
Se hace difícil caminar. Y la calle se vuelve cada vez más ancha, y solitaria, ante tus pasos desequilibrados.
Es el debilitamiento.
El peso de tantos discursos grabados a fuego, tantas palabras sobre los hombros. De novedades que llegaron como posibilidad y hoy se adueñan de tu mente como pequeños delirios que llevan a la perdición.
Un resto de la adolescencia de trabajos forzados en el ejercicio de las reacciones sociales. Acallando el vuelo de las expectativas, como mejor se pueda, sólo para poder sobrevivir.
Tantas promesas para ser feliz, tantos caminos abriéndose. Y al final todos conducen a lo mismo.
¿Qué hay detrás de lo completo? ¿Un engaño firme para recostarse?
Y detrás más jerarquías y promesas, más niveles de lo artificial.
La vida te trae, te lleva. Te ofrece sus delicias en ficciones nuevas, renovadas y luego las vuelve realidad. Despojándolas a la esencia de antaño, la que siempre estuvo ahí y nunca llegaste a ver.
Naces como una hoja en la rama de un árbol desconocido, que tiembla en manos del viento. Pero no hay viento, tampoco hay apenas vida, y el contorno sólo tiembla porque eso es lo que le enseñaron a hacer.
Nadie sabe que hay al final del camino pero todos saben qué llevar. Sin responder, persiguen la consecución con la seguridad de cargar el peso de un cuerpo arrastrado hacia no se sabe dónde.
Y todos los consuelos ofrecidos implican reírse del utópico. Pero todo es utópico.
Incluso el viaje a ningún lugar.
Así que tira y afloja, quizás des con un poco de vida.
Pero debes saber que tirar...
Escrito propio