Por timidez no se había animado a pedirle a nadie que lo llevaran de vuelta al pueblo y se volvía caminando de la fiesta, allá en las afueras de General Madariaga. A mitad de camino se arrepintió: estaba muy oscuro, la luna era tapada por una cortina de nubes, y no podía ver donde pisaba. A sus costados sólo había monte, monte oscuro y terriblemente silencioso, ni siquiera se escuchaban los grillos. Aceleró el paso y los zapatos nuevos le hicieron doler los pies, pero no bajó el ritmo. Sintió una brisa fría que lo atravesó desde la espalda y le puso la piel de gallina. Faltaba más de media hora para que, a ese paso, llegara al pueblo. Miró al cielo encapotado e imploró para que pasara un auto, pero era muy temprano para que alguien estuviera volviéndose.
Luego de unos minutos el cielo nocturno se despejó y la luna alumbró. Respiró aliviado al ver el camino de tierra, surcado por ruedas, por el que transitaba. Pudo ver sus zapatos de gamuza: las puntas estaban oscuras de sangre y sucias de polvo. Se detuvo para masajear sus doloridos y sangrantes pies. Cuando encaró de vuelta el camino vio un resplandor a unos pocos metros: una luz blanca, un fuerte brillo. Recordó las historias que de niño le contaban sobre la luz mala y el miedo que eso le causaba. Recordó también que luego le revelaron que, esas luces, eran sólo el producto del reflejo de la luna sobre los huesos de animales. Sin embargo eso le daba, no sabía bien porque, más miedo.
Reculó unos pasos primero y después se dio vuelta y trotó mirando de a ratos la temerosa luz. Traspiraba y sentía el corazón golpearle con fuerza el pecho. Tropezó y se fue de bruces contra el camino. Se incorporó con dificultad y se tocó la cara: le sangraba de raspones. No podía abrir bien los ojos, los tenía llenos de tierra y lágrimas. Parpadeaba, se refregaba y giraba con torpeza. Nada veía excepto la luz que parecía más cercana que antes. Corrió con todas sus fuerzas y perdió un zapato. Volvió a buscarlo y, cuando se agachó, escuchó ruidos que venían del monte: eran ramas que se quebraban por fuertes pasos. Retrocedió y volvió a caer. El sonido de los pasos se hizo más frecuente y ahora lo acompañaba una fuerte respiración. El pibe intentó levantarse mientras, con los ojos casi tapados, pudo ver una silueta que, enfrente de él, parecía contemplarlo.
Unas luces amarillas se acercaron a gran velocidad junto con el ruido de un motor. El pedido del muchacho se había cumplido: era una F-100. La Ford frenó. El que manejaba bajó a los tumbos, completamente borracho.
–Mirá, ¡un mamao’ perdió el zapato!– gritó el conductor al resto de los dormidos tripulantes y arrojó el zapato, sucio y sangrante, en la caja de la camioneta.
El borracho volvió al volante, cerró con fuerza la puerta, aceleró y la F-100 se perdió entre la tierra que se levantaba y la oscuridad que nuevamente se había cernido sobre el camino hacia el pueblo
Fuente (mi blog de cuentos y demás):
http://dejequelecuente.blogspot.com/2011/04/el-camino.html