Agua. Vida. Muerte. Hay gente que gusta de la lluvia. Ven caer la lluvia y se llenan de ensoñaciones. Comparan a la lluvia con el amor y la melancolía. Para otros la lluvia es un insumo, calculan los milímetros necesarios para determinado volumen de cosecha, medido en toneladas o en dólares. Los taxistas nunca trabajan tanto como cuando llueve, como si las tormentas arrastraran los clientes hacia sus autos. Ellos corren, llevan, traen, exigen los motores, bajan y suben banderas, hablan sobre el clima y el fútbol con los clientes hasta enronquecer. En las avenidas brotan los vendedores de paraguas, escandalosos, voceando las virtudes de los varoniles elementos de mango curvo y terminados en punta, o la conveniencia del precio de los pequeños murciélagos acurrucados que, ni bien se desplieguen, serán despanzurrados por el primer viento fuerte que los embolse. Los farmacéuticos multiplican la venta de antigripales y analgésicos.
Muchos tienen motivos para querer la lluvia, para recibirla con una sonrisa. Otros la amarán o la odiarán, dependiendo de las circunstancias, o incluso habrá a quienes le resulte indiferente.
Pero nosotros, nosotros le tememos. Nosotros calculamos cuánto falta para que la lengua del río, engordado por la lluvia, llegue a nuestra puerta, nosotros miramos al cielo suplicando, no importa que creamos o no, que se detenga su llanto, nosotros maldecimos con el alma, la sangre y el cuerpo cuando la cortina gris no abre. Nosotros, los que perdemos todo cada cuatro o cinco años, los que nos negamos a dejar los despojos de nuestras casas hasta que nos obligan, los que salimos en los noticieros, que exhiben nuestra desgracia como trozos de carne en una vitrina, desplazando de la pantalla, por unos días, a los políticos, esos mismos que cada cinco años vienen y prometen, nos abrazan, reparten futuros venturosos de viviendas lejos de las crecidas, futuros que después nunca llegan, o que mueren ahogados bajo el aluvión gris interminable.
Nosotros odiamos la lluvia.