

Si Te Gustan Mis Aportes Sigueme, No Te Arrepentiras.



![La libreta [Cuento Propio]](https://storage.posteamelo.com/assets-adonis/assets/2017/06/26/176-PXIhQjbZlCj.webp)
En cama descansaba una anciana moribunda, enferma, sin ánimos de vivir, esperando a que uno de sus cuatro hijos la fuese a ver y así conocer su estado de salud. Llovía aquel día, era una lluvia torrencial que pareciese que no tenía ni principio ni fin, donde cada gota era como una lagrima, tibia y espesa.
En su siniestro lecho descansaba la pobre mujer, no podía ni tan siquiera caminar, su enfermedad era a tal grado que no había comido en varios días.
Si tan solo uno de sus hijos hubiera sabido el dolor que atormentaba a su madre era tal, al menos le habrían llevado comida o algo para saciar su hambre , pero no, sus hijos no tenían tiempo para ella, ni tan siquiera una vez al año la iban a visitar.
La demacrada anciana llevaba consigo siempre una libreta en la que había escrito los logros de sus hijos, entre ellos el día en que Carlos aprendió a caminar, el primer día de clase de Armando entre otros grandes hitos que plasmaba en los tiempos en que aun necesitaban su ayuda y la amaban ilimitadamente.
Pasó un mes completo y milagrosamente su hijo menor Francisco llego de visita; llamo a la puerta un millón de veces, gritaba:
- Mamá, mamá ábreme la puerta, soy yo tu hijo Francisco, mamá por favor abre.
Grito hasta que su voz se desvaneció convirtiéndose esta en cortos suspiros que le quemaban la garganta. No aguanto más y con todas sus fuerzas rompió la puerta, se dirigió apresuradamente a la habitación de su madre encontrando en aquella su cadáver.
El espectáculo bizarro y mórbido que apreciaron sus ojos fue tal que contuvo el llanto y el vómito al mismo tiempo, no podía hacer nada, su madre ya había muerto. Tomo la libreta de las manos cadavéricas de la anciana las cuales la apretaban fuertemente y llamo a sus tres hermanos avisándoles la cruel y abrupta desgracia.
Salió de la casa lo más rápido posible, evitando las lágrimas contenidas en su alma y anhelando que todo fuese solo un sueño. Al salir el llanto del cielo caía cada vez más rápido, espesas y tibias eran las gotas, las cuales se entremezclaban con las lágrimas de sus ojos.
Tomo la libreta y leyó atentamente, sin detenerse ningún segundo, como si su vida dependiese de ello, la última hoja:
- Creo que esta es la última página, no creo que soporte más, el hambre que siento y la ira conmigo misma es insostenible, solo le agradezco a Dios que me haya dado una vida plena. Espero que a ninguno de mis hijos le ocurra esto que siento. Hijos sé que leerán esto, el siguiente es tal vez mi último consejo, amen a sus familias, hijos, nietos, a todos, si ellos los aman devuelvan lo mismo y si los odian amen el doble, ya que el amor es la respuesta a todas las guerras, la vida no te la regalan, la vida te la prestan y mientras más bien las cuiden mejor vivirán en el otro mundo; espero verlos allí.
Francisco se quedó petrificado, ya no era llanto lo que sentía, sino impotencia, impotencia con el mismo.
Luego del entierro de su madre, Francisco en conjunto con sus tres hermanos, Enrique, Carlos y Claudio se juntaron en una cafetería en la cual Francisco les mostro la última página de la libreta y le pidió a Claudio que leyera, Claudio el hermano de en medio empezó a leer en voz alta a sus tres hermanos.
…
Terminada la lectura ninguno pudo contener el llanto, no tenían ganas de nada, ni tan siquiera respirar, pero al fin comprendieron el amor que su madre les tenia a cada uno de ellos, un amor especial, de esos que en estos tiempos no se pueden ni imaginar. Amor de madre, amor verdadero.
En su siniestro lecho descansaba la pobre mujer, no podía ni tan siquiera caminar, su enfermedad era a tal grado que no había comido en varios días.
Si tan solo uno de sus hijos hubiera sabido el dolor que atormentaba a su madre era tal, al menos le habrían llevado comida o algo para saciar su hambre , pero no, sus hijos no tenían tiempo para ella, ni tan siquiera una vez al año la iban a visitar.
La demacrada anciana llevaba consigo siempre una libreta en la que había escrito los logros de sus hijos, entre ellos el día en que Carlos aprendió a caminar, el primer día de clase de Armando entre otros grandes hitos que plasmaba en los tiempos en que aun necesitaban su ayuda y la amaban ilimitadamente.
Pasó un mes completo y milagrosamente su hijo menor Francisco llego de visita; llamo a la puerta un millón de veces, gritaba:
- Mamá, mamá ábreme la puerta, soy yo tu hijo Francisco, mamá por favor abre.
Grito hasta que su voz se desvaneció convirtiéndose esta en cortos suspiros que le quemaban la garganta. No aguanto más y con todas sus fuerzas rompió la puerta, se dirigió apresuradamente a la habitación de su madre encontrando en aquella su cadáver.
El espectáculo bizarro y mórbido que apreciaron sus ojos fue tal que contuvo el llanto y el vómito al mismo tiempo, no podía hacer nada, su madre ya había muerto. Tomo la libreta de las manos cadavéricas de la anciana las cuales la apretaban fuertemente y llamo a sus tres hermanos avisándoles la cruel y abrupta desgracia.
Salió de la casa lo más rápido posible, evitando las lágrimas contenidas en su alma y anhelando que todo fuese solo un sueño. Al salir el llanto del cielo caía cada vez más rápido, espesas y tibias eran las gotas, las cuales se entremezclaban con las lágrimas de sus ojos.
Tomo la libreta y leyó atentamente, sin detenerse ningún segundo, como si su vida dependiese de ello, la última hoja:
- Creo que esta es la última página, no creo que soporte más, el hambre que siento y la ira conmigo misma es insostenible, solo le agradezco a Dios que me haya dado una vida plena. Espero que a ninguno de mis hijos le ocurra esto que siento. Hijos sé que leerán esto, el siguiente es tal vez mi último consejo, amen a sus familias, hijos, nietos, a todos, si ellos los aman devuelvan lo mismo y si los odian amen el doble, ya que el amor es la respuesta a todas las guerras, la vida no te la regalan, la vida te la prestan y mientras más bien las cuiden mejor vivirán en el otro mundo; espero verlos allí.
Francisco se quedó petrificado, ya no era llanto lo que sentía, sino impotencia, impotencia con el mismo.
Luego del entierro de su madre, Francisco en conjunto con sus tres hermanos, Enrique, Carlos y Claudio se juntaron en una cafetería en la cual Francisco les mostro la última página de la libreta y le pidió a Claudio que leyera, Claudio el hermano de en medio empezó a leer en voz alta a sus tres hermanos.
…
Terminada la lectura ninguno pudo contener el llanto, no tenían ganas de nada, ni tan siquiera respirar, pero al fin comprendieron el amor que su madre les tenia a cada uno de ellos, un amor especial, de esos que en estos tiempos no se pueden ni imaginar. Amor de madre, amor verdadero.

Ojala les haya gustado este pequeño cuento escrito por mi, espero sus opiniones o que lo compartan si no les molesta, eso es todo.
