El cielo es de ceniza
El cielo es de ceniza.
Los árboles son blancos,
Y son negros carbones
Los rastrojos quemados.
Tiene sangre reseca
La herida del ocaso,
Y el papel incoloro
Del monte está arrugado.
El polvo del camino
Se esconde en los barrancos,
Están las fuentes turbias
Y quietos los remansos.
Suena en un gris rojizo
La esquila del rebaño,
Y la noria materna
Acabó su rosario.
El cielo es de ceniza,
Los árboles son blancos.
El puñal entra en el corazón
El puñal
Entra en el corazón,
Como la reja del arado
En el yermo.
No.
No me lo claves.
No.
El puñal,
Como un rayo de sol,
Incendia las terribles
Hondonadas.
No.
No me lo claves.
No.
El silencio redondo de la noche
El silencio redondo de la noche
Sobre el pentagrama
Del infinito.
Yo me salgo desnudo a la calle,
Maduro de versos
Perdidos.
Lo negro, acribillado
Por el canto del grillo,
Tiene ese fuego fatuo,
Muerto,
Del sonido.
Esa luz musical
Que percibe
El espíritu.
Los esqueletos de mil mariposas
Duermen en mi recinto.
Hay una juventud de brisas locas
Sobre el río.
Hay una raíz amarga
Hay una raíz amarga
Y un mundo de mil terrazas.
Ni la mano más pequeña
Quiebra la puerta del agua.
¿Dónde vas, a dónde, dónde?
Hay un cielo de mil ventanas
-Batalla de abejas lívidas-
Y hay una raíz amarga.
Amarga.
Duele en la planta del pie
El interior de la cara,
Y duele en el tronco fresco
De noche recién cortada.
¡Amor, enemigo mío,
Muerde tu raíz amarga!
La rosa no buscaba la aurora
La rosa
No buscaba la aurora:
Casi eterna en su ramo,
Buscaba otra cosa.
La rosa
No buscaba ni ciencia ni sombra:
Confín de carne y sueño,
Buscaba otra cosa.
La rosa
No buscaba la rosa.
Inmóvil por el cielo
Buscaba otra cosa.