Les comparto un cuento propio, lo escribí hace un año, y lo mejoré en lo posible durante un par de meses, Ojala les guste.
Hambre
La tarde era brumosa. El cielo plomizo iba extendiéndose a lo lejos. Un gran nubarrón de lluvia escondía de pleno a las montañas más allá, dibujándolas en unos esbozos ligeros en el horizonte. Sobre el llano, una sábana verde crecía hasta el camino mismo donde las vacas andaban diariamente a pastar tranquilas; unas decenas de ellas, marrones, semiocultas entre la hierba alta se adivinaban por sus ruidos y sus formas gruesas, amén de las nubes de pájaros que las atosigaban insistentemente como enormes insectos. Las lluvias de la noche anterior provocaban un calor húmedo y habían dejado pequeños charcos que ondulaban con el viento sobre el suelo pedregoso que, desde el poniente, mecía la hierba y arrastraba a los enjambres de pájaros entre chirridos interminables, invadiendo a los dos solitarios mezquites a la mitad del camino, tan altos como torres, los cuales permanecían como guardias sobre las viejas tierras comunales del pueblo.
El día avanzaba con lentitud. El aire olía a otoño, a hierba, a tierra húmeda, a soledad.
El vaquero, - uno joven, con la mirada perdida a lo lejos – agitaba su sombrero sucio ante un bulto pequeño de cobijas al pie de los mezquites; ahuyentaba moscas y mosquitos de la cara de su hijo, pequeña y redonda, con los ojos muy abiertos y la lengua entre sus escasos dientes. Tenía la mirada cansada, igual a la de su padre.
- Cuántos pájaros – pensó el hombre.
Aquel crío apenas se movía. Ambos tenían ahí toda la mañana en espera de la madre, con la esperanza de que esta vez sí les llevaran la vianda diaria, pero no llegaba. Habían peleado muy de madrugada mientras el bebé se alimentaba de sus pechos morenos y tibios. De pronto tuvo un regusto amargo, la leche era amarga. Entonces lloró. El esposo, lo tomó con súbita rabia en sus brazos y lo envolvió presuroso como un fardo para un día de campo. Salió de casa y remontó con su hijo el sendero ancho del pueblo que llevaba directo al monte, mientras arreaba a las vacas, -Unos bovinos famélicos, con marcas en la piel de los parásitos que paseaban insolentes por sus ojos y hocicos resecos - a pastar más allá, lo más lejos que se pudiera. Habría pastizales buenos, pensó. Era la esperanza del vaquero. Ellos ya no tendrían hambre.
Para el crepúsculo el viento húmedo comenzó a enfriarse. Aquellas parvadas, de centenares llegaron a miles. Un grupo monumental de aves pasó apenas encima del vaquero y su hijo. Su mirada seguía siendo la misma. El niño en el envoltorio dejó de moverse, no lloraba.
- Cuántos pájaros. – Se repitió, casi desesperado.
Tras los cerros azules, el sol se apagaba entre el gris y el rojo sangre del cielo, iluminando débilmente a las nubes. Las vacas regresaban ya por el viejo camino comunal mientras el vaquero las miraba ansioso. Con un temblor de fiebre, tomó de su montura el machete y se apresuró con pasos firmes a una que se quedaba rezagada entre la hierba. La vio un momento, dudoso, mientras el animal se distraía comiendo a largos lengüetazos. Descargó fuertemente su filo hasta que ambos,- La vaca y él -dejaron de gritar. Las aves volaron asustadas por todas partes y sintió como lo sofocaban con sus alas y su ruido; vio la sangre en sus brazos, su pecho, sus piernas. Sin remordimientos, más bien con una malsana satisfacción, cortó al animal en tantos pedazos como le fue posible; los cargó rápido en su caballo y se encaminó eufórico con el niño en brazos monte abajo, al pueblo. Sobre aquel agostadero dejó media vaca a merced de auras y coyotes, pero eso ya no le importó.
Su mujer no lo esperaba. Como antes, sin remedio, se había dormido con la respiración forzada por el humo de leña cuando llegaba la noche. El hombre entró con el niño en silencio y lo depositó con ternura al lado de su madre, - Más joven que él, una mujer enjuta, con ojos hundidos – lo puso ahí, sin despertarlo. Entró poco después con unos trozos grandes de carne y los arrojó en el fogón encendido de su humilde hogar donde todo era penumbra, apenas reculada con las llamas amarillas de la leña. La mujer despertó con dificultad mientras su esposo cortaba retazos que ponía al fuego y que despedían un aroma exquisito. Olor dulce, a comida.
- ¿Fuiste al llano? – le preguntó ella.
- Llevé a las vacas del patrón más lejos – respondió él.
- ¿Y esa carne? – volvió a preguntar ella.
- Maté a una – dijo apenas.
- No eran tuyas – sentenció la mujer.
- ¡Tenemos hambre, mujer, cállate ya! – ladró el hombre furioso.
- ¿Mi hijo? – recordó la mujer de pronto. Lo sintió en su costado.
- No ha llorado desde la mañana, ni ha comido tampoco – dijo el hombre absorto en la sangre que hervía de la carne sobre el fuego.
La mujer deshizo el envoltorio y notó un frío extraño en la piel de su bebé. Los ojos cerrados, la lengua entre los dientes, la piel amoratada. No lloraba, no miraba. Lo tomó en sus brazos angustiada mientras levantaba la cabeza para mirar a su marido. Ella comenzó a llorar.
- No respira – le dijo.
Él, sin embargo, no atendió a sus palabras. Se levantó violentamente y caminó al fondo del cuarto de adobes; en la oscuridad, sobre una mesa muy pobre, estaba una jaula de carrizos. Algo se movió dentro. El hombre metió la mano y sacó a uno de esas aves pardas del llano. Con un apretón endemoniado le rompió todos los huesos y lo arrojó con un coraje sordo a las llamas del fogón.
¿Ya ves? – Ahora él la sentenció, entre lágrimas – yo que tanto quería esa carne, mujer. Qué me costaba seguir comiéndome a esos malditos pájaros.
Gerardo Raymundo Amaro Herrera
20 de septiembre de 2010
Durango Dgo. México.
Hambre
La tarde era brumosa. El cielo plomizo iba extendiéndose a lo lejos. Un gran nubarrón de lluvia escondía de pleno a las montañas más allá, dibujándolas en unos esbozos ligeros en el horizonte. Sobre el llano, una sábana verde crecía hasta el camino mismo donde las vacas andaban diariamente a pastar tranquilas; unas decenas de ellas, marrones, semiocultas entre la hierba alta se adivinaban por sus ruidos y sus formas gruesas, amén de las nubes de pájaros que las atosigaban insistentemente como enormes insectos. Las lluvias de la noche anterior provocaban un calor húmedo y habían dejado pequeños charcos que ondulaban con el viento sobre el suelo pedregoso que, desde el poniente, mecía la hierba y arrastraba a los enjambres de pájaros entre chirridos interminables, invadiendo a los dos solitarios mezquites a la mitad del camino, tan altos como torres, los cuales permanecían como guardias sobre las viejas tierras comunales del pueblo.
El día avanzaba con lentitud. El aire olía a otoño, a hierba, a tierra húmeda, a soledad.
El vaquero, - uno joven, con la mirada perdida a lo lejos – agitaba su sombrero sucio ante un bulto pequeño de cobijas al pie de los mezquites; ahuyentaba moscas y mosquitos de la cara de su hijo, pequeña y redonda, con los ojos muy abiertos y la lengua entre sus escasos dientes. Tenía la mirada cansada, igual a la de su padre.
- Cuántos pájaros – pensó el hombre.
Aquel crío apenas se movía. Ambos tenían ahí toda la mañana en espera de la madre, con la esperanza de que esta vez sí les llevaran la vianda diaria, pero no llegaba. Habían peleado muy de madrugada mientras el bebé se alimentaba de sus pechos morenos y tibios. De pronto tuvo un regusto amargo, la leche era amarga. Entonces lloró. El esposo, lo tomó con súbita rabia en sus brazos y lo envolvió presuroso como un fardo para un día de campo. Salió de casa y remontó con su hijo el sendero ancho del pueblo que llevaba directo al monte, mientras arreaba a las vacas, -Unos bovinos famélicos, con marcas en la piel de los parásitos que paseaban insolentes por sus ojos y hocicos resecos - a pastar más allá, lo más lejos que se pudiera. Habría pastizales buenos, pensó. Era la esperanza del vaquero. Ellos ya no tendrían hambre.
Para el crepúsculo el viento húmedo comenzó a enfriarse. Aquellas parvadas, de centenares llegaron a miles. Un grupo monumental de aves pasó apenas encima del vaquero y su hijo. Su mirada seguía siendo la misma. El niño en el envoltorio dejó de moverse, no lloraba.
- Cuántos pájaros. – Se repitió, casi desesperado.
Tras los cerros azules, el sol se apagaba entre el gris y el rojo sangre del cielo, iluminando débilmente a las nubes. Las vacas regresaban ya por el viejo camino comunal mientras el vaquero las miraba ansioso. Con un temblor de fiebre, tomó de su montura el machete y se apresuró con pasos firmes a una que se quedaba rezagada entre la hierba. La vio un momento, dudoso, mientras el animal se distraía comiendo a largos lengüetazos. Descargó fuertemente su filo hasta que ambos,- La vaca y él -dejaron de gritar. Las aves volaron asustadas por todas partes y sintió como lo sofocaban con sus alas y su ruido; vio la sangre en sus brazos, su pecho, sus piernas. Sin remordimientos, más bien con una malsana satisfacción, cortó al animal en tantos pedazos como le fue posible; los cargó rápido en su caballo y se encaminó eufórico con el niño en brazos monte abajo, al pueblo. Sobre aquel agostadero dejó media vaca a merced de auras y coyotes, pero eso ya no le importó.
Su mujer no lo esperaba. Como antes, sin remedio, se había dormido con la respiración forzada por el humo de leña cuando llegaba la noche. El hombre entró con el niño en silencio y lo depositó con ternura al lado de su madre, - Más joven que él, una mujer enjuta, con ojos hundidos – lo puso ahí, sin despertarlo. Entró poco después con unos trozos grandes de carne y los arrojó en el fogón encendido de su humilde hogar donde todo era penumbra, apenas reculada con las llamas amarillas de la leña. La mujer despertó con dificultad mientras su esposo cortaba retazos que ponía al fuego y que despedían un aroma exquisito. Olor dulce, a comida.
- ¿Fuiste al llano? – le preguntó ella.
- Llevé a las vacas del patrón más lejos – respondió él.
- ¿Y esa carne? – volvió a preguntar ella.
- Maté a una – dijo apenas.
- No eran tuyas – sentenció la mujer.
- ¡Tenemos hambre, mujer, cállate ya! – ladró el hombre furioso.
- ¿Mi hijo? – recordó la mujer de pronto. Lo sintió en su costado.
- No ha llorado desde la mañana, ni ha comido tampoco – dijo el hombre absorto en la sangre que hervía de la carne sobre el fuego.
La mujer deshizo el envoltorio y notó un frío extraño en la piel de su bebé. Los ojos cerrados, la lengua entre los dientes, la piel amoratada. No lloraba, no miraba. Lo tomó en sus brazos angustiada mientras levantaba la cabeza para mirar a su marido. Ella comenzó a llorar.
- No respira – le dijo.
Él, sin embargo, no atendió a sus palabras. Se levantó violentamente y caminó al fondo del cuarto de adobes; en la oscuridad, sobre una mesa muy pobre, estaba una jaula de carrizos. Algo se movió dentro. El hombre metió la mano y sacó a uno de esas aves pardas del llano. Con un apretón endemoniado le rompió todos los huesos y lo arrojó con un coraje sordo a las llamas del fogón.
¿Ya ves? – Ahora él la sentenció, entre lágrimas – yo que tanto quería esa carne, mujer. Qué me costaba seguir comiéndome a esos malditos pájaros.
Gerardo Raymundo Amaro Herrera
20 de septiembre de 2010
Durango Dgo. México.

