Xavier Dolan es un niñito, pero es un niñito que sabe exactamente qué es lo que quiere sacar de sus actores y que sabe muy bien hasta dónde puede empujar una escena sin que caiga en el tedio, qué recursos visuales usar para robarnos la palabra de la boca y a qué ritmo ponerlos a interactuar entre sí y que el resultado nos deje un buen rato clavados en la silla del computador buscando con desesperación otros trabajos de el susodicho.
No es la primera vez que hace precisamente eso con cuanto espectador se le cruza por en medio: Ya en He matado a mi madre y en Los amores imaginados había dado el chiquillo una muestra de sus claros parámetros estéticos, ya había dado el cañonazo de aviso, cuan si nos estuviera diciendo 'prepárense, que cada escena va a buscar su deleite'.
Y no es de otra manera. Visualmente la película es soberbia: hace lo que le place con la iluminación, con los slowmo, con los closeup. Narrativamente es de esas que te dejan enrrollado en los rollos de los personajes, un profesor universitario que se decide a cambiar de sexo y su novia y las reacciones de ésta, de la madre, de la sociedad.
Decir que vale la pena verla es ponerse con eufemismos. Hay que verla. Con ésto coincide la gente en Cannes, quienes otorgaron a Suzanne Clément el galardon por Mejor actriz en la nueva edición de Un certain regard, donde fue nominada también como Mejor película.
Alojado en el Meganostrum que estás en Nuevanuevecita Zelandya
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