InicioArteEl Sexto Barquito (Capitulo 1)(Cuento Propio)

El Sexto Barquito (Capitulo 1)(Cuento Propio)

Arte9/20/2012
El Sexto Barquito



Cuando eliminas toda solución lógica a un problema,
Lo ilógico aunque imposible es invariablemente lo cierto

Sherlock Holmes




El departamento de “El Soltero”


Ese día, un jueves gris, de esos que le dan a uno melancolía, Isidro Lynch avanzaba apresuradamente por la calle Corrientes. El sol oculto tras cortinas de nubarrones poco podía calentar a los porteños, y mucho menos aun al joven detective. El sobretodo negro y su sombrero de corte italiano pasaban desapercibidos entre la maraña de gente que, de aquí para allá, revoloteaba en la Avenida. Nadie advertía la presencia de Isidro y mucho menos del asesinato ocurrido a pocos metros de la esquina que estaba cruzando el detective. Talcahuano se alzaba angosta. Los Fords, las Chevys y los Dodges pasaban zumbando y haciendo un ruido espantoso, mientras que por esas veredas húmedas y diminutas, los pasos de Lynch salpicaban agua para los costados y hacían ese ruido tan peculiar que surgen los días de lluvia.
Cuando llueve en Buenos Aires las cosas cambian. Y ese día, para todos los que vieron a Isidro Lynch meterse en el edificio de la Calle Talcahuano al 500, les pareció ver entrar a Sherlock Holmes a un edificio en Londres.
Arriba, en el piso siete, lo esperaba el comisario, dos o tres policías mas y un médico forense. En lo que respectaba a Lynch, el único problema era Armando Fierro que era, nada más y nada menos, su jefe. Y, por tanto, la única barrera entre el asesino y él.
El departamento era pequeño. Tras la puerta de entrada, que estaba al final de un angosto pasillo, había un pequeño comedor. Una gran mesa redonda lo adornaba en su centro y cuatro sillas alrededor lo terminaban de armar. Cruzando ese sitio estaba la cocina, tras unas cortinas corredizas color beige. Era pequeña, no más de un metro de ancho por dos de largo. Era el típico departamento de un soltero, y todo parecía estar normal. Excepto por los policías, el olor a putrefacción y “el soltero” tumbado sobre la mesa del comedor con un barquito de papel en su regazo.
Isidro Lynch traspaso la puerta sin saludar y se puso a examinar el cadáver. El comisario no perdió tiempo y se lanzo hacia él.
-Lynch. Tardo mucho. ¿Dónde estaba? ¿Qué hace? ¿No saluda?
-Disculpe Comisario, cada café que usted se toma con estos perejiles, mas se escapa el asesino. ¿Qué es esto? ¿Un barquito?
-¿Qué le pasa? ¿Se volvió loco? ¿Quiere que lo mande de vuelta al pozo del que lo saque?
Armando Fierro hablaba de manera muy grotesca. Hacia movimientos con la cabeza y abría la boca exageradamente al gesticular. Sumado a su bigote color blanco y su fofa papada, le daban un aire cómico y casi de caricatura.
-Disculpe Comisario- Dijo Lynch sin quitar los ojos del cadáver- No desearía que se ensucie las manos.
Eso relleno la planilla de insultos gratuitos que Lynch tenia con Fierro. Así que este último, con total soltura y como si se tratase de un muñeco de trapo, lo tomo por el pescuezo y lo estampo contra la pared posterior al cadáver.
-Escúcheme bien Lynch. El único motivo por el que sigue como Detective es porque me hace ganar mucha plata
Los pequeños ojos del Comisario miraban fijamente a los de Lynch que había perdido su sombrero, y su pelo negro le tapaba parte de la cara. El aliento fétido del comisario, y esos dientes amarillentos era lo único en lo que Isidro pensaba. No le importaban esas palabras que tantas veces había escuchado.
-Así que- Prosiguió- O se calma un poco, o me voy a cagar en la plata y le voy a meter tal patada que va a tener que ir al baño parado por un mes. ¿Quedo claro?
Lynch no se inmuto. Esta vez Fierro apretó su mano e Isidro comenzó a ahogarse.
-¿Quedo claro?
Con un pequeño gesto, casi imperceptible, el detective asintió.
-Así me gusta.
Fierro lo soltó y le acomodo el sobretodo, le levanto el sombrero y se lo coloco. Lynch no se movió hasta que el comisario termino de ordenarle la ropa. Entonces avanzo lentamente hacia el cadáver y tomo el barquito de papel.
-Que ilógico…
Murmuro.
-¿Cómo? - dijo uno de los oficiales que estaba examinando la cabeza de “el soltero”.
Isidro siguió concentrado. Lentamente desarmo la figura hasta encontrarse con una carta. Estaba pulcramente escrita, la tinta no se había corrido, ni siquiera por la humedad del ambiente y, a criterio de Lynch, había sido redactada por un zurdo.
El oficial a su derecha, el que estaba examinando el cráneo del cadáver, lo miró.
-Wow. ¡Señor! Mire lo que encontró Lynch.
Fierro, que estaba en la cocina, asomo su cabeza por las cortinas corredizas y vio la figura de Isidro con un papel en la mano y un cuerpo en una mesa delante de él.
-A ver, muéstreme Lynch.
Dijo avanzando a paso firme con su corpulencia, hasta situarse al lado del Detective.
Una peculiaridad en Isidro era que respondía rápidamente a todo, siempre y cuando le interesara. Y que le quitaran una carta de la mano, tal como hizo el comisario, lo habría alterado de gran manera en una situación normal. Pero esta, evidentemente, no lo era, ya que un escalofrío le recorrió la espalda y le impidió reaccionar ante el hurto de Armando Fierro, que desfiguro su rostro cuando leyó el nombre de Isidoro Lynch al costado superior izquierdo de la hoja.
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