Empezo todo, hoy a las 17:32 minutos, en Libertad al 300. No se como sucedio, pero sucedio. El ruido moustroso y abrumador de coches y bocinas se convirtieron en vibraciones cosmicas que me llegaban por la carencia de una atmosfera constituida. Los edificios se transformaron en grandes montañas grises que solo con el filo de sus picos, dejaban asomarse a las estrellas mas hermosas. Esas nubes, que amenzaban con unas simples lluvias a Buenos Aires se convirtieron en los mas nitidos cristales, dejandome asi contemplar la pureza de la infinidad estelar. Colectivos y personas que me rozaban mis prendas con su andar desenfrenado, se volvieron en brisas espaciales que lograban erizar mi cuerpo ya desnudo... entregado a tal metamorfosis global. Ya solo en este extraño lugar, disolviendome con el polvo gris para volverme un pequeño haz de luz. Me dirigi a ese gran crater que lograba divisar a unos metros, que no era mas que la entrada al subte. Llego ese enorme cometa (el tren), que me propuso subirme a el para juntos hacer ese pequeño recorrido desde el lado oscuro de esta hermosa luna, hasta su parte mas iluminada por el celoso Sol... que tan lejos no iba a ver lo que nosotros. Toda esta fantasia, era para recordarme esa NO tan calida noche de verano. En la que solo un cuarto menguante y unas millones de estrellas, eran testigos de uno de los momentos mas importantes de mi vida. Cuando ese arroyo tocaba la musica mas hermosa y el muelle era la mejor cama. Sus labios, la frutilla mas rica del postre de la fracasada fiesta de un balneario. Y nuestros besos la autentica octava Maravilla del Mundo.
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