
La calle luce orgullosa sus edificios modernos, enormes. Vertiginosas construcciones de metal y de cemento, esculturas de la civilización.
El barrio se ilumina en grandes organizaciones destellantes, encegueciendo la tarde-noche. Los relojes, algunos antiguos, otros modernos, enmarcan una hora reconocida, indiferente.
Desde puertas abandonan edificios, hombres y mujeres, cubiertos de trajes de trabajo y vestidos impecables.
La tarde es fría. Y su temperatura hace apurar el paso.
Una mujer, precedida por un sirviente, sale desde la puerta abierta de un Hotel. Y ante un auto en espera, erra su pisada y cae.
El perdido zapato víctima de la caída es recogido por el hombre y devuelto a sus manos, con un amable gesto para incorporarla. Se escuchan algunas risas, palabras, durante segundos, sobre rostros que pasan a toda velocidad, pero se pierden nuevamente en la multitud.
Ella se siente contrariada, nerviosa. Sin embargo, calla, y sigue de pie en su postura de espera.
Sobre la entrada, un hombre habla fuertemente al teléfono, amenazando el aire con agravios. Alarmando algunos de los transeúntes, que pasan siendo casualmente advertidos. Perturbados cada vez más con el tono de agitación creciente.
Su polémica lo altera y lo cansa. Y se sienta al pie del Hotel, consiguiendo menor atención, pero prosiguiendo implacable su tarea.
La muchacha, ensimismada en su impaciencia, no lo advierte.
Desde su lugar, habla con un empleado. Quién ante la orden, rápidamente se dirige a la puerta.
Segundos pasan. Mientras se oye cierto revuelo dentro.
Apurado sobre la puerta en escaleras, desciende él. Con su rostro desaliñado y ropa de dependiente, arrastrando una gran valija a ruedas, que por el excedido peso, no funcionan.
Su rostro demuestra cierta impaciencia y el presentimiento de haber sido gravemente importunado. Pero lo calla sabiamente a través de ojos neutros.
Desciende uno a uno los escalones, articulando los movimientos con atención, ante tan pesada carga. Contento con su destreza se desliza cada vez más ágil.
Sobre la mitad del tramo apunta a revisar su alrededor. Allí está esa hermosa mujer del coche. Su rostro se ilumina pero no tarda en decepcionarse, la mirada de reprobación lo sorprende y lo contagia de nervios.
Contrariado, procurando ya sólo continuar el tramo, dirige los ojos al equipaje, pero torpemente, en una señal de descuido, falla al retener el objeto. Y éste rueda los últimos escalones, golpeando al hombre sentado.
Ante el hecho, el hombre irascible se levanta como un rayo y enciende su irritación.
Haciendo un ademán furioso, comienza su discurso mientras apaga el teléfono. Detrás, los demás avanzan para contemplar el inicio del incidente.
Con el golpe todavía grabado en la mente, alimentando sus sentimientos de furia. Se enfila más sobre el chico, y se deshace en una desmesurada reprimenda.
El empleado escucha todo con silencio. La marea de ruidos lo daña físicamente. Apenas atina a mirar a esos ojos, embriagados, que se rebaten en intensidad y furor, delante suyo.
La mujer se suma al oprobio, y agrega más palabras desgraciadas. Que pesan sobre su alma y la quiebran poco a poco.
Su constitución no resiste al reproche, y poco a poco su interior llora.
La cólera sólo calma ante la llegada del encargado. Quién rápidamente se lleva al chico a un rincón, y se descarga con el a su manera, aún desconociendo lo que sucede.
El contratiempo culmina finalmente.
Expectantes en la vereda, se hallaban varios pasajeros de la acera. Privados de su entretenimiento, ahora callan y se vuelven, recuperando el paso mecánico.
Nuestro joven prepara su retirada al interior del local, que acomete lentamente. Con la cabeza entre los hombros, y los ojos húmedos. Una postura previsible, que no puede evitar.
En un último esfuerzo de dignidad alcanza el baño y se encierra en él.
Afuera, la marcha sigue.
Todos huirán a sus rutinas cotidianas. Olvidando, apacibles.
Todos, menos él.
Escrito propio