Los ojos de Gustavo estaban fijos en el espectro de colores que se formaban en el fondo de la vieja casona de Quilmes anegado por el agua. Solía pasar mucho tiempo observando aquella luz curvada que generalmente se formaba después de la lluvia. Había obtenido muchas explicaciones sobre el extraño fenómeno denominado arco iris. La única que le había satisfecho era la de su abuelo.
Recordaba que una tarde de mucho calor, aquél lo había sentado sobre sus piernas y entornando los cansados ojos le dio su versión de aquella luz encantada. Según el abuelo, los colores del arco iris significaban etapas en la vida de los hombres. Según el abuelo, cada ser humano al terminar su recorrido se encontraba al pie de aquél y comenzaba a penetrar en él. Según el abuelo, su propio arco iris estaba cada vez más cerca.
El tiempo se deslizaba lentamente llevando a Gustavo al cenit de su vida y al abuelo al poniente de la suya. Un día el anciano murió. De los ojos de Gustavo no cayeron lágrimas, simplemente los cerró con fuerza y vio la vigorosa figura que se perdía para siempre penetrando el espectro. El abuelo había encontrado su arco iris.
La alarma lo arrancó de sus recuerdos, tomó el casco y corrió hacia el frío de la madrugada. Con las primeras luces, las siluetas de los aviones se combate comenzaron a recortarse contra el horizonte. Gustavo avanzo resuelto hacia su aeronave y como en el telémetro de una cámara fotográfica las imágenes de hombre y piloto se superpusieron hasta integrar una sola: la de un profesional formado tras largos años de entrenamiento.
Chequeó maquinalmente los instrumentos de a bordo, espero la señal y aceleró el motor. El avión comenzó a rodar por la pista lentamente primero y luego con más velocidad hasta que la mano de la gravedad decidió soltarlo y apuntó hacia el cielo. Niveló y miró hacia su izquierda; a pocos metros un avion similar al suyo efectuaba la misma maniobra. Se sintió como reflejado en un espejo y comenzó a admirarlo. El diseñador debía haber concebido aquel formidable aparato teniendo en cuenta las características de la Patagonia. Sin proponérselo, había desarrollado un producto apto para aquellas latitudes. Poseía la simplicidad y rudeza de la geografía de la zona; estaba dotado para resistir sus fuertes vientos y fríos inviernos; su perfil robusto y decidido coincidía exactamente con el fondo agreste del paisaje; sí, sin lugar a dudas el avión respondía fielmente al duro entorno.
En pocos minutos más la escuadrilla volaba sobre el océano. Gustavo mirando a través de su cabina trataba de adivinar los pensamientos de sus compañeros. Cada uno de ellos inmerso en su propia burbuja, estrujaba a fondo esos minutos que restaban antes de la acción.
El silencio de radio era total. El leve zumbido de las turbinas era el único ruido exterior que acompañaba a aquellos hombres. Otro ruido, el interior, estaba compuesto por voces familiares de camaradas, seres queridos, y todo aquello que les permitía extender un cordón con el mundo que dejaba atrás.
La orden se escuchó clara y concisa en los auriculares. Como despertándose de un letargo, la formación se deshizo. Gustavo echó un rápido vistazo a su instrumental, disminuyó la altura hasta casi confundirse con el mar y aceleró a fondo el potente reactor. Sintió el empuje detrás de él; enfurecida como un volcán , la boca de la tobera se tiño de rojo entregando la potencia que se le exigía. Había llegado el momento en que hombre y avión se fundían convirtiéndose uno en la prolongación del otro.
No hubo sorpresa, ya habían sido detectados por la pequeña flota y los barcos enloquecidos trataban de tomar una posición de combate que les permitiera triangulas sus bocas de fuego. De haber existido un observador neutral hubiera sido testigo de un singular combate: el valor contra la tecnología. Los aviones vistos de perfil daban la sensación de desaparecer bajo las olas. Los buques abrieron fuego tachonando el cielo de metralla y misiles. Las velocidades combinadas y opuestas hicieron que pronto se encontraran. Gustavo sabía que, como en una calle muy congestionada, debía filtrarse buscando el hueco entre las defensas de los navíos cuya silueta se agrandaba.
Había elegido el suyo y en pocos segundos volaría sobre él. Centró su atención en la mira, oprimió el disparador y soltó las bombas. Había calculado de antemano el salto que daría al desprenderse de ellas y en una maniobra que tubo mucho de reflejo condicionado se zambulló nuevamente hacia el mar, al mismo tiempo que aceleraba zigzagueando continuamente.
Su mortífera carga estalló exactamente en la central de tiro. Computadoras, cables y conexiones se derretían y enroscaban sobre sí mismos. La temperatura era insoportable; lo que hasta hacía poco era un prodigio de ingeniería se había convertido en espeso y tóxico humo negro del cual emanaba un fuerte olor a baquelita quemada. Mientras el barco se ladeaba, el cañón de proa giraba descerebrado como una peonza. En otro de los buques también impactado, un tripulante caído sobre la cubierta tuvo una imagen que se repetiría por siempre en sus pesadillas: la de aquellas gigantes y gibosas mantarrayas que luego de atacar a los barcos saltaban sobre ellos para alejarse rápidamente adheridas a la superficie del océano.
Aceleró a fondo y volvió a sentir un confortable golpe detrás de su asiento. En segundos más el peligro habría cesado. Continuó por poco tiempo volando a nivel casi cero y cuando se sintió seguro jaló del timón comenzando a ganar altura. Su próxima preocupación era el encuentro con el avión nodriza, pues su aeronave estaba impaciente por mamar aquel vital jugo.
Leyó los instrumentos, realizó un rápido cálculo y efectuó las correcciones necesarias. Se encontraba tranquilo y satisfecho, orgulloso de aquel grupo que lo acompañaba. Habían logrado en poco tiempo y con recursos escasos una sincronización formidable.
Pensó en la gente de tierra, en aquellos mecánicos que hacían posible sus incursiones. Tuvo también en cuenta al equipo en vuelo, a los tripulantes de los cisternas y se sintió protegido.
Un grupo homogéneo y organizado velaba por él y su máquina. Y así, sumergido en esos pensamientos, apuro el viaje hacia su "estación de servicio" aérea.
Nunca conoció la ubicación exacta del avión enemigo que le disparo aquel Sidewinder. El misil explotó debajo y detrás de su aeronave. La onda de aire, al desplazarse, lo sacudió como un juguete. Crujió el noble fuselaje, las alas parecieron desprenderse pero nada sucedió, Chequeó los controles efectuando varias maniobras para apreciar los daños, pero el aparato respondió dócilmente zambulléndose hacia el mar. El piloto sabia que era su única forma de eludir a los tan temidos...
No pudo completar la palabra en su mente cuando el misil estallo delante de él. Sin poder hacer nada por evitarlo, la deflagración del proyectil y el avión se encontraron en el espacio. Y así, como momentos anteriores hombre y máquina se habían fundido en uno solo; así, de la misma forma comenzaron a desintegrarse.
Lloviznaba sobre el océano aquella mañana gris y gélida. Nadie fue testigo de aquel fogonazo anaranjado que iluminó fugazmente el cielo, y al igual que lo ocurrido con su abuelo años antes en la vieja casona de Quilmes, en un punto no determinado del majestuoso Atlántico, Gustavo se reunió con su arco iris.
Nota: En categorias tambien podria ir en Off-topic, solo que no hay algo destinado a categorizar estos tipos de post que son mayoria en mi caso.
Fuente
Publicado originalmente en la Revista Nacional Aeronautica y Espacial AEROESPACIO
Numero 440 - Año XLIV - JUL-AGO 1984 editada por la Fuerza Aérea Argentina.
Republicado en Hangar Digital el 10 de Febrero de 2004 bajo las pautas dispuestas en la pagina 2 del citado numero 440.