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El sufragio universal es la mentira universal

Info•2/5/2012
"El sufragio universal es la mentira universal"




Esta afirmación corresponde al intelectual Dr. Antonio Caponnetto que considera la democracia como "una perversión"



El Dr. Antonio Capponetto documenta en este artículo los fundamentos históricos, mitológicos, filosóficos y doctrinales para rechazar la democracia como sistema político corruptor de la república.


– I – La democracia es una religiosidad subvertida

1.- Que la democracia es forma impura de gobierno y corrupción de la República, es una afirmación anterior a la doctrina católica. En vano se han traducido insidiosamente ciertos tratados clásicos helénicos y romanos, a efectos de atemperar o disimular esta certeza teórico-práctica ante el mundo políticamente correcto. En vano —a partir sobre todo del Iluminismo, y por la acción directa de Montesquieu y de Rousseau— se ha escamoteado la presencia de la democracia entre las formas ilegítimas de gobierno, como clarísimamente se afirma en “La República” (445) y en “La Política” (1279), obras cumbres de los venerables filósofos de la Hélade.

En vano digo, porque allí están esas páginas en sus idiomas originales para que brote de sus reflexiones la descalificación de una forma gubernamental signada fatalmente por la tiranía del número, por el desgobierno de la muchedumbre, por el desenfreno de las libertades, por el incremento de los oclócratas y de los demagogos.



Platón y Aristóteles entonces, figuran entre los maestros encumbrados de este rotundo desaire a las democráticas formas. Pero también poetas como Homero o Hesíodo, historiadores como Heródoto o Tucídides, pensadores como Isócrates, cantores como Tirteo o Simónides de Ceos, artistas como Eurípides o Esquilo, u oradores como Demóstenes. Las largas y fundadas razones por las que estos hombres egregios descalificaron a la democracia, en sus principios y en sus realizaciones prácticas, no sólo son de una llamativa actualidad sino de una significativa hondura.

Porque no se trata de una forma impura desechada en mérito de cuestiones accidentales o subalternas —como la elección o la sucesión de los gobernantes— sino de una perversión intrínseca que hace posible la profanación y el sacrilegio, conspirando contra los mismos lazos sagrados en que se sostiene la ciudad. Son las leyes divinas las que ceden ante las legislaciones humanas gestadas en las asambleas del pueblo, son los ritos y las ceremonias tradicionales los desplazados, y hasta son los kakodaimonistai o adoradores del demonio los que ganan en prestigio, según lo reconociera el mismo Lisias. Democracia e impiedad revulsiva se suponen recíprocamente en cada tramo de la historia. Como si la primera potenciara irrefragablemente, por el peso de su inherente miseria, todas las malas inclinaciones que hay en la humana natura.

El Sófocles que en “Electra”, pone en boca del coro palabras laudatorias para Zeus ultrajado por el demos; o el Isócrates que en el “Areopagítico” elogia la piedad y la clemencia contra los rapaces demagogos que no entienden la obligación de conservar las tradiciones, son apenas dos ejemplos —entre centenares— de una perversión que fue considerada y padecida, ante todo, como un vejamen a la recta religiosidad. Súmese si se quiere el formidable y conocido testimonio de Cicerón, cuando bajo la inspiración platónica escribe su “República”, y afirma en ella —en el emocionante fragmento de “El Sueño de Escipión”— que quienes alcanzan la gloria celeste no son los partidócratas que amontonan los votos de la plebe, sino los que se consagran a la patria en veladas de sabiduría o en epopeyas de gloria. Con razón ha dicho Stan Popescu haciendo su fundada autopsia de la democracia, primeramente en el mundo antiguo: “El desprecio por la religión no se manifestó solamente en los permanentes intentos de demoler los valores religiosos (la clemencia, la piedad, la compasión, la justicia, el espíritu de sacrificio) sino también en la obsesiva y en la afiebrada voluntad de hacer leyes escritas y votarlas. Con ello se demolerían para siempre las leyes sagradas, tradicionales, y se terminaría de una vez con las virtudes [...] para la conservación de las cuales se requería autoexigencia, autodisciplina y voluntad de autosuperación”1. 2.- Vale la pena recordar lo precedente, siquiera con la imprecisa brevedad que lo hemos hecho, pues por aquí suele despuntar la falacia, cuando suponen algunos que —como principian los cuentos antañones— había una vez… una democracia hermosa y buena. En rigor, cada vez que la hubo, contuvo la misma perversión intrínseca que le venimos señalando. Y en política, desechar la rotunda pedagogía de la historia suele pagarse muy caro.
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