Un beso en la lluvia
(Historias de un hombre azul)
(Historias de un hombre azul)
La música de nuevo en los oidos, Monserrate estaba parcialmente cubierto, como diría el Master Colombiano en Metereologia Max Enriquez. Yo esperaba, ya me acostumbre a esperar... La verdad, no me molesta, se vuelve una especie de preámbulo para un gran momento.
Ella llegó, venía azul. Su cabello serpenteaba con el viento y su sonrisa apareció como un milagro cuando me reconoció. La abrace, la besé y reí. Caminamos como lo hacen los aventureros, conociendo, explorando... conociéndonos, explorándonos.
Los locos en la calle, imagine. -Busquemos las luces-, y caminamos con un rumbo común. El hombre cuentero nos hizo reir y nos dio un pretexto para mantenernos abrazados como un solo especimen raro, de esos que uno ve en la calle para suspirar. Entre nogmos, hadas, luces, personas y uno que otro demonio por ahi haciendo de las suyas, comence a reir por dentro, y a ver su luz blanca.
Los estallidos en el cielo comenzaron, e instintivamente, a girar nuestros rostros al cielo. Caminamos con los ojos en las estrellas ocultas por las nubes, no era negro era gris.
La gente parecia un rio, perfecta noche de diciembre en Bogota. Saludo va, saludo viene. Caminamos jugueteando por las calles, como niños jugabamos entre los dos, corrimos, saltamos, cantamos, y como no tan niños, nos besamos, nos abrazamos, nos miramos.
Todo fue místico. El marco más que ideal. Velas encendidas en el piso, árboles de navidad a nuestro alrededor, el rocío que comenzó a aparecer y la arquitectura colonial, oscura, misteriosa y bella. Yo cante, nunca puedo quedarme callado, y bailamos un bolero a mi voz. No importo nada, la lluvia comenzo a aparecer, la gente para nosotros desapareció, eramos dos en ese universo, un solo abrazo, una sola voz, una sola risa.
Caminamos más. La lluvia se incrementó. Comenzamos a empaparnos. Levante el rostro para sentir las gotas de lluvia en mi piel. Eran las lágrimas de la alegría de Dios. Baje mi rostro y ahí estaba ella con su cabello partido por la lluvia, sonriendo, encantándome con el marco de sus ojos, me acerque y la besé.
Un beso azul. Eso, un beso azul. Las gotas de lluvia comenzaron a inundar nuestros rostros, pero era imposible detenerse. Hubiera sido sacrilego hacerlo. La besé, la besé, la besé. Me besó, me besó, me besó. Las gotas caian aún más fuerte por todo nuestro rostro y se confudían con nuestro beso, con nuestro momento perfecto. El cielo no estaba triste, fue gentil y nos regalo lo que faltaba para vivir un momento, un momento que solo se puede vivir con alguien que vuela. Y en eso, si soy irreductible.