
Te me vas igual que agua entre las manos.
Me mientes en dosis pequeñas que se salen de control y yo me doy cuenta lentamente del absurdo cuadro que me pintas donde las mujeres desnudas no existen y las erecciones no son parte de tu vida.
Me cuentas la historia de caperucita roja o blanca nieves o la de pulgarcito y aunque se que son mentira en el momento que salen de tu boca, con tu dulce voz, con tus gestos tristes, algo pasa en mi consciencia que te creo, te creo ciegamente, te creo.
No quiero pensar que eres mentira, que tus gestos (esos que me hacen tan feliz) no existen, o los finges.
Necesito creerte todo así gigante y magnifico, sonriente y amable, sensual y cariñoso.
Prefiero cerrar los ojos y crearte en mi alma a mi imagen y semejanza, como Dios.
Cuando tu mismo caes en contradicciones y te enrredas y te caes,
como un acto de amor profundo y de complicidad absurda te ayudo a desenrredarte fingiendo que no veo los nudos que te haces.
Cuando olvidas las historias largas que contaste y cambias los finales con tu seguridad rara yo prefiero no decirte, no contrariarte o lastimarte, o ponerte desnudo frente la luna como un culpable de la mentira eterna.
No quiero que la Luna te juzgue, no quiero que mis manos te juzguen y entonces comienzo a mentirme y me hago a la idea de que si aprieto fuertemente los puños evitare que te me deslices entre los dedos como agua en estado liquido y entonces presiono mi mandíbula para ayudarme a hacer fuerza y se me estrellan los dientes y aun así no puedo evitar que te me vayas, que te me escurras como agua que eres impresionable, moldeable pero escapable, buscando la salida siempre, siempre, siempre...
Autora: Adyani Gámiz
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