La alopecia es una grimosa y atroz afección que ocasiona despiadados parches redondos de pérdida del cabello. Una de cada 20 personas padece de alopecia. Yo soy uno de esos menesterosos sujetos. Perdí el pelo prematuramente, a los 15 años. Fue una ignominiosa fatalidad. Una funesta hecatombe. Y sin duda, una auténtica putada.
Aunque existen varios tipos de calvicie, la más común de ellas continúa siendo la alopecia androgenética, monstruosa patología debida a un conjunto de factores de orden hormonal y hereditario, y que a día de hoy sigue resultando incurable a largo plazo.
El patrón típico de la calvicie masculina comienza en la línea de implantación del cabello, la cual retrocede gradual e inexorablemente para formar una "M". La maldita y jodida “M”.”M” de memo, de mamarracho, de mermado, de mentecato.
El cabello que estoicamente resiste se vuelve afrancesado, mariposón, tremendamente delgado y mucho más corto. El pelo de la coronilla también comienza a adelgazarse cobarde y cruelmente, y finalmente el punto más alto de la línea de implantación del cabello se une con la corona miserablemente despoblada, dejando indemnes la zona posterior y laterales.
La edad, el estrés, los trastornos hormonales, la deficiente alimentación o la masturbación compulsiva son las causas de la desertización capilar. Sin duda, yo ya identifiqué el origen de mi desoladora calvez…
Dicen quienes sufren esta inclemente afección capilar, que los calvos somos testosterónicos insaciables, más varoniles y sexuales...¡¡Y un cojón!!. Sólo es un farisaico argumento para justificar nuestro reluciente e yermo cráneo. No obstante, recientes estudios científicos demuestran que la pérdida de cabello puede deberse al sobrecalentamiento en el interior del encéfalo. Dicho calentamiento se originaría por el uso reiterado de las neuronas del celebro. Apunta esta investigación, que los alopécicos son sujetos fríos, perspicaces, calculadores y tremendamente prácticos. A juzgar por el pragmatismo que caracteriza mi forma de resolver los problemas ( con una hacha y una bolsa de plástico ), intuyo que dicha hipótesis puede ser verídica.
En cualquier caso, no hay nada más antiestético, vulgar, repelente, enojoso y repulsivo que un macho con una esperpéntica calvorota.
Los calvos vivimos en un pusilánime estado de sufrimiento. No somos hombres sin pelo, ni consumidores potenciales de burdos sombreros, ni individuos sin exigencia de peinarse, ni ahorradores de champú anticaspa. Somos calvos. Putos clavos. Esa es la lacerante realidad. Se burlan de nosotros en las cenas de trabajo, en la barbería, en la iglesia, en la charcutería y a la salida de los colegios. Vivimos ese infortunio en silencio, en el más absoluto secreto.
Groseros peluquines, agónicos injertos capilares o milagrosos champús, son algunas de las estúpidas enmiendas para subsanar la alopecia. ¡¡¡Pantomimas!!!. La puta calvicie no tiene sanación. Pero si podemos encubrirla con este sencillo método: Adquiere en cualquier droguería un aerosol para garfitti del color de tu cabello. Aplica directamente el spray sobre la zona despoblada y deja secar la pintura durante 20 minutos: