28. Los ojos ciegos bien abiertos
Voy caminando, trato de llegar a la plaza pero está bastante difícil. Una tormenta exageradamente fuerte azota Buenos Aires. Llueve mucho y de costado. Se levanta una bruma espesa desde el suelo que impide ver a más de unos pocos metros de distancia, las calles se empiezan a inundar y de repente unas piedras empiezan a pegar fuerte. Sin embargo sigo caminando, sin ver absolutamente nada, con los pies hundidos en el barro y un granizo que me golpea constantemente, pero sigo caminando. Por favor, es la analogía perfecta de mi vida.
Llega a la plaza, me siento en una hamaca y ya no siento la lluvia. Es como si me esquivara, porque a lo lejos veo que sigue cayendo como siempre. Me pongo a fumar y a mirar el cielo, aunque no se pueda ver absolutamente nada. De reojo veo que una chica viene caminando hacia a mi, muy despacio pero decidida. Se sienta en la hamaca de al lado y me pide una pitada. Es Marilina.
- Está rara la noche.
Me miró, me sonrió y nos quedamos callados mirando el cielo infinito. Desde hace mucho que aprendí a disfrutar del silencio. Siempre fui un hombre de palabras, de hablar, de no quedarme callado nunca. Pero un día aprendí a disfrutarlo, a entender que los huecos no siempre significaban algo malo. Terminé el silencio sin mirarla.
- ¿Duele?
- ¿Qué cosa?
- Morirse.
- No... un poco. En realidad sí, es un dolor agudo e inaguantable, pero sólo es un microsegundo. Es como si todo el dolor que sentiste en tu vida, físico y emocional, se concentrara en un sólo instante.
- Suena horrible lo que describís.
- Pero es sólo ese momento, es aguantarlo. Después de eso, viene una paz que no te puedo describir. Tu cabeza se calla por primera vez en tu vida, respirás hondo y sabés que absolutamente nada malo te puede pasar, que no estás preocupado ni angustiado por nada. Te sentís pleno.
- ¿Y vale la pena aguantar tanto dolor?
- Aguanté mucho más por mucho menos. El tema es lo que viene después, no es fácil bancárselo.
- ¿Qué viene después?
Me volvió a mirar, me miró como nunca me había mirado. Fue una mirada de compasión, de aceptación. Me habló con los ojos, como solía hablarme en tiempos mejores. "Tiempos mejores", ¿cuáles? Esa puta costumbre de refugiarse en el pasado, de creer que alguna vez hubo algo mejor, cuando en esa época también añoraba el pasado. Esa obstinación por no hacerle nunca frente al presente. Pero eso se termina hoy, en esta misma plaza y con Marilina al lado mío.
- Esta plaza me gustó desde que te conocí. ¿Cuánto hace que nos conocemos?
- Ya ni me puedo acordar, y eso me duele...
Ya casi no puedo percibir la lluvia, sin embargo se escucha más fuerte que nunca. Los edificios cada vez se ven más lejanos y la oscuridad va ganando terreno en la plaza. Marilina seguía mirándome, pero yo no aguanté la mirada y posé los ojos en la nada. Me sentía contenido, sentía que me decía que me perdonaba por absolutamente todo, que todo lo que había hecho estaba bien y que no hubiera podido ser de otra manera.
- ¿Por qué te fuiste?
- No aguanté más. Perdí el filtro que era lo único que me mantenía viva.
- Te extrañé, mucho.
- ¿Ya no me extrañás más?
- Ahora te tengo acá.
- No estoy acá, estoy muerta.
- Necesito que estés acá.
- Tenés que seguir. No hay nada acá que pueda llegar a saciarte. Después no viene nada, absolutamente nada. La satisfacción de la que te hablé es todavía más efímera que el dolor que sentís un momento antes. Y lo efímero es relativo, porque te juro que una cerveza dura todavía más.
- No me importa, yo quiero estar con vos. No aguanto. Ya no tengo sostén, perdí absolutamente todo lo que me sostenía. Eso pasa cuando no podés estar de pie por tus propias condiciones, cuando te apoyás en alguna columna, se viene abajo y quedás a la deriva.
- Yo ya no estoy. Te quedan muchas cosas, deberías aprender a abrir los ojos.
No hay más edificios alrededor, ya no se alcanza a ver absolutamente nada. Ni siquiera la lluvia, o el sonido de la misma, o cualquier otro ruido que despierte los sentidos. Sólo estamos ella y yo, sentados en dos hamacas paralelas, y sólo eso se logra ver. Es como si un reflector nos enfocara desde arriba y dejara bajo la penumbra todo lo demás, como en las obras de teatro cuando la escena se centra en un rincón del escenario. La obra está por terminar, y me doy cuenta que el único protagonista, siempre, fui yo.
- Los tengo abiertos, no queda absolutamente nada acá. Estamos solos, vos y yo. Deberíamos afrontarlo, darnos la mano y no separarnos nunca más.
- Sólo vine a despedirme, porque nos lo debíamos. Entendé que acá no hay nada, que ya no vamos a estar juntos nunca más. Yo vine a buscar algo que no conseguí, y ahora me arrepiento. Quedate con esas noches en el balcón, riéndonos de nada. ¿Te acordás de esa noche en Córdoba que nos quedamos toda la noche mirando las estrellas sin decir nada? Quedate con eso, te va a acompañar siempre. Te merecés una buena vida, siempre. No le creas a tu cabeza cuando trate de convencerte de lo contrario.
- No voy a poder salvarme de esta. Te voy a extrañar para siempre, ¿sabías, no?
- Yo también, mi amor. Yo también.
Me dio un beso, y el lugar se terminó de evaporar por completo.
Volví a mi habitación, más fría y oscura que nunca.

El que quiera leer la historia completa:
http://www.wattpad.com/36708655-diario-de-un-sobreviviente-28-los-ojos-ciegos-bien
http://www.wattpad.com/36708655-diario-de-un-sobreviviente-28-los-ojos-ciegos-bien