Barcas de pie en los ríos del saber
No hay que torcer el rumbo de nuestras vidas, ya que es como un rápido río en el cual vamos andando, dentro de nuestra barca. Llevada por la fuerza del fluir de las aguas. Pero, el río, es angosto y tiene piedras que debemos esquivar y esa es nuestra misión, no dejar dañar la barca que nos lleva, porque de lo contrario nos ahogamos y porque nuestra misma barca sana en destino continuara su andar llevando otras esencias vitales a sus conclusiones finales. Debemos cuidarla y dominarla en los momentos que nos pide salvaguardarla y cuando se sienta fuera de control. Intervenimos en esa lucha entre la furia del río, que busca recuperar su calma contra las paredes laterales de su cauce y el naufragio de la barca que corre riesgo vital, en esa tempestuosa realidad momentánea. Cuando esto no suceda andaremos parados y bien acomodados en nuestra barca de madera, de troncos atados por trenzas verdes hechas con las hojas de algún árbol brindado a la vida para tal fin, en nuestro espectro de realidades posibles. Andaremos disfrutando el paisaje de los cielos nocturnos, estrellados, bajo todas las lunas posibles y también de los cielos diurnos, bajo soles de mediodía, árboles de la tierra y fresca hierba que da olores y sabores vividos al aire que nutre nuestro cuerpo y bendice nuestra presencia. Detrás, de fondo a toda imagen descripta, un paisaje montañoso se abre en el horizonte.
Si vemos por ahí, fuera del cause del río, el árbol de la sabiduría no debemos tratar de alcanzarlo, debemos contemplarlo y dejarnos atrapar por su energía para meditar y sentir su energía, y dejarlo pasar. Aunque es difícil no advertir su presencia dado el brillo de sus frutos y la intensidad de su aura, podríamos hasta ignorarlo antes que tratar de alcanzarlo. De intentar alcanzarlo cometemos el peor error que puede cometer el hombre, intentar correr su sendero de lugar sin tener en cuenta de que si eso fuera posible estaría alterando su destino, creando destinos paralelos para un solo andar. Aunque simultáneamente existieren infinitos destinos probables, el destino empírico es único e irrepetible y esta otorgado a quien lo alcanza, justamente a quien no se deja vencer por la atracción del árbol que pareciera llamarnos a modificar nuestro trayecto. Pero de esa manera, dejándonos vencer por la arrogancia de querer llegar al árbol que ejerce su poder a la distancia, estaríamos dejando el río a un costado y con el la barca, nuestro hogar, que nos lleva, y que quedaría huérfana en algún salto al vacío. Y dejar el río, la barca e intentar alterar el curso de los hechos naturales es querer inconscientemente quedar estancado en un punto fijo, en tierra firme pero desconocida, sin nuestro hogar, sin nada que nos proteja ni nos guíe a nuestro desenlace predicho, y nos quedaríamos sin el movimiento y el continuo avance que nos da el río. Querer o no querer pero hacer cambiar el cauce del río, de nuestros destinos es destruir la barca, quedarnos sin hogar y perder lo que nos da la posibilidad de ser lo que somos y llegar donde debemos llegar. El árbol de la sabiduría se secaría al tocarlo con nuestras manos y quedaríamos desterrados en lo desconocido de la eterna inmovilidad.
Por eso observa a la distancia y déjate iluminar por aquello que ves majestuoso pero que sabes que no podrías alcanzar y usa esa energía en lo que a vos se te a dado para desarrollar.
Yooy
No hay que torcer el rumbo de nuestras vidas, ya que es como un rápido río en el cual vamos andando, dentro de nuestra barca. Llevada por la fuerza del fluir de las aguas. Pero, el río, es angosto y tiene piedras que debemos esquivar y esa es nuestra misión, no dejar dañar la barca que nos lleva, porque de lo contrario nos ahogamos y porque nuestra misma barca sana en destino continuara su andar llevando otras esencias vitales a sus conclusiones finales. Debemos cuidarla y dominarla en los momentos que nos pide salvaguardarla y cuando se sienta fuera de control. Intervenimos en esa lucha entre la furia del río, que busca recuperar su calma contra las paredes laterales de su cauce y el naufragio de la barca que corre riesgo vital, en esa tempestuosa realidad momentánea. Cuando esto no suceda andaremos parados y bien acomodados en nuestra barca de madera, de troncos atados por trenzas verdes hechas con las hojas de algún árbol brindado a la vida para tal fin, en nuestro espectro de realidades posibles. Andaremos disfrutando el paisaje de los cielos nocturnos, estrellados, bajo todas las lunas posibles y también de los cielos diurnos, bajo soles de mediodía, árboles de la tierra y fresca hierba que da olores y sabores vividos al aire que nutre nuestro cuerpo y bendice nuestra presencia. Detrás, de fondo a toda imagen descripta, un paisaje montañoso se abre en el horizonte.
Si vemos por ahí, fuera del cause del río, el árbol de la sabiduría no debemos tratar de alcanzarlo, debemos contemplarlo y dejarnos atrapar por su energía para meditar y sentir su energía, y dejarlo pasar. Aunque es difícil no advertir su presencia dado el brillo de sus frutos y la intensidad de su aura, podríamos hasta ignorarlo antes que tratar de alcanzarlo. De intentar alcanzarlo cometemos el peor error que puede cometer el hombre, intentar correr su sendero de lugar sin tener en cuenta de que si eso fuera posible estaría alterando su destino, creando destinos paralelos para un solo andar. Aunque simultáneamente existieren infinitos destinos probables, el destino empírico es único e irrepetible y esta otorgado a quien lo alcanza, justamente a quien no se deja vencer por la atracción del árbol que pareciera llamarnos a modificar nuestro trayecto. Pero de esa manera, dejándonos vencer por la arrogancia de querer llegar al árbol que ejerce su poder a la distancia, estaríamos dejando el río a un costado y con el la barca, nuestro hogar, que nos lleva, y que quedaría huérfana en algún salto al vacío. Y dejar el río, la barca e intentar alterar el curso de los hechos naturales es querer inconscientemente quedar estancado en un punto fijo, en tierra firme pero desconocida, sin nuestro hogar, sin nada que nos proteja ni nos guíe a nuestro desenlace predicho, y nos quedaríamos sin el movimiento y el continuo avance que nos da el río. Querer o no querer pero hacer cambiar el cauce del río, de nuestros destinos es destruir la barca, quedarnos sin hogar y perder lo que nos da la posibilidad de ser lo que somos y llegar donde debemos llegar. El árbol de la sabiduría se secaría al tocarlo con nuestras manos y quedaríamos desterrados en lo desconocido de la eterna inmovilidad.
Por eso observa a la distancia y déjate iluminar por aquello que ves majestuoso pero que sabes que no podrías alcanzar y usa esa energía en lo que a vos se te a dado para desarrollar.
Yooy