¿QUÉ SERÁ DE EUROPA?


En las últimas décadas voces muy autorizadas se preguntan con inquietud por el destino de Europa. Sin ánimo de ser exhaustivos, podemos citar a la canciller alemana Angela Merkel, al filósofo Jürgen Habermas, al Santo Padre Benedicto XVI y al prestigioso historiador del comunismo, del nazismo y del terrorismo , Walter Laqueur, quien ve un declive europeo irreversible.



Sin perseguir alarmar a nadie señalaremos sólo un par de complejas circunstancias que arrancan, como mínimo, desde los 90. Las propuestas ingenuas sobre la paz universal tras la caída del muro de Berlín, el espejismo de la recuperación casi instantánea de los países ex comunistas del Este… la realidad se encargó de echar por tierra todas esas ilusiones.

Como todavía seguimos sin aprender que no son las realidades las que matan, sino que las asesinas son las ilusiones, pronto surgieron otras - “alianza de civilizaciones”,atentados terroristas,la falsa sensación de seguridad de los habitantes de los países ricos de sentirse a salvo de las corrientes pobres, … - , sustitutas de las primeras.

¿Cuánto tiempo ha de pasar aún para que los europeos comprendan que han cambiado un mundo amenazado, pero sin riesgos, por un universo sin amenaza militar pero con riesgos?
¿Cuántas sacudidas harán falta para que reconozcan que no están a salvo de la ondas expansivas económicas, demográficas e ideológicas procedentes del avance del islamismo, del auge de China y otras tantas?
Frente a estas amenazas latentes o explícitas, virtuales o reales, no hay ningún mecanismo regulador, ni valen las alianzas internacionales como cuerda de seguridad. Estamos de lleno en el reino de lo incierto, de lo aleatorio, del caos, del desorden.

Los países del Este salieron del congelador de la historia sin haber madurado como sus vecinos occidentales. Viejos fantasmas resucitan tales como los judíos como chivo expiatorio, el odio a los gitanos, el rechazo a las minorías y el miedo al cosmopolitismo, con manifestaciones verbales y físicas.



Elevado todo al altar de la economía, convertidas las aspiraciones de consumo en el objetivo vital, la riqueza en el valor supremo y el dinero en la fuente de valor, sucede que las incertidumbres del mercado que enseñan la patita de vez en cuando, agravan el desconcierto de los pueblos y los retrotrae a posiciones étnicas.

De la misma manera que los occidentales soñaban con la paz eterna tras la caída del muro de Berlín, los orientales pensaban que después de unos años de sacrificio alcanzarían el nirvana capitalista. Aspiraban a un capitalismo a lo inglés y se toparon con la jungla. El proceso acelerado creó otra casta que ni el mismísmo Marx imaginó: la mafia.
También son elementos importantes del desorden los movimientos migratorios, tanto los del Sur hacia el Norte, como los del Este al Oeste.

Cuando los italianos del Norte hablan de sus compatriotas del Sur como ladrones, cuando los escoceses resucitan cuestiones viejas de siglos para criticar a Londres, cuando los flamencos belgas sueñan con la independencia…una nueva Europa que surge, entre otras cosas, por la desaparición de un tabú que, durante casi medio siglo ha garantizado la paz en el continente: la inviolabilidad de las fronteras. Todos sabían que si en este punto se cedía, se corría el riesgo de que se deshiciera todo el tejido.

Lo único cierto es que lo incierto domina Europa, puesto que sus mapas económicos, políticos y estratégicos ya no coinciden. Durante la Guerra Fría se superponían casi al milímetro. La democracia, el mito europeo y el mercado europeo encajaban perfectamente. En el interior del telón de acero, la apertura de las fronteras económicas suscitaba un proceso de unificación que casó con toda naturalidad y durante décadas la economía, la política y la estrategia. Como el comunismo parecía eterno, Occidente pensó, por comodidad, que dispondría de la misma eternidad para hacer esa transición.
Y el islamismo creciente dentro de los países y a las puertas de los mismos , con las tensiones en ambas direcciones.


En este espacio inármónico, para el articulista y diplomático Albino Gómez, el tiempo de las respuestas sencillas ha desaparecido. Para los hombres y mujeres de estado europeos, acostumbrados durante más de medio siglo de comunismo a actitudes binarias, se trata de un desafío sin precedentes. Y no es muy seguro que sepan comprender esta mutación.



Quizás haya que esperar pacientemente a que pasen el testimonio a las nuevas generaciones. Porque mientras la anterior sopesaba el bien y el mal, los enemigos y los aliados, los misiles de un lado y del otro, la actual estará mucho más familiarizada con los conceptos de complejidad, con las acciones y las retroacciones, con las causas primeras y los efectos perversos, e incluso con los engaños de la memoria o con las bromas de la Historia.

En conclusión, en el peor de los casos, Europa será el continente del caos y, en el mejor, el de la complejidad.

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