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Satan en el arte: Autorretrato de Bamboccio

Arte2/22/2014
Satanás, Lucifer, Belcebú o simplemente el Diablo. El 'príncipe de las tinieblas' tiene mil y un nombres y, como arquetipo del mal, ha acompañado al ser humano desde los inicios de la civilización, aunque quizá ha sido en el contexto cristiano donde ha alcanzado una iconografía y una relevancia más duradera. Ya fuera en los tímpanos de las iglesias medievales, en las tablas góticas o en los lienzos de épocas posteriores, la figura del Maligno ha sido protagonista indiscutible en no pocas obras de la historia del arte occidental. Con semejante curriculum, puede ser una buena idea iniciar una serie de entradas en las que repasar algunas de las representaciones artísticas más singulares del señor del infierno. Sin duda alguna, la pintura 'Autorretrato como mago' o 'Autorretrato con escena mágica' (1638-39), obra del pintor holandés Pieter van Laer (alias 'Il Bamboccio'), es una de las representaciones del demonio más curiosas de la historia del arte. Y lo es, precisamente, porque el señor del mal apenas se intuye en la pintura. El óleo, de unos 80 por 110 centímetros, muestra un autorretrato del artista, que quiso bromear con el espectador al representarse como un mago o nigromante que ha tenido éxito a la hora de contactar con el Maligno. Retrato de 'Il Bamboccio', alias de Pieter van Laer (Wikimedia Commons)Que el hombre representado es un mago queda en evidencia gracias a los utensilios que aparecen sobre una mesa, en primer plano: un cráneo boca abajo colocado sobre un fuego, frascos con sustancias extrañas, libros plagados con símbolos misteriosos, entre los que se adivina un pentagrama y un corazón con un puñal clavado… Lo más curioso de todo, sin embargo, es la circunstancia que señalábamos antes: el diablo, pese a todo, no aparece como protagonista, pues apenas vemos sus garras asomando por uno de los laterales del lienzo. 'Il Bamboccio' no quería amedrentar al espectador con su pintura, ni moralizar a los creyentes con los peligros del pecado. Por el contrario, el tema es poco más que una excusa para mostrar su maestría a la hora de representar las emociones transitorias (en este caso, el miedo), en un estilo que recuerda a algunas obras de Caravaggio. Como detalle curioso, el artista holandés insertó en la pintura otra pequeña "broma": una partitura musical —un canon para tres voces—, en la que puede leerse la siguiente frase: "El diablo no bromea, no juega a juegos". Ni la elección de este tema ni el hecho de que se utilizara a sí mismo como modelo para la pintura resulta extraño, en especial si repasamos la biografía de Pieter van Laer. Aunque nació en Haarlem en 1599, a los 25 años decidió trasladarse a Roma, tal y como hacían muchos otros pintores holandeses de su época. Iniciación de un aspirante a bentvueghel, pintura anónima de 1660 (Wikimedia Commons)Una vez en la Ciudad Eterna, Pieter se unió a la 'Schildersbent' (literalmente, "camarilla de pintores" ), una especie de hermandad compuesta por artistas holandeses y flamencos que residían en Roma, y cuya finalidad era proteger sus derechos en aquella tierra lejana a su patria. Esa era la teoría, pues en la práctica buena parte de las actividades de este grupo, también conocido como 'Bentvueghels' ( "pájaros de una pluma" ), consistía poco más que en disfrutar de la buena vida, celebrando unos pantagruélicos banquetes y abusando del vino. Curiosamente, los recién llegados de Holanda que deseaban unirse a los 'Bentvueghels' debían someterse a una especie de prueba de iniciación, que incluía sobrevivir a interminables banquetes, como el que le tocó vivir a 'Il Bamboccio' en su ingreso, y que se prolongó durante más de 24 horas. Tras la opípara comida, los miembros de la hermandad caminaban en procesión, completamente borrachos, hasta llegar a la iglesia de Santa Costanza, donde se encontraba una antigua tumba con relieves alusivos al dios Baco, y que en la Antigüedad se tenía por la auténtica sepultura de dicha divinidad. Una vez en el templo, los 'Bentvueghels' celebraban falsas misas imitando ser sacerdotes, una blasfemia que acabó con la paciencia del clero de Roma, hasta que el papa Clemente XI terminó prohibiendo la existencia del extravagante grupo de pintores en un decreto firmado en 1720.
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