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La tristeza se desparramaba en su mirada, sólo la rodeaba el desamparo. La admiración producía chispas en sus pensamientos, al observar que otras personas se unían en besos y abrazos eternos. La humildad llamaba a las puertas de su corazón, su accionar era el de dar sin obtener beneficios de ningún tipo.
Una sencilla camarera de Brooklyn, a la espera de que el destino le otorgara un mejor papel, para convertirse por primera vez, en la protagonista principal de su triste pero singular vida. Solía pintar en palabras el transcurrir de sus días, imaginando cómo sería estar por un minuto en el cuerpo de aquellas mujeres que observaba cuando las atendía. Vivía en la monotonía de las ilusiones, se preguntaba cada segundo de su vida, ¿qué se sentirá al sujetar la mano de esa persona que tanto amas? ¿Qué se sentirá al compartir un paseo o una cálida cena a la luz de las velas? ¿Qué se sentirá al hacer el amor con la persona que robó tu corazón? Las respuestas se mantenían alertas, pero…todavía no era el momento para conocerlas.
Su único paseo era el recorrido de su trabajo a su hogar. Inspiraba profundamente cómo si fuera la última vez que lo hiciese.
Enfrentada a los temores de fallecer en soledad, abrió la puerta principal, encontrándose con el futuro que no quería. Su madre, de unos 60 años, veía la televisión mientras su mente se escapaba hacia otro lugar, desconocido para ambas.
Esperaba una bienvenida acogedora, pero sólo le obsequiaba palabras horrorosas. Siempre la recibía con preguntas hirientes -¿Todavía sola? ¿Cuál es tu problema muchacha, tienes algo mal?- Agobiada por su madre, prefería la oscuridad de su cuarto antes que los conflictos verbales. Llorar la libraba de una tensión galopante. Sumergida en las lágrimas caía en un sueño, donde permanecía unas horas sin ser agredida por nadie. Los miedos no se detenían, aquella mujer sería testigo de una salvación bastante peculiar.
A raíz de un cambio en el destino de Anna, su trayecto hacia el trabajo cambiaría en forma drástica. En un camino distinto, una plaza se asomaba colmada de personas adultas y de niños. Ocupados en sus divertimentos ni se inmutaron ante la presencia de Anna.
De repente, ella se transformó en el centro de la atención, cuando una luz violeta y turquesa, jugaba en el cielo, buscando a alguien, pero nadie sabía para qué ni a quién. Esa luz iluminó el cuerpo de aquella camarera desesperanzada. Sus ojos se cerraron y por un instante todo quedó en penumbras. Al abrir los ojos, todas las personas la rodeaban, observándola anonadados. Se hallaba bien, sin presentar quemaduras de ningún grado.
Discurrieron en qué podía ser aquella misteriosa luz. Al escuchar los comentarios e hipótesis, Anna se levantó para decir unas palabras que dieron fin a las fantásticas ideas de la muchedumbre. –Me otorgó un mensaje, y al parecer fue sólo para mí.
Los doctores, al examinarla, no dieron con ninguna anomalía. Estaba sana, sin problemas físicos ni mentales.
Tanto los médicos cómo las personas encargadas de los medios comunicacionales, la acorralaban con preguntas, queriendo saber el contenido del supuesto mensaje. La atosigaban sin contemplaciones, ella los miraba y sin entender esa reacción alocada, les exclamaba -¡Déjenme tranquila!
Al llegar a su casa, su madre, la esperaba con las maletas en la puerta. La trataba de demente y mentirosa, y todo por no compartir la verdad de lo sucedido. No hallaba armonía por ningún lado. En ese instante pensó -¡Quisiera que nadie me conozca! ¡Quisiera desaparecer!-
Caminaba por las calles, acompañada en cada esquina por el dedo índice de los transeúntes que la reconocían por las noticias. Ahora un pequeño cuarto de hotel le daba la bienvenida. El encargado, al verla, notó que era ella, la llamaban “la loca de la luz”. Antes de que él preguntara, ella soltó un -¡No soy nadie! Su vida seguía en soledad pero en otro sitio.
Su trabajo ahora consistiría en plasmar lo que tenía en su mente. Tomó unas cuantas botellas de licor vacías, y encerró en cada una de ellas, unos pequeños trozos de papel que llevaban su experiencia vivida. Aquellas, viajaron por las aguas cristalinas con la esperanza a cuestas, quizás el viento y el mar las llevarían hacia la persona correcta.
Los hombres de los medios, disfrazados de clientes casuales, la invitaban a cenas románticas y ella cómo ilusa los aceptaba. Era tal el fanatismo de esos seres por conocer el mensaje que, al darse cuenta de sus planes, Anna les arrojaba los platos y los cubiertos, maldiciéndolos de arriba hacia abajo. No confiaba en nadie, su esencia se desvanecía al igual que su cordura. Lanzó una mirada asesina a los espejos que mostraban su reflejo. Destruyó todo lo que tenía a mano.
Tomó una vieja camisa y unos pantalones rotos y, decidida, se dirigió a las aguas para su abandono.
Esquivaba con tenacidad las aguas heladas, mientras ingresaba hacia las profundidades de ese oscuro y cautivante mar.
Alguien se presentó y con suma rapidez se adentró en aquél, salvándola de un tormento que se había impuesto.
Luchaba por volver allí para ahogarse en sus penas, el hombre salvador le dijo -¡Por favor! Yo he dado con las botellas- Anna expandió sus ojos, mientras el hombre le expresaba las palabras escritas…
-“Sé que existes y que también buscas a tu contraparte. Ansías fervientemente, al igual que yo, compartir tu vida con alguien más….”
Anna dijo, - ¡Espera!, esas palabras son mías, no de la luz. ¿Quieres saber que decía realmente?-
El hombre aceptó encantado. Los dos pusieron sus manos en su corazón y una luz violeta y turquesa ascendió, situándose por encima de ellos. Ambos quedaron absortos e iluminados con una paz que anhelaban desde hace años.
Esa luz era un mensaje procedente del espacio sideral, de alguien más, que un día decidió compartir su inmensa soledad con un simple pero especial terrícola, el cuál comprendería el sentir que lo apabullaba. Esa compasión convertida en luminosidad, le proveyó a Anna, la esperanza que había menguado en su ser. El mensaje manifestaba un poder especial, que hacía posible la unión de dos seres. Al unirse, desplazarían los miedos producidos por un aislamiento no requerido.
Ambos se abrazaron y juntos caminaron por la orilla del mar, deseando que sus almas concibieran un sentimiento que existía más allá de toda soledad.
¡Muchas gracias por pasar!