Bienvenidos a otra historia maravillosa del Japón, relatada por uno de los autores mas brillantes...
Sobre el autor:
Nació el 27 de junio de 1850 en la isla griega de Leucade. Su padre, Charles Hearn, era un cirujano militar irlandés que se casó con Rosa Cassimati, una muchacha local. Tras una temporada en Dublín, Rosa regresó a su país dejando a Lafcadio al cuidado de los familiares de su esposo.
Cursó estudios en Irlanda, Inglaterra y Francia. Se traslada a Estados Unidos con 19 años, donde fue periodista en Cincinnati y Nueva Orleans. Traductor de relatos exóticos, dos de sus obras más conocidas son Hojas sueltas de literatura extraña (1884) y Fantasmas de China (1887). Residió durante dos años (1887-1889) en la isla de Martinica, tras lo que escribió Dos años en las Antillas francesas (1889).
Hearn llegó al puerto nipón de Yokohama en 1890, a los cuarenta años, buscando huir del materialismo occidental y descubrir el encanto y la tranquilidad que asociaba con el Japón tradicional. En estas tierras pasó el resto de sus días, en compañía de su esposa japonesa, que le dio cuatro hijos y la estabilidad que no había encontrado en sus viajes por el mundo.
Consiguió un empleo de profesor de inglés en Matsue, provincia de Shimane, donde se casó con la hija de una familia de samurais. Un año después, fue nombrado editor jefe del Kobe Cronicle, periódico local en inglés de la ciudad portuaria. En Visiones del Japón menos conocido (1894) expone la sociedad feudal de la época.
Consiguió la nacionalidad japonesa en el año 1895 adoptando el nombre de Yakumo Koizumi. De 1896 a 1903, fue autor de doce libros en donde narra las costumbres y las tradiciones de Japón, como en Exótico (1898), Fantasmas de Japón (1899), Kwaidan (1904) -poesías y cuentos de hadas- y Japón, ensayo de interpretación (1904).
Lafcadio Hearn falleció en Tokio el 26 de septiembre de 1904.
Mujima
En el camino de Akasaka, cerca de Tokio, hay una colina, llamada Kii-No-Kuni-Zaka, o "La Colina de la provincia de Kii". Está bordeada por un antiguo foso, muy profundo, cuyas laderas suben, formando gradas, hasta un espléndido jardín, y por los altos muros de un palacio imperial.
Mucho antes de la era de las linternas y los jinrishkas, aquel lugar quedaba completamente desierto en cuanto caía la noche. Los caminantes rezagados preferían dar un largo rodeo antes de aventurarse a subir solos a la Kii-No-Kuni-Zaka, después de la puesta de sol.
¡Y eso a causa de un Mujima que se paseaba!
El último hombre que vio al Mujima fue un viejo mercader del barrio de Kyôbashi, que murió hace treinta años.
He aquí su aventura, tal como me la contó:
Un día, cuando empezaba ya a oscurecer, se apresuraba a subir la colina de la provincia de Kii, cuando vio una mujer agachada cerca del foso... Estaba sola y lloraba amargamente. El mercader temió que tuviera intención de suicidarse y se detuvo, para prestarle ayuda si era necesario. Vio que la mujercita era graciosa, menuda e iba ricamente vestida; su cabellera estaba peinada como era propio de una joven de buena familia.
-Distinguida señorita -saludó al aproximarse-. No llore así.. Cuénteme sus penas... me sentiré feliz de poder ayudarla.
Hablaba sinceramente, pues era un hombre de corazón.
La joven continuó llorando con la cabeza escondida entre sus amplias mangas.
-¡Honorable señorita! -repitió dulcemente-. Escúcheme, se lo suplico... Éste no es en absoluto un lugar conveniente, de noche, para una persona sola. No llore más y dígame la causa de su pena ¿Puedo ayudarla en algo?
La joven se levantó lentamente... Estaba vuelta de espaldas y tenía el rostro escondido... Gemía y lloraba alternativamente.
El viejo mercader puso una mano sobre su espalda y le dijo por tercera vez:
-Distinguida señorita, escúcheme un momento...
La honorable señorita se volvió bruscamente. Dejó caer la manga y se acarició la cara con la mano... ¡El viejo vio que no tenía ojos, nariz ni boca!...
¡Huyó, gritando de espanto!
Corrió hasta el borde de la colina, oscura y desierta, que se extendía delante de él... Corría sin pararse y sin osar mirar hacia atrás... Por último vio, en lontananza, la luz de una linterna... Era una lucecilla tan pequeña que se hubiera podido confundir con una mosca luminosa. Era la bujía de un mercader ambulante, un vendedor de sopa que había levantado su tenderete al borde del camino. Después de la experiencia que el viejo acababa de sufrir, la más humilde de las compañías le pareció deseable. Se echó a los pies del vendedor de sopa, gimiendo:
-¡Ah!... ¡Ah!... ¡Ah!...
-«Koré»... «Koré»... -replicó el vendedor ambulante bruscamente-. ¿Qué le ocurre? ¿Le ha hecho daño alguien?
-¡No!... Nadie me ha hecho daño... -murmuró el otro-. Pero... ¡Ah!... ¡ah!... ¡ah!...
-¡Por lo menos le han dado un buen susto! -dijo el mercader, demostrando poca simpatía-. ¿Se ha encontrado con algún ladrón?
-¡No!... Pero, cerca del foso... he visto... ¡Oh!, he visto una mujer que... ¡Ah!, jamás podré describir cómo la he visto...
-¿Qué? ¿La ha visto, tal vez, así?... -exclamó el mercader.
Se acarició la cara que, de pronto, se hizo semejante a un huevo.
¡En aquel mismo instante se apagó la luz!
FIN