En una prisión aburrida los presos bailan cumbia. Hay una terraza a la que nadie sube porque el sol pega fuerte. Los cordones de las calles se desmoronan gracias a camiones que suben a la vereda. La gente fuma cigarrillos en sus autos y los tira por la ventanilla en medio de la ruta, porque en casa los retan, le dicen sus hijos que es una decepción, que no mienta, y el miente a decir que no miente, y así.
Los vigilantes de las casas de barrios céntricos se quedan dormidos y sueñan con que rescatan a alguien, o con que un ladrón les ofrece una generosa cantidad de dinero para que le revelen los movimientos de los vecinos casi siempre ausentes, que ellos se saben de memoria como el abecedario o el himno nacional, o la lengua materna.
El plomo es el cielo y tus manos un rascaespaldas caliente. Un tenedor es el diablo y la milanesa el milagro de la creación. Las papafritas son los buenos momentos que acompañan la vida y la birra es un manantial que refresca con sus cataratas de oro.
Las genialidades suceden adentro y es imposible sacarlas afuera, porque acontecen otras cosas buenísimas a las que uno no puede ni aproximarse, y la genialidad es pobre como ella sola, como un barrilete cargado de piedras que pide volar, o un pájaro con una bomba cantando al amanecer en el marco de la ventana de una pareja feliz que no sabe que al quinto pío, pío todo hará pum-pum y no tendrán que preocuparse por lavar las sábanas o criar al hijo que se geste en el vientre de la mujer. Claro que si la pareja feliz resulta homosexual, la adopción o la fertilización asistida (¡cualquiera!), pasa al olvido de los cuerpos muertos que ya no van a soñar con un retoño al cual entalcarle el culito para que no se le paspe.
Las tortugas Ninja tienen una nueva película, las demás noticias no me importan, o no las atiendo, o no, o sí. O qué se yo. “Qué se yo” suena mejor, es casi con desenfado, sacándose un peso, un qué me importa, el mundo sigue girando aunque yo no entienda nada acerca de las elecciones, já, mirá qué actual, o esa gente que vive sin saber qué ciudad está pisando, esa gente que besa sin preguntarse qué labios está tocando, y esa gente que toma de un vaso lavado sin preguntar quién carajo tomó antes, porque puede ser que tenga el prejuicio de los de labio leporino, que cuando toman se les debe volcar todo, te imaginás; una fiesta, qué tal, este es mi primo Carlos, y al que se lo presentan trata de que todo esté bien, pero Carlos ya le vio la mirada, y sabe que le tiene asco, que el otro no quiere verle los dientes ni las encías, ni nada de eso, por el amor de Dios, error placentario, pero sin embargo ahí está la mirada amable, ahí, sí, y le preguntan si quiere algo para comer, y él dice que no por la evidente vergüenza que le dá masticar, pero después le pinta el hambre y cuando rumia un santuchito de miga lo hace tapándose la boca con una servilleta, con un mantel, con el mozo, con la manga del saco del traje.
Le debe pasar algo parecido a los bizcos. Nunca le pregunté a uno si vio tal película. Tuve poco trato ¿Los evité? ¿Ellos no me pudieron ubicar bien? Ja´ja, qué ocurrente, porque claro, yo estaba al frente, y ellos mirando izquierda derecha, no más, una trompada les pude haber dado, un piquete de ojos, a ver si se les acomodan con el dolor, qué se yo.
Quieseio. Yo qué se. Yo sé ¿qué? ¡So fresco! Ese chiste hacían los pibes de la técnica, decían algo inentendible, preguntabas qué, y claro, queso fresco, o queso grusher (UJAJAJAJAJ) o queso de máquina, pero “so fresco” sale más rápido, al toque, instantáneo, como el boleto de la máquina del colectivo cuando andaba bien, o como el de la SUBE ahora, qué ganas de imprimir papelitos, para eso se inventó ¡Hurra!
Los vigilantes de las casas de barrios céntricos se quedan dormidos y sueñan con que rescatan a alguien, o con que un ladrón les ofrece una generosa cantidad de dinero para que le revelen los movimientos de los vecinos casi siempre ausentes, que ellos se saben de memoria como el abecedario o el himno nacional, o la lengua materna.
El plomo es el cielo y tus manos un rascaespaldas caliente. Un tenedor es el diablo y la milanesa el milagro de la creación. Las papafritas son los buenos momentos que acompañan la vida y la birra es un manantial que refresca con sus cataratas de oro.
Las genialidades suceden adentro y es imposible sacarlas afuera, porque acontecen otras cosas buenísimas a las que uno no puede ni aproximarse, y la genialidad es pobre como ella sola, como un barrilete cargado de piedras que pide volar, o un pájaro con una bomba cantando al amanecer en el marco de la ventana de una pareja feliz que no sabe que al quinto pío, pío todo hará pum-pum y no tendrán que preocuparse por lavar las sábanas o criar al hijo que se geste en el vientre de la mujer. Claro que si la pareja feliz resulta homosexual, la adopción o la fertilización asistida (¡cualquiera!), pasa al olvido de los cuerpos muertos que ya no van a soñar con un retoño al cual entalcarle el culito para que no se le paspe.
Las tortugas Ninja tienen una nueva película, las demás noticias no me importan, o no las atiendo, o no, o sí. O qué se yo. “Qué se yo” suena mejor, es casi con desenfado, sacándose un peso, un qué me importa, el mundo sigue girando aunque yo no entienda nada acerca de las elecciones, já, mirá qué actual, o esa gente que vive sin saber qué ciudad está pisando, esa gente que besa sin preguntarse qué labios está tocando, y esa gente que toma de un vaso lavado sin preguntar quién carajo tomó antes, porque puede ser que tenga el prejuicio de los de labio leporino, que cuando toman se les debe volcar todo, te imaginás; una fiesta, qué tal, este es mi primo Carlos, y al que se lo presentan trata de que todo esté bien, pero Carlos ya le vio la mirada, y sabe que le tiene asco, que el otro no quiere verle los dientes ni las encías, ni nada de eso, por el amor de Dios, error placentario, pero sin embargo ahí está la mirada amable, ahí, sí, y le preguntan si quiere algo para comer, y él dice que no por la evidente vergüenza que le dá masticar, pero después le pinta el hambre y cuando rumia un santuchito de miga lo hace tapándose la boca con una servilleta, con un mantel, con el mozo, con la manga del saco del traje.
Le debe pasar algo parecido a los bizcos. Nunca le pregunté a uno si vio tal película. Tuve poco trato ¿Los evité? ¿Ellos no me pudieron ubicar bien? Ja´ja, qué ocurrente, porque claro, yo estaba al frente, y ellos mirando izquierda derecha, no más, una trompada les pude haber dado, un piquete de ojos, a ver si se les acomodan con el dolor, qué se yo.
Quieseio. Yo qué se. Yo sé ¿qué? ¡So fresco! Ese chiste hacían los pibes de la técnica, decían algo inentendible, preguntabas qué, y claro, queso fresco, o queso grusher (UJAJAJAJAJ) o queso de máquina, pero “so fresco” sale más rápido, al toque, instantáneo, como el boleto de la máquina del colectivo cuando andaba bien, o como el de la SUBE ahora, qué ganas de imprimir papelitos, para eso se inventó ¡Hurra!
Joaquín Melnik 08/13
Imagen recortada de
"Noelia en el País de los cosos" Historieta de Ignacio Minaverry
, actualmente publicada en la revista
Fierro
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