Twisted Ink Productions
& Broken Heart Memories Presents
Dulce Locura y Amor
By Chebing
Siempre tuve una vida normal. Mi rutina consistía en levantarme todas las mañanas para ir al trabajo, luego regresar a casa, prepararme la cena y acostarme en la cama. Durante diez años esto pareció funcionar a la perfección, sin embargo, pronto entendí que debía haber algo más en la vida que simplemente seguir la misma rutina todos los días.
Un típico viernes, habíamos ido al bar de la esquina con mis compañeros y pronto comenzamos nuestra habitual guerra de pochoclos salados. A la mesera no le gustaba mucho nuestro deporte, pero éramos tan buenos y fieles clientes que no nos podía decir nada. Sin embargo, un pequeño accidente alteraría la rutina en la cual estaba sumergido.
Nosotros nos sentíamos muy cómodos en ese bar, y hacía ocho años que éramos clientes religiosos, pero siempre nos quejábamos de que ponían las mesas tan juntas que, a veces, en los momentos de silencio, se podía escuchar la conversación de las personas alrededor nuestro. Éste fue el primer motivo que permitió el cambio en mi vida.
El segundo motivo fue el accidente en sí. Recuerdo que estábamos concentrados en nuestra guerra de pochoclos cuando una falla en mi puntería, producida por el exceso de alcohol, llevó a uno de los pochoclos misiles a impactar contra la cabeza de una desconocida que se sentaba en una mesa vecina a la nuestra.
Cuando noté que el proyectil había impactado contra una desconocida, me agaché en un intento para que no me vea, sin embargo, mis compañeros me delataron y le dijeron que había sido yo quién había tirado el pochoclo. Sin más remedio que dar la cara, me asomé y contemplé a la víctima. Era rubia, de ojos celestes,
aproximadamente veinticuatro años y era una de las mujeres más hermosas que había visto en toda mi vida.
Ella me miró, sonrió y pidió muy amablemente que la dejemos fuera de nuestra guerra, puesto que no nos quería hacer pasar vergüenza por haber sido derrotados por una mujer. Yo me limité a responder con una sonrisa y no pude hablarle. Luego de un silencio incómodo ella se despidió y volvió a la charla con sus amigas. Poco tiempo después, volví a mi hogar.
Todos los días desde ese viernes hasta el próximo, mi mente estuvo pensando en esa chica. Si bien ella era aparentemente varios años más joven que yo, no representaba un problema. Todavía no podía crear que no le había hablado.
Esa semana en el trabajo todos mis compañeros estuvieron constantemente alentándome a hablarle el viernes a la noche. Yo no sabía si iba a volver a verla, y tampoco sabía si iba a poder reunir las agallas necesarias para dirigirle la palabra.
Al fin ese viernes llegó y, como era de esperarse, fuimos al bar, sin embargo, por primera vez, los pochoclos no eran mi principal motivación. Llegamos y nos juntamos en nuestra mesa de siempre. Yo me pedí un trago un poco más cargado y estuve conversando unas horas con mis amigos. Luego de esperar un poco, me levanté y empecé a recorrer el bar en su búsqueda. Había imaginado ese encuentro muchas veces, pero igual no tenía idea de qué decirle.
Estuve treinta minutos recorriendo el lugar, que si bien era pequeño, estaba lleno de gente. En ese tiempo pude dar tres vueltas y así asegurarme de que había recorrido el bar en su totalidad, lo que significaba que si no había encontrado a la chica de cabellos dorados, era porque ella no se encontraba presente. Resignado a una segunda oportunidad con ella, volví para la mesa, para reunirme con mis compañeros, para entregarme a la rutina.
Cuando estaba a metros de llegar a destino, sentí que alguien tropezó conmigo. Me di vuelta un poco malhumorado y encontré, para mi sorpresa, que aquella chica había chocado conmigo. Esa situación me tomó tan por sorpresa que nuevamente no supe que decir. Afortunadamente, ella se encargó de llevar adelante la charla.
Me pidió perdón, luego me reconoció y me dijo que ya estábamos a mano y por último, me dijo que quería un trago. Esta vez supe que decir y la lleve a la barra a tomar algo. Estuvimos hablando toda la noche, ella era verdaderamente simpática. Cuando me di cuenta, mis amigos habían desaparecido y ya había pasado la hora de volver a casa.
Nos despedimos afectuosamente y emprendí el victorioso regreso. Cuando llegué a mi destino, le mandé un mensaje diciéndole que la había pasado muy bien y que me gustaría repetirlo. Ella respondió que también le había gustado mucho la charla. Al otro día le pregunté si quería que nos viéramos, su respuesta fue que estaba muy ocupada, pero que quizás otro día.
Al día siguiente, el domingo, volví a preguntarle si quería que saliéramos a tomar algo, pero no hubo respuesta. El lunes, le dije que no podía dejar de pensar en ella, como tampoco recibí respuesta, asumí que se había quedado sin crédito. El martes le dije que estaba muy contento de haberla conocido, que era lo mejor que me había pasado en la vida, sin embargo, aquella vez, sí hubo respuesta.
El mensaje decía que deje de molestarla o que iba a tener que arreglar las cosas con su novio. Yo obviamente entendí que todo ello era un chiste, y le respondí que estaba contento de que tuviera crédito y que esperaba ansiosamente el viernes, para volver a verla. Su respuesta fue que jamás volvería al bar y que no quería volver a verme.
Yo sabía que había alguna clase de problema que ella no podía contarme, porque esos mensajes tenían que ser mentiras, nosotros estábamos hechos el uno para el otro. Usando la influencia de mis contactos, conseguí su teléfono particular y dirección. Que alegría enterarme que vivía tan sólo a pocas cuadras de mi casa.
El jueves la llamé, cuando atendió pretendió no reconocer mi voz, era tan dulce. Le seguí el juego y le dije que era yo y ella rápidamente llevó el juego a otro extremo, diciéndome que yo estaba loco y que llamaría a la policía si seguía molestando. Yo sabía que era todo un acto, y antes de cortar le dije que la amaba y que esperaba verla mañana. Ella me dijo que jamás vuelva a llamarla y que nunca iría de nuevo a ese bar. Yo deje escapar una carcajada, corté y me acosté a dormir.
Al otro día salí del trabajo y decidí romper la rutina definitivamente. Le dije a mis compañeros que vayan al bar sin mí, que yo tenía cosas más interesantes que hacer. Fui a la casa de la chica de ojos celestes y entré sin mayores dificultades. Preparé todo y apagué las luces, empezando así la dulce espera hasta que ella vuelva.
No pasó mucho tiempo, creo que fueron cinco horas hasta que llegó. Escuché el ruido que hacían sus llaves en la puerta y me puse en posición. Luego noté que había prendido las luces, y después de unos segundos empezó a subir las escaleras, siguiendo el sendero de rosas que había armado para ella. Escuchaba sus pasos, subiendo cada escalón lentamente, entrando al cuarto.
Una vez adentro, prendió las luces y dejo escapar un pequeño grito de felicidad al ver lo que había preparado para ella. Yo salí de mi escondite y la obligué a aspirar un poco de cloroformo, que sería necesario para que todo sea más fácil para ambos. Ella se durmió instantáneamente. Lucía hermosa en ese estado de profundo sueño.
Me costó un poco maniobrar su cuerpo hasta dejarla sobre la cama esposada y atada contra la misma. Sin embargo, era parte del plan. Terminé de preparar los últimos detalles, calculé el tiempo que tenía hasta que pase el efecto del cloroformo y empezamos a demostrarnos nuestro amor.
Ella despertó un poco antes de tiempo y empezó a gritar en cuanto me vio arriba de ella. Dios, me encantaba la habilidad que tenía para meterse en sus personajes tan rápido, y lo convincente que era interpretándolos. En esa ocasión yo pretendía ser un loco y ella una pobre víctima más de mi locura.
Terminamos de jugar, la felicité por su actuación que había incluido hasta lágrimas y le dije que era hora de la segunda parte del plan. Dejándola atada, enchufé la máquina y la conecté a su boca, la puse a funcionar y me dediqué a observar lo que pasaba.
Tengo que reconocer que siempre pensé que el proceso era más rápido, sin embargo, la máquina estuvo preparando el material unos cuantos minutos y el proceso de rellenado duró bastante también. Mientras la máquina funcionaba, yo le contaba a la muchacha de la sonrisa perfecta que ahora el juego era distinto, que esta vez lo había elegido yo.
El juego consistía en un cazador y su presa, y que cuando la disecación estuviera completa, la llevaría a mi casa, convirtiéndola en mi trofeo, colgándola arriba de mi cama, para observarla todos los días, para incluirla en mi rutina.
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Hacía mucho que no publicaba en T! uno de mis relatos
Espero que les guste y acepto todas las criticas
Saludos
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Dulce Locura y Amor
By Chebing
Siempre tuve una vida normal. Mi rutina consistía en levantarme todas las mañanas para ir al trabajo, luego regresar a casa, prepararme la cena y acostarme en la cama. Durante diez años esto pareció funcionar a la perfección, sin embargo, pronto entendí que debía haber algo más en la vida que simplemente seguir la misma rutina todos los días.
Un típico viernes, habíamos ido al bar de la esquina con mis compañeros y pronto comenzamos nuestra habitual guerra de pochoclos salados. A la mesera no le gustaba mucho nuestro deporte, pero éramos tan buenos y fieles clientes que no nos podía decir nada. Sin embargo, un pequeño accidente alteraría la rutina en la cual estaba sumergido.
Nosotros nos sentíamos muy cómodos en ese bar, y hacía ocho años que éramos clientes religiosos, pero siempre nos quejábamos de que ponían las mesas tan juntas que, a veces, en los momentos de silencio, se podía escuchar la conversación de las personas alrededor nuestro. Éste fue el primer motivo que permitió el cambio en mi vida.
El segundo motivo fue el accidente en sí. Recuerdo que estábamos concentrados en nuestra guerra de pochoclos cuando una falla en mi puntería, producida por el exceso de alcohol, llevó a uno de los pochoclos misiles a impactar contra la cabeza de una desconocida que se sentaba en una mesa vecina a la nuestra.
Cuando noté que el proyectil había impactado contra una desconocida, me agaché en un intento para que no me vea, sin embargo, mis compañeros me delataron y le dijeron que había sido yo quién había tirado el pochoclo. Sin más remedio que dar la cara, me asomé y contemplé a la víctima. Era rubia, de ojos celestes,
aproximadamente veinticuatro años y era una de las mujeres más hermosas que había visto en toda mi vida.
Ella me miró, sonrió y pidió muy amablemente que la dejemos fuera de nuestra guerra, puesto que no nos quería hacer pasar vergüenza por haber sido derrotados por una mujer. Yo me limité a responder con una sonrisa y no pude hablarle. Luego de un silencio incómodo ella se despidió y volvió a la charla con sus amigas. Poco tiempo después, volví a mi hogar.
Todos los días desde ese viernes hasta el próximo, mi mente estuvo pensando en esa chica. Si bien ella era aparentemente varios años más joven que yo, no representaba un problema. Todavía no podía crear que no le había hablado.
Esa semana en el trabajo todos mis compañeros estuvieron constantemente alentándome a hablarle el viernes a la noche. Yo no sabía si iba a volver a verla, y tampoco sabía si iba a poder reunir las agallas necesarias para dirigirle la palabra.
Al fin ese viernes llegó y, como era de esperarse, fuimos al bar, sin embargo, por primera vez, los pochoclos no eran mi principal motivación. Llegamos y nos juntamos en nuestra mesa de siempre. Yo me pedí un trago un poco más cargado y estuve conversando unas horas con mis amigos. Luego de esperar un poco, me levanté y empecé a recorrer el bar en su búsqueda. Había imaginado ese encuentro muchas veces, pero igual no tenía idea de qué decirle.
Estuve treinta minutos recorriendo el lugar, que si bien era pequeño, estaba lleno de gente. En ese tiempo pude dar tres vueltas y así asegurarme de que había recorrido el bar en su totalidad, lo que significaba que si no había encontrado a la chica de cabellos dorados, era porque ella no se encontraba presente. Resignado a una segunda oportunidad con ella, volví para la mesa, para reunirme con mis compañeros, para entregarme a la rutina.
Cuando estaba a metros de llegar a destino, sentí que alguien tropezó conmigo. Me di vuelta un poco malhumorado y encontré, para mi sorpresa, que aquella chica había chocado conmigo. Esa situación me tomó tan por sorpresa que nuevamente no supe que decir. Afortunadamente, ella se encargó de llevar adelante la charla.
Me pidió perdón, luego me reconoció y me dijo que ya estábamos a mano y por último, me dijo que quería un trago. Esta vez supe que decir y la lleve a la barra a tomar algo. Estuvimos hablando toda la noche, ella era verdaderamente simpática. Cuando me di cuenta, mis amigos habían desaparecido y ya había pasado la hora de volver a casa.
Nos despedimos afectuosamente y emprendí el victorioso regreso. Cuando llegué a mi destino, le mandé un mensaje diciéndole que la había pasado muy bien y que me gustaría repetirlo. Ella respondió que también le había gustado mucho la charla. Al otro día le pregunté si quería que nos viéramos, su respuesta fue que estaba muy ocupada, pero que quizás otro día.
Al día siguiente, el domingo, volví a preguntarle si quería que saliéramos a tomar algo, pero no hubo respuesta. El lunes, le dije que no podía dejar de pensar en ella, como tampoco recibí respuesta, asumí que se había quedado sin crédito. El martes le dije que estaba muy contento de haberla conocido, que era lo mejor que me había pasado en la vida, sin embargo, aquella vez, sí hubo respuesta.
El mensaje decía que deje de molestarla o que iba a tener que arreglar las cosas con su novio. Yo obviamente entendí que todo ello era un chiste, y le respondí que estaba contento de que tuviera crédito y que esperaba ansiosamente el viernes, para volver a verla. Su respuesta fue que jamás volvería al bar y que no quería volver a verme.
Yo sabía que había alguna clase de problema que ella no podía contarme, porque esos mensajes tenían que ser mentiras, nosotros estábamos hechos el uno para el otro. Usando la influencia de mis contactos, conseguí su teléfono particular y dirección. Que alegría enterarme que vivía tan sólo a pocas cuadras de mi casa.
El jueves la llamé, cuando atendió pretendió no reconocer mi voz, era tan dulce. Le seguí el juego y le dije que era yo y ella rápidamente llevó el juego a otro extremo, diciéndome que yo estaba loco y que llamaría a la policía si seguía molestando. Yo sabía que era todo un acto, y antes de cortar le dije que la amaba y que esperaba verla mañana. Ella me dijo que jamás vuelva a llamarla y que nunca iría de nuevo a ese bar. Yo deje escapar una carcajada, corté y me acosté a dormir.
Al otro día salí del trabajo y decidí romper la rutina definitivamente. Le dije a mis compañeros que vayan al bar sin mí, que yo tenía cosas más interesantes que hacer. Fui a la casa de la chica de ojos celestes y entré sin mayores dificultades. Preparé todo y apagué las luces, empezando así la dulce espera hasta que ella vuelva.
No pasó mucho tiempo, creo que fueron cinco horas hasta que llegó. Escuché el ruido que hacían sus llaves en la puerta y me puse en posición. Luego noté que había prendido las luces, y después de unos segundos empezó a subir las escaleras, siguiendo el sendero de rosas que había armado para ella. Escuchaba sus pasos, subiendo cada escalón lentamente, entrando al cuarto.
Una vez adentro, prendió las luces y dejo escapar un pequeño grito de felicidad al ver lo que había preparado para ella. Yo salí de mi escondite y la obligué a aspirar un poco de cloroformo, que sería necesario para que todo sea más fácil para ambos. Ella se durmió instantáneamente. Lucía hermosa en ese estado de profundo sueño.
Me costó un poco maniobrar su cuerpo hasta dejarla sobre la cama esposada y atada contra la misma. Sin embargo, era parte del plan. Terminé de preparar los últimos detalles, calculé el tiempo que tenía hasta que pase el efecto del cloroformo y empezamos a demostrarnos nuestro amor.
Ella despertó un poco antes de tiempo y empezó a gritar en cuanto me vio arriba de ella. Dios, me encantaba la habilidad que tenía para meterse en sus personajes tan rápido, y lo convincente que era interpretándolos. En esa ocasión yo pretendía ser un loco y ella una pobre víctima más de mi locura.
Terminamos de jugar, la felicité por su actuación que había incluido hasta lágrimas y le dije que era hora de la segunda parte del plan. Dejándola atada, enchufé la máquina y la conecté a su boca, la puse a funcionar y me dediqué a observar lo que pasaba.
Tengo que reconocer que siempre pensé que el proceso era más rápido, sin embargo, la máquina estuvo preparando el material unos cuantos minutos y el proceso de rellenado duró bastante también. Mientras la máquina funcionaba, yo le contaba a la muchacha de la sonrisa perfecta que ahora el juego era distinto, que esta vez lo había elegido yo.
El juego consistía en un cazador y su presa, y que cuando la disecación estuviera completa, la llevaría a mi casa, convirtiéndola en mi trofeo, colgándola arriba de mi cama, para observarla todos los días, para incluirla en mi rutina.
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Espero que les guste y acepto todas las criticas
Saludos
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