INSTRUCCIONES PARA PELAR UNA MANZANA

Dicen las madres y las abuelas que las manzanas no han de pelarse, que basta con bañarlas bien bajo el grifo de agua fría de la pila de la cocina, y estarán listas para ser degustadas a mordiscos incluso por el paladar más distinguido. Sin embargo, la gran diversidad de grosores y de texturas que ofrece la piel que envuelve al tentador fruto del manzano, provoca que, en ocasiones, el consumidor prefiera proceder a su pelado para saborear sin interferencias la húmeda y crujiente pulpa. Por ello, el primer paso, y probablemente el de mayor relevancia, consistirá en la elección del instrumento cortante idóneo con el que procederemos a pelar la fruta. Para mayores probabilidades de éxito, habremos de escoger un cuchillo bien afilado, de mango firme y, a poder ser, punta redondeada. Sujetaremos el mencionado cuchillo con nuestra mano derecha y la manzana con la mano opuesta, siempre con el rabito mirando hacia arriba. A continuación, apoyaremos el filo de nuestro cuchillo sobre la parte superior de la manzana, junto al citado rabito, y comenzaremos el corte, de derecha a izquierda bordeando poco a poco la fruta hasta llegar a su parte inferior. Se debe procurar en todo momento, rascar la piel levemente, para no arrastrar en la operación demasiada sustancia pulposa. A medida que avancemos en el proceso, será necesario extremar las precauciones, pues, si la manzana es de una variedad jugosa, el azucarado caldo irá empapando progresivamente la mano con la que sujetamos el fruto, y correremos el riesgo de que éste resbale y se precipite sin remedio al suelo, con lo que la ejecución de la maniobra tendría como resultado un decepcionante fracaso. Se considerará ideal concluir el pelado de una sola vez, logrando al final una banda completa y muelliforme de piel. (Téngase en cuenta que dicho desenlace será de difícil obtención por parte de peladores principiantes e inexpertos). Una vez que el cuchillo alcance la parte inferior de la manzana, daremos por concluida la faena y podremos, al fin, sumergirnos en el crujir agridulce de esa carne jugosa y firme, a la que ni el crédulo Adán fue capaz resistirse.