pero también se aprecian otras similitudes más sutiles, como la situación en la parte alta de un elemento focal (la estrella en la primera tela, una abertura luminosa de color anaranjado en la segunda) o la presencia de referentes minúsculos cargados de significado (la gota de agua, en una; el cabello y los planetas, en la otra).




Campesino catalán al claro de luna, 1968
Acrílico sobre tela
162 x 130 cm
Fundació Joan Miró


La sonrisa de una lágrima, 1973
Acrílico sobre tela
200 x 200 cm
Depósito Gallery K. AG

Existe una incompatibilidad aparente en el título La sonrisa de una lágrima. Los dos conceptos principales expresan sentimientos contrapuestos que el enlace gramatical dulcifica. También en el cuadro se observa un contraste entre la mitad superior, que muestra la textura original de la tela, y la mitad inferior, dominada por un fuerte cromatismo. O entre el tratamiento más libre arriba, que presenta un entresijo de líneas y salpicaduras de color blanco, y la distribución organizada de los colores abajo, como evocando las divisiones artificiales de los cultivos.
El nexo entre ambas zonas es una lágrima negra que reposa en el horizonte.




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