En un columpio, sobre un bello columpio estiré mis brazos. Al arquear de esa forma mi cuerpo, sonaron todos los huesos que tengo. "Que asco", pensé. Mañana debería hacer algo para mejorar eso. Compré unas cremas, pero... pero algo me faltaba.
- Tarira, tarira, tarira, tarira, tari...
- ¿Puede atenderme?
- Ahora no.
Cuantas familias habrán perecido, ¿no?. Cuan importante es saber trabajar, saber que si la libertad es amable, las responsabilidades son poco amistosas o innegables (a lo Borges).
- Tarira, tarira, tarira, tarira, tari...
- Necesito comprar una crema.
- Ahí la tienes. Son cinco mil pesos chilenos.
- Estamos en Chile, no es necesario que lo diga.
No sé si fue tortícolis o artrosis, no soy experto en huesos ni letrado, tampoco me gustaría serlo; me basta con dirigirme a las boticas y observar como la gente reclama por sus remedios, sus recetas, bonos de consulta, chismes de cortesía (a lo Piñera) y retorcijones de estómago. "¡Déjate de cantar y véndeme la maldita colonia!". "Eso me dijo el doctor, pero no sé cómo se llama... ¿por qué se va?". "No me deje, !aún no termino con usted! ¡tráigame la plata, engreido!".
Qué suerte. EL columpio todavía está ahí, intacto. Desearía llamar a mis amigos y poder ofrecerles a todos sus remedios, no obstante, esa no es mi labor. Estoy aquí para sufrir, para hacer que los cuentos sean, como durante estos años, el resumen de todo lo que callamos durante nuestra niñez. Pues por ello puse mi estómago sobre la tabla, entrelacé una y otra vez las cadenas y el cielo pareció hacerse infinito cuando cada giro, cuando cada estrella que caía para jugar con mis locas volteretas, drenaron todas las impurezas de mis dolores. Pero, pero algo... pero algo no andaba bien. ¡Las vueltas, los ojos, las mamaderas, los dolores, las risas, los juguetitos, los gritos, las manitos, las canciones de cuna, los perros, los chiches¡.
- Ahora sí puedo atenderlo...
- Tarira, tarira, tarira, tarira, tari...
- ¿Puede atenderme?
- Ahora no.
Cuantas familias habrán perecido, ¿no?. Cuan importante es saber trabajar, saber que si la libertad es amable, las responsabilidades son poco amistosas o innegables (a lo Borges).
- Tarira, tarira, tarira, tarira, tari...
- Necesito comprar una crema.
- Ahí la tienes. Son cinco mil pesos chilenos.
- Estamos en Chile, no es necesario que lo diga.
No sé si fue tortícolis o artrosis, no soy experto en huesos ni letrado, tampoco me gustaría serlo; me basta con dirigirme a las boticas y observar como la gente reclama por sus remedios, sus recetas, bonos de consulta, chismes de cortesía (a lo Piñera) y retorcijones de estómago. "¡Déjate de cantar y véndeme la maldita colonia!". "Eso me dijo el doctor, pero no sé cómo se llama... ¿por qué se va?". "No me deje, !aún no termino con usted! ¡tráigame la plata, engreido!".
Qué suerte. EL columpio todavía está ahí, intacto. Desearía llamar a mis amigos y poder ofrecerles a todos sus remedios, no obstante, esa no es mi labor. Estoy aquí para sufrir, para hacer que los cuentos sean, como durante estos años, el resumen de todo lo que callamos durante nuestra niñez. Pues por ello puse mi estómago sobre la tabla, entrelacé una y otra vez las cadenas y el cielo pareció hacerse infinito cuando cada giro, cuando cada estrella que caía para jugar con mis locas volteretas, drenaron todas las impurezas de mis dolores. Pero, pero algo... pero algo no andaba bien. ¡Las vueltas, los ojos, las mamaderas, los dolores, las risas, los juguetitos, los gritos, las manitos, las canciones de cuna, los perros, los chiches¡.
- Ahora sí puedo atenderlo...