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El "Danubio azul" – un poco de historia

Info3/20/2012



Estrenada hace más de 100 años, esta jubilosa música ha sido desde entonces en todo el mundo el símbolo que atesora los recuerdos de una época elegante y romántica.






Hoy, El Danubio Azul es considerada una de las piezas más populares de la música clásica. Las connotaciones sentimentales vienesas lo han convertido en el segundo himno nacional austriaco y es uno de los "bises" indiscutibles del Concierto de Año Nuevo de Viena





De popularidad acaso jamás igualada por ninguna otra pieza de música, El bello Danubio azul conserva la misma frescura, el mismo jubiloso encanto que tenía, en aquella ocasión en que Johann Strauss lo ofreció por primera vez al público.



Irónico parece que no hubiera sido a orillas del Danubio, sino en Francia, donde el vals que sería símbolo musical de la elegante y alegre Viena, iniciara su carrera de triunfo por todo el mundo. Y su estreno en ese país ocurrió en circunstancias muy de novela del siglo XIX: entre espléndidos saraos, planes, de una aristocrática, intrigas diplomáticas.



La princesa Paulina de Metternich, esposa del embajador de Austria en Francia, quiso aprovechar para sus propios fines planes de una aristócrata, intrigas diplomáticas.
La astuta princesa Paulina de Metternich, esposa del embajador de Austria en Francia, quiso aprovechar para sus propios fines la visita de Johann Strauss a la exposición universal de París en 1867. Pensó la princesa que en la música de Strauss hallaría expresión la natural armonía de carácter que existe entre el alegre parisiense y el getnütlich vienes.





No hubiera podido elegir Paulina de Metternich mejor abogado para la causa de Austria. Johann Strauss era el ídolo de la época, el compositor al son de cuya música valsaba el mundo entero. La exposición misma ofrecía un marco en el que hasta el desorbitado plan de la princesa resultaba plausible. Fue en esos días cuando París ganó el nombre de Ciudad Luz. Un millón de mecheros de gas instalados a lo largo de innumerables aleros, al iluminar de noche los grandes bulevares, trasformaban a París en esplendorosa feria.



La presencia de Johann Strauss, el rey del vals, prestaba singular lucimiento al espectáculo. Al fin y al cabo, reyes comunes y corrientes se veían a cada rato en París. En medio de esas reales personas Strauss se conducía con desembarazo. Bien mirado, él representaba también una dinastía; antes que él mismo, su padre había sido el rey del vals.
El padre de Strauss formó parte en sus años mozos de varias orquestas que en las afueras de Viena iban de taberna en taberna. En esas fon das sombreadas por árboles oyó a los músicos del lugar, los "violinistas cerveceros", tocar un nuevo tipo de baile inspirado en tonadas campesinas austríacas. Llamaban a esto der Walzer (literalmente, girar), porque se bailaba ejecutando un movimiento giratorio y de traslación en compás de tres por cuatro. Ahora bien, como quien gira sobre sí mismo lo hace más cómoda y seguramente al tener un punto de apoyo, las parejas adoptaron pronto la innovación de bailar abrazadas. Aunque la intimidad a que daba pie el nuevo baile suscitó violentas críticas, der Walzer no tardó en imponerse en los esplendorosos salones vieneses.





El viejo Strauss se hallaba en el apogeo de la fama cuando encontró un rival en su propio hijo. El 15 de octubre de 1844 el joven Johann Strauss se estrenó como compositor y director de orquesta en un con cierto al que dio principio con cuatro valses suyos. Promediaba aún ese concierto cuando ya el auditorio se decía que había aparecido en Viena un nuevo rey del vals.
De entonces en adelante la vida de Johann Strauss, hijo, fue ininterrumpida serie de conciertos y de producción de obras musicales; de viajes y de público aplauso. Contaba 41 años de edad cuando la princesa Paulina pensó en él para que sirviera a la ejecución de sus planes políticos, y así París lo conoció en la flor de su gloria: era un personaje que gastaba el bigote impuesto por la moda, de exquisito gusto en el vestir y de una varonil apostura que atraía irresistiblemente a las mujeres.



A Strauss ya solo le faltaba conquistar al gran público de París. Una serie de conciertos celebrados en la exposición merecieron entusiastas elogios. Y entonces, inesperadamente, el maestro vienes dio a conocer el vals llamado a arrebatar al mundo entero. El auditorio recibió las primeras notas con cortés curiosidad. ¿Sería posible que la nueva composición alcanzara el elevado nivel de las melodiosas joyas del autor conocidas ya del público? La respuesta a esa pregunta se formulaba lentamente. Después de la afiligranada introducción, que, más que el comienzo de un vals, semeja el mágico preludio de una sinfonía, surge de súbito el tema impetuoso que habrá de alcanzar proverbial resonancia en el lengua je de la música. A manera del río cuyo nombre lleva, el vals de El bello Danubio azul fluía incesante mente en ondas de inspiradas melodías y vibrantes tonalidades. Por un instante pareció que el melodioso raudal fuera a desviarse de los cauces del buen gusto para desembocar en un final vulgar. Pero entonces recobró la serenidad de su curso. Entre notas evocadoras de los compases iniciales, una cadencia formal hizo enmudecer el vals.





Mudo quedó también el público por un momento. Quizá tuvo el sentimiento de haber asistido a la creación de una nueva forma musical: la que presta al vals amplitud de poema sinfónico. Y de repente, al silencio del público sucedió el aplauso, que estalló jubiloso.



Con El bello Danubio azul se inició una nueva época en la producción y en el estilo de Strauss. Hasta entonces se había considera do él nada más que compositor de música de baile. Después de la notable y aplaudida obra, el vals ascendió del salón de baile a la sala de conciertos. Los principales músicos de aquellos días tenían frases de elogio para Strauss: Wagner llegó a decir que lo consideraba "el talento más musical de Europa". Lo que principalmente cautiva a la mayoría de los admiradores de su música es, sin embargo, el raro don con que él ha sabido expresar la esencia misma del carácter vienes, curioso maridaje de la alegría de vivir y la melancolía romántica.





Como toda verdadera obra de arte, El bello Danubio azul es un viaje a las regiones de la fantasía, y hasta su mismo nombre encierra una ilusión. Quien conoce el Danubio sabe que las aguas de este río son de un color verde grisáceo y tienden frecuente, y nada románticamente, a enturbiarse. Da la medida de lo que fue la inspiración de Strauss el hecho de que, por obra de esta, a ojos de todos el Danubio se ha vuelto para siempre azul.



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