24 de Marzo
Elegí este día especial para contar esta historia, que de alguna manera me incluye y por supuesto, me pertenece. Mi hermana Camila, que es la más grande de las tres, es adoptada. Nació en el año 1977 y sus padres, como se les dice biológicos, son mis tíos, que no están ni vivos ni muertos, sino desaparecidos. Mi tía Celia era hermana de mi madre, que se llama Mirta, y junto a su compañero y marido Roberto participaron en la organización Montoneros, en aquellos años atroces de nuestro país. Según nos contó mi mamá, la tía Celia de chiquita dejó entrever su vocación social, que con el paso del tiempo se fue solidificando y adquiriendo matices de mayor seriedad y compromiso. Militante de base, recorrió la mayoría de los barrios humildes de la Provincia de Buenos Aires ofreciendo su cuerpo y su espíritu para todas las tareas que hacían falta, lo cual en definitiva no era más que manifestaciones de su propio carácter, de sus ganas simplemente de ayudar a los demás. En esos caminos andaba cuando se cruzó con Roberto, quien a su vez había estado detenido en el ´73 en la cárcel de Devoto. Por la época en que Montoneros pasó a la clandestinidad -palabras de mi madre- súbitamente las vidas de tía Celia y tío Roberto cambiaron. Decidieron mudarse y no dieron jamás a conocer su paradero a nadie de la familia. Sólo en ocasiones se encontraban y siempre en lugares distintos. Mi madre se enteró que su hermana estaba embarazada pues fue a la primer persona que llamó para contarle la noticia. Mis padres por aquella época estaban recién casados y vivían en la localidad de Villa Raffo, al costado de la General Paz, en la Provincia de Buenos Aires, en un pequeño cuartito que habían edificado en la terraza de la casa de mi abuela, la mamá de mi papá. El 7 de Junio de 1977, dos meses después que naciera Camila, tía Celia se comunicó con mi madre para que se encontraran esa misma noche. Le dijo que se pusiera un gorro o algo así para que pudieran identificarla, y que a las seis de la tarde fuera hacia la esquina, justo donde queda el colegio Nuestra Señora del Carmen. La calle a esa hora tenía mucho movimiento, puesto que era el horario de salida del secundario y mucha gente se agrupaba en las inmediaciones de la escuela para retirar a sus hijos. Al llegar, mi madre se paró en el centro de la esquina y prendió un cigarillo para despistar. De repente vio que auto rojo frenó en diagonal adonde ella estaba parada, un auto que había visto antes, o eso le pareció. Del coche se bajó un hombre de mediana estatura, con el pelo negro y corto, con bigotes y anteojos. Ya la tarde era más noche que día. Este muchacho pasó por delante de mi madre y no la saludó, entonces ella pensó que se había equivocado; pero cuando el hombre -que había ido hasta la puerta del colegio- se volvió, mi mamá lo reconoció de inmediato. Me dijo que se le escapó un grito, pero mudo, como para adentro, un grito que como todo lo de esa época, tenía que permanecer oculto, silencioso. Era el tío Roberto. Le hizo un gesto, un movimiento mínimo de cabeza señalándole el auto, y sin dejar de caminar se dirigió él primero al coche que seguía en el mismo lugar y se metió adentro. Mamá cuenta que vaciló, que ese tipo de situaciones le generaban mucho miedo, miedo que hasta entonces nunca había sentido y que la hicieron quedarse unos minutos más en la calle, hasta que al fin se movió -abandonando la reflexión- y también se subió al vehículo. Apenas se sentó le vendaron los ojos. Son las precauciones que hay que tomar, le dijo tío Roberto. Hablaron poco durante el viaje. Había alguien más en el auto, un compañero de los tíos, que resultó ser una persona muy simpática y amable, a pesar del peligro en que se encontraban. Viajaron un largo tramo. Cuando mi mamá preguntó más o menos adónde estaban, por si las dudas, le contestaron que precisamente ése era el problema, que tal vez el momento en el que se le planteara la duda no fuera un momento agradable, que existía la posibilidad que la chupen y que la interroguen o la torturen, o la interroguen torturándola, y que en ese caso era mejor que no tuviera ningún dato, más que por desconfiar, por el hecho de no situarla a ella en el lugar de la complicidad, y que en definitiva, era mejor para ella tener la tranquilidad de no saber nada, pero que igual, para darle una referencia, estaban en un pueblo de la Provincia de Buenos Aires, claro estaba, transitoriamente. El pueblo era Coronel Mom, que queda a treinta kilómetros al norte de la Ciudad de Alberti. Mi madre lo supo porque antes de llegar, la venda que le habían puesto se había aflojado, y pudo ver a unas cuadras de la casa a la que la llevaron, el Club Social y Deportivo Villa Ortiz. En realidad, al pueblo también se lo conoce como Villa Ortiz. El nombre Coronel Mom fue elegido para identificar la estación de Ferrocarril. Este tal Mom, fue un militar que integró la primer escuadrilla del gobierno patrio en 1811. Todo esto lo averiguó tiempo después de terminada la última dictadura, cuando de alguna manera pudo extraer este recuerdo del cofre de su memoria, protegido por conjuros de temores y espantos, de intenciones de olvido. Cuando frenaron, uno de los dos hombres bajó para abrir la tranquera y momentos después reanudaron la marcha. La quinta, o el campo -no pudo precisar la dimensión de lugar porque la oscuridad impedía ver mucho más allá- a la que la habían llevado tenía a su ingreso una hilera de árboles que enmarcaban el camino que terminaba un caserón, de esos viejos, de esos que dan aspecto de película de terror. Tía Celia estaba esperándola en la puerta, con un camisón y un poncho que la cubría de la terrible helada que cubría aquél pueblo olvidado de Mom. Me contó que la tía estaba hermosa y de buen humor, como siempre. Se dieron un abrazo y entraron así a la casa. El comedor fue el ambiente que apareció apenas traspusieron la puerta. La luz era blanquísima, y debajo de la lampara que colgaba del techo estaba ubicada una mesa acorde con la casa, grande y vieja. Al costado derecho en forma paralela a la mesa había una cocina con un horno pequeño y una bacha. Prepararon café porque les dijo que estaba inapetente, y que prefería algo caliente para tomar. El compañero de mis tíos se llamaba Marcos, o al menos ese era su nombre de Combate. Tío Roberto era Cacho, y tía Celia, Amanda. De pronto las risas se apagaron y todo adquirió un aire de mayor gravedad. Antes que dijeran palabras tía Celia salió del comedor por uno de los pasillos que debían dar a las habitaciones de la casa. Volvió enseguida. Cubierta con un manto y mecida en los brazos de la tía, fue la primera vez que mamá vio a Camila. Tía Celia, sin ningún ápice de emotividad, le dijo que la situación de la organización era más que crítica, y que a esa altura, la derrota final era inminente, pero que ellos no iban a abandonar la lucha, porque no se iban a abandonar a ellos mismos. Mirta, necesito que cuides a Camila, le dijo. Arriba de la mesa había un sobre marrón. Tío Roberto se lo alcanzó. Acá está el certificado de nacimiento, que dice que vos y Manuel -mi padre-, son sus padres. Faltaría inscribirla en el registro, cuando puedas. Conversaron un rato más y le dijeron que ya era hora que se fuera, por la seguridad de todos. Tía Celía le entregó a Camila tras darle un beso y Tío Roberto guardó en el baúl del auto un bolso con ropa. Una vez arriba le vendaron los ojos nuevamente. Antes de salir del pueblo escuchó el ruido de la barrera, un tintinear. A tío Roberto y tía Celia los secuestraron juntos el 9 de Agosto de 1977. Estuvieron detenidos en la ESMA, la Escuela de Mecánica de la Armada. Una noche, a la hora de la cena, una mujer se presentó en casa. Mi mamá y Camila la recibieron, y parecía que habían hablado antes, aunque era la primera vez que se veían. La mujer se llamaba Rita. Mi hermana Andrea -que me lleva dos años de diferencia- y yo, éramos adolescentes, pero mis padres y Camila quisieron que estemos presentes en la charla y así fue. Esta señora debía tener entre cuarenta y cincuenta años, porque si bien tenía el aspecto de una mujer joven y elegante, sus expresiones y su voz parecían venir de otro tiempo, y durante todo el rato que duró la conversación, siempre mantuvo un tono amable pero respetuoso, que permitía conjugar la dimensión atroz de lo que estaba contando, con el entendimiento de las consecuencias que este relato iba a producir en nuestra familia. Nos contó que ella no pertenecía a ningún movimiento social de la época ni nada por el estilo, y que su secuestro se debió a un macabro destino, sumamente azaroso. Dijo que había conocido a un muchacho en el cumpleaños de su prima, que era amigo de un amigo suyo. Que este chico le cayó bien y que aceptó salir a tomar un café con él. Que al salir de la cafetería a la que habían ido, mientras él la acompañaba hasta su casa, un falcón color verde se apostó sobre la vereda, y que cuatro hombres bajaron de allí apuntándoles y gritándoles que se tiraran al suelo. Después procedieron a revisarlos y los metieron en el auto. Les taparon el rostro con bolsas. La fuerza de las palabras de esa mujer nos desgarró. Nos contó que apenas entró al edificio la dejaron en un patio, porque sentía el viento inconfundible del afuera. Me daba cuenta que había más gente, dijo Rita con severidad, que estaban ahí, que caminaban, no tan cerca de donde yo estaba. Oía que pedían sueros, guías, y yo no entendía de qué hablaban, profirió. Después, la llevaron -aún con la cabeza tapada- hasta una de las salas donde torturaban, que eran llamadas "quirófanos". Me aplicaron la picana, dijo. Andrea y yo la mirábamos con cara de no saber lo que era, aunque no nos atrevimos a preguntar. Una picana, nos dijo mirándonos a las dos, es un instrumento nacional, que consiste en provocar descargas eléctricas; cuanto más alto es el voltaje, mayor es el daño. Me la aplicaron en todo el cuerpo, sí, hasta en la vágina y en los senos. Me sumergían la cabeza en un inodoro, al punto de la asfixia. No recuerdo cuántas veces me violaron, ni cuántos. Me gritaban que diga lo que sabía y yo contestaba que no sabía nada y les conté la verdad, que podían averiguar lo que quisieran de mí, que era una chica común y corriente, pero esos tipos estaban desencajados, y estoy segura, que no les importaba nada de lo que pudiera decirles, estaban como poseídos, cada uno preso de una voluntad mayor que la suya. Cuento esto así porque tu mamá -otra vez hablándole a Camila- me hizo jurarle que así te lo contaría. A ella la conocí en el depósito, así llamaban al lugar donde nos alojábamos, en el tercer piso. Allí también estaba ubicado el pañol grande, que era el lugar destinado al almacenamiento del botín de guerra, donde guardaban desde zapatos, ropas, heladeras, en fin, todo lo que se robaban. Los primeros días nos dejaron en una silla, maniatadas. Luego nos pusieron en camas, esposadas. Tu mamá tenía el número 348, a tu papá nunca lo vi, aunque Celia me contó algunas cosas sobre él. Por lo que supimos fue uno de los primeros que mandaron en los vuelos de la muerte. Andrea y yo volvimos a mirarla atónitas. Los vuelos de la muerte era una práctica sistemática en que los secuestrados eran arrojados vivos desde aviones que volaban hacia el sur, mar adentro. Los días de traslado se vivía un clima más tenso que de costumbre, una extraña y perversa costumbre. No sabíamos si ese día nos iba a tocar o no. Se comenzaba a llamar a los detenidos por número. Eran llevados a la enfermería del sótano, donde los esperaba el enfermero que les aplicaba una inyección para adormecerlos, pero que no los mataba. Así, vivos, eran sacados por la puerta lateral del sótano e introducidos en un camión. No era cualquier muerte, sino esa muerte que era como morir sin desaparecer, o desaparecer sin morir. Era una muerte en la que el que iba a morir no tenía ninguna participación; era como morir sin luchar, como morir estando muerto o como no morir nunca. A Celia le gritaban que tu padre era un cagón, que no había soportado la tortura y que había delatado a sus compañeros. Pero Celia nunca creyó eso y se reía, siempre se reía, me decía que la risa era un acto de resistencia, de lucha, y que no iban a doblarla. Mi mamá quiso interrumpir el relato pero Camila la frenó en seco. Después le preguntó a Rita si a la tía Celia la habían torturado y le contestó que sí. ¿Cuántas veces? No lo sé, le dijo. Al llegar a la ESMA, cada prisionero perdía su nombre, su más elemental pertenencia, y se le asignaba un número al que debía responder. Una estructura burocrática, una rutina del espanto. Todo era oscuro, todo era silencio, todo estaba quieto. El tormento era como una ceremonia iniciática en estos centros clandestinos de detención, porque no puede llamárselos de otra manera. Tu mamá me contó que su organización tenía un mecanismo de control de los militantes, generalmente cada 24 o 48 horas, y una vez vencido este plazo, la organización desactivaba todas las citas y desalojaban las casas y los militantes que la persona capturada conocía. Por eso nos llamaba la atención las reiteradas torturas, que se extendían durante toda la permanencia que los prisioneros teníamos allí, como si más que quitarnos información, pretendieran vaciarnos, sacarnos nuestra identidad, como si nuestra propia humanidad entrara en suspenso. A veces nos aplicaban la picana automática, sin que hubiera ningún interrogador, ninguna pregunta. Sufrir para sufrir. Hizo un silencio prolongado, como si pusiera todas sus fuerzas en arrancar un pedazo de recuerdo de algún lugar recóndito de su ser, una búsqueda interior y profunda. Nos miró uno por uno y nos dijo: es importante saber qué se le hace a un hombre para entender cómo se lo aterroriza y se lo procesa. El terror corresponde a un registro diferente del miedo: ustedes pueden estar acá sentados y asociar el concepto del terror como una especie de miedo grande, pero piensen en algunas cosas que les conté, algunas técnicas, sobre su propio cuerpo, en forma irrestricta e ilimitada, repetida e interminablemente, sin fin, o al menos un fin, que no dependa de ustedes. Cuando salí, todo ese horror, todo ese miedo, parecía haberse inoculado en la sociedad, fue como si todos supieran lo que había pasado, pero estaban sumidos en la inmovilidad -el correlato fiel del terror-, y preferían callar, hacer de cuenta que nada había ocurrido. Tu madre era una mujer muy valiente y hasta el último momento hizo lo que pudo por pelear: desde aquella risa, desde la mínima ayuda que podía darle a los que iban llegando con unas palabras, con una caricia mínima pero suficiente. Un día escuché su número y lo último que me dijo, o más bien me pidió, fue que te contara esto como acabo de hacerlo, para que su lucha siga activa en vos, para que sepas que tu mamá y tu papá pelearon por un mundo mejor. Camila lloraba, pero parecía imperturbable. Sin dudas tenía el carácter de tía Celia. Los demás, estábamos también, al borde del llanto, pero nos contuvimos. Rita le dijo que podía hablar con ella cuantas veces quisiera y tras unos abrazos y agradecimientos sinceros, se fue. Esta es la historia de Camila y de mi familia, pero también es la historia de esta sociedad, y este es el día que con mayor fuerza recordamos, para que no haya ni olvido ni perdón, exigiendo memoria, por la verdad y la justicia.
Elegí este día especial para contar esta historia, que de alguna manera me incluye y por supuesto, me pertenece. Mi hermana Camila, que es la más grande de las tres, es adoptada. Nació en el año 1977 y sus padres, como se les dice biológicos, son mis tíos, que no están ni vivos ni muertos, sino desaparecidos. Mi tía Celia era hermana de mi madre, que se llama Mirta, y junto a su compañero y marido Roberto participaron en la organización Montoneros, en aquellos años atroces de nuestro país. Según nos contó mi mamá, la tía Celia de chiquita dejó entrever su vocación social, que con el paso del tiempo se fue solidificando y adquiriendo matices de mayor seriedad y compromiso. Militante de base, recorrió la mayoría de los barrios humildes de la Provincia de Buenos Aires ofreciendo su cuerpo y su espíritu para todas las tareas que hacían falta, lo cual en definitiva no era más que manifestaciones de su propio carácter, de sus ganas simplemente de ayudar a los demás. En esos caminos andaba cuando se cruzó con Roberto, quien a su vez había estado detenido en el ´73 en la cárcel de Devoto. Por la época en que Montoneros pasó a la clandestinidad -palabras de mi madre- súbitamente las vidas de tía Celia y tío Roberto cambiaron. Decidieron mudarse y no dieron jamás a conocer su paradero a nadie de la familia. Sólo en ocasiones se encontraban y siempre en lugares distintos. Mi madre se enteró que su hermana estaba embarazada pues fue a la primer persona que llamó para contarle la noticia. Mis padres por aquella época estaban recién casados y vivían en la localidad de Villa Raffo, al costado de la General Paz, en la Provincia de Buenos Aires, en un pequeño cuartito que habían edificado en la terraza de la casa de mi abuela, la mamá de mi papá. El 7 de Junio de 1977, dos meses después que naciera Camila, tía Celia se comunicó con mi madre para que se encontraran esa misma noche. Le dijo que se pusiera un gorro o algo así para que pudieran identificarla, y que a las seis de la tarde fuera hacia la esquina, justo donde queda el colegio Nuestra Señora del Carmen. La calle a esa hora tenía mucho movimiento, puesto que era el horario de salida del secundario y mucha gente se agrupaba en las inmediaciones de la escuela para retirar a sus hijos. Al llegar, mi madre se paró en el centro de la esquina y prendió un cigarillo para despistar. De repente vio que auto rojo frenó en diagonal adonde ella estaba parada, un auto que había visto antes, o eso le pareció. Del coche se bajó un hombre de mediana estatura, con el pelo negro y corto, con bigotes y anteojos. Ya la tarde era más noche que día. Este muchacho pasó por delante de mi madre y no la saludó, entonces ella pensó que se había equivocado; pero cuando el hombre -que había ido hasta la puerta del colegio- se volvió, mi mamá lo reconoció de inmediato. Me dijo que se le escapó un grito, pero mudo, como para adentro, un grito que como todo lo de esa época, tenía que permanecer oculto, silencioso. Era el tío Roberto. Le hizo un gesto, un movimiento mínimo de cabeza señalándole el auto, y sin dejar de caminar se dirigió él primero al coche que seguía en el mismo lugar y se metió adentro. Mamá cuenta que vaciló, que ese tipo de situaciones le generaban mucho miedo, miedo que hasta entonces nunca había sentido y que la hicieron quedarse unos minutos más en la calle, hasta que al fin se movió -abandonando la reflexión- y también se subió al vehículo. Apenas se sentó le vendaron los ojos. Son las precauciones que hay que tomar, le dijo tío Roberto. Hablaron poco durante el viaje. Había alguien más en el auto, un compañero de los tíos, que resultó ser una persona muy simpática y amable, a pesar del peligro en que se encontraban. Viajaron un largo tramo. Cuando mi mamá preguntó más o menos adónde estaban, por si las dudas, le contestaron que precisamente ése era el problema, que tal vez el momento en el que se le planteara la duda no fuera un momento agradable, que existía la posibilidad que la chupen y que la interroguen o la torturen, o la interroguen torturándola, y que en ese caso era mejor que no tuviera ningún dato, más que por desconfiar, por el hecho de no situarla a ella en el lugar de la complicidad, y que en definitiva, era mejor para ella tener la tranquilidad de no saber nada, pero que igual, para darle una referencia, estaban en un pueblo de la Provincia de Buenos Aires, claro estaba, transitoriamente. El pueblo era Coronel Mom, que queda a treinta kilómetros al norte de la Ciudad de Alberti. Mi madre lo supo porque antes de llegar, la venda que le habían puesto se había aflojado, y pudo ver a unas cuadras de la casa a la que la llevaron, el Club Social y Deportivo Villa Ortiz. En realidad, al pueblo también se lo conoce como Villa Ortiz. El nombre Coronel Mom fue elegido para identificar la estación de Ferrocarril. Este tal Mom, fue un militar que integró la primer escuadrilla del gobierno patrio en 1811. Todo esto lo averiguó tiempo después de terminada la última dictadura, cuando de alguna manera pudo extraer este recuerdo del cofre de su memoria, protegido por conjuros de temores y espantos, de intenciones de olvido. Cuando frenaron, uno de los dos hombres bajó para abrir la tranquera y momentos después reanudaron la marcha. La quinta, o el campo -no pudo precisar la dimensión de lugar porque la oscuridad impedía ver mucho más allá- a la que la habían llevado tenía a su ingreso una hilera de árboles que enmarcaban el camino que terminaba un caserón, de esos viejos, de esos que dan aspecto de película de terror. Tía Celia estaba esperándola en la puerta, con un camisón y un poncho que la cubría de la terrible helada que cubría aquél pueblo olvidado de Mom. Me contó que la tía estaba hermosa y de buen humor, como siempre. Se dieron un abrazo y entraron así a la casa. El comedor fue el ambiente que apareció apenas traspusieron la puerta. La luz era blanquísima, y debajo de la lampara que colgaba del techo estaba ubicada una mesa acorde con la casa, grande y vieja. Al costado derecho en forma paralela a la mesa había una cocina con un horno pequeño y una bacha. Prepararon café porque les dijo que estaba inapetente, y que prefería algo caliente para tomar. El compañero de mis tíos se llamaba Marcos, o al menos ese era su nombre de Combate. Tío Roberto era Cacho, y tía Celia, Amanda. De pronto las risas se apagaron y todo adquirió un aire de mayor gravedad. Antes que dijeran palabras tía Celia salió del comedor por uno de los pasillos que debían dar a las habitaciones de la casa. Volvió enseguida. Cubierta con un manto y mecida en los brazos de la tía, fue la primera vez que mamá vio a Camila. Tía Celia, sin ningún ápice de emotividad, le dijo que la situación de la organización era más que crítica, y que a esa altura, la derrota final era inminente, pero que ellos no iban a abandonar la lucha, porque no se iban a abandonar a ellos mismos. Mirta, necesito que cuides a Camila, le dijo. Arriba de la mesa había un sobre marrón. Tío Roberto se lo alcanzó. Acá está el certificado de nacimiento, que dice que vos y Manuel -mi padre-, son sus padres. Faltaría inscribirla en el registro, cuando puedas. Conversaron un rato más y le dijeron que ya era hora que se fuera, por la seguridad de todos. Tía Celía le entregó a Camila tras darle un beso y Tío Roberto guardó en el baúl del auto un bolso con ropa. Una vez arriba le vendaron los ojos nuevamente. Antes de salir del pueblo escuchó el ruido de la barrera, un tintinear. A tío Roberto y tía Celia los secuestraron juntos el 9 de Agosto de 1977. Estuvieron detenidos en la ESMA, la Escuela de Mecánica de la Armada. Una noche, a la hora de la cena, una mujer se presentó en casa. Mi mamá y Camila la recibieron, y parecía que habían hablado antes, aunque era la primera vez que se veían. La mujer se llamaba Rita. Mi hermana Andrea -que me lleva dos años de diferencia- y yo, éramos adolescentes, pero mis padres y Camila quisieron que estemos presentes en la charla y así fue. Esta señora debía tener entre cuarenta y cincuenta años, porque si bien tenía el aspecto de una mujer joven y elegante, sus expresiones y su voz parecían venir de otro tiempo, y durante todo el rato que duró la conversación, siempre mantuvo un tono amable pero respetuoso, que permitía conjugar la dimensión atroz de lo que estaba contando, con el entendimiento de las consecuencias que este relato iba a producir en nuestra familia. Nos contó que ella no pertenecía a ningún movimiento social de la época ni nada por el estilo, y que su secuestro se debió a un macabro destino, sumamente azaroso. Dijo que había conocido a un muchacho en el cumpleaños de su prima, que era amigo de un amigo suyo. Que este chico le cayó bien y que aceptó salir a tomar un café con él. Que al salir de la cafetería a la que habían ido, mientras él la acompañaba hasta su casa, un falcón color verde se apostó sobre la vereda, y que cuatro hombres bajaron de allí apuntándoles y gritándoles que se tiraran al suelo. Después procedieron a revisarlos y los metieron en el auto. Les taparon el rostro con bolsas. La fuerza de las palabras de esa mujer nos desgarró. Nos contó que apenas entró al edificio la dejaron en un patio, porque sentía el viento inconfundible del afuera. Me daba cuenta que había más gente, dijo Rita con severidad, que estaban ahí, que caminaban, no tan cerca de donde yo estaba. Oía que pedían sueros, guías, y yo no entendía de qué hablaban, profirió. Después, la llevaron -aún con la cabeza tapada- hasta una de las salas donde torturaban, que eran llamadas "quirófanos". Me aplicaron la picana, dijo. Andrea y yo la mirábamos con cara de no saber lo que era, aunque no nos atrevimos a preguntar. Una picana, nos dijo mirándonos a las dos, es un instrumento nacional, que consiste en provocar descargas eléctricas; cuanto más alto es el voltaje, mayor es el daño. Me la aplicaron en todo el cuerpo, sí, hasta en la vágina y en los senos. Me sumergían la cabeza en un inodoro, al punto de la asfixia. No recuerdo cuántas veces me violaron, ni cuántos. Me gritaban que diga lo que sabía y yo contestaba que no sabía nada y les conté la verdad, que podían averiguar lo que quisieran de mí, que era una chica común y corriente, pero esos tipos estaban desencajados, y estoy segura, que no les importaba nada de lo que pudiera decirles, estaban como poseídos, cada uno preso de una voluntad mayor que la suya. Cuento esto así porque tu mamá -otra vez hablándole a Camila- me hizo jurarle que así te lo contaría. A ella la conocí en el depósito, así llamaban al lugar donde nos alojábamos, en el tercer piso. Allí también estaba ubicado el pañol grande, que era el lugar destinado al almacenamiento del botín de guerra, donde guardaban desde zapatos, ropas, heladeras, en fin, todo lo que se robaban. Los primeros días nos dejaron en una silla, maniatadas. Luego nos pusieron en camas, esposadas. Tu mamá tenía el número 348, a tu papá nunca lo vi, aunque Celia me contó algunas cosas sobre él. Por lo que supimos fue uno de los primeros que mandaron en los vuelos de la muerte. Andrea y yo volvimos a mirarla atónitas. Los vuelos de la muerte era una práctica sistemática en que los secuestrados eran arrojados vivos desde aviones que volaban hacia el sur, mar adentro. Los días de traslado se vivía un clima más tenso que de costumbre, una extraña y perversa costumbre. No sabíamos si ese día nos iba a tocar o no. Se comenzaba a llamar a los detenidos por número. Eran llevados a la enfermería del sótano, donde los esperaba el enfermero que les aplicaba una inyección para adormecerlos, pero que no los mataba. Así, vivos, eran sacados por la puerta lateral del sótano e introducidos en un camión. No era cualquier muerte, sino esa muerte que era como morir sin desaparecer, o desaparecer sin morir. Era una muerte en la que el que iba a morir no tenía ninguna participación; era como morir sin luchar, como morir estando muerto o como no morir nunca. A Celia le gritaban que tu padre era un cagón, que no había soportado la tortura y que había delatado a sus compañeros. Pero Celia nunca creyó eso y se reía, siempre se reía, me decía que la risa era un acto de resistencia, de lucha, y que no iban a doblarla. Mi mamá quiso interrumpir el relato pero Camila la frenó en seco. Después le preguntó a Rita si a la tía Celia la habían torturado y le contestó que sí. ¿Cuántas veces? No lo sé, le dijo. Al llegar a la ESMA, cada prisionero perdía su nombre, su más elemental pertenencia, y se le asignaba un número al que debía responder. Una estructura burocrática, una rutina del espanto. Todo era oscuro, todo era silencio, todo estaba quieto. El tormento era como una ceremonia iniciática en estos centros clandestinos de detención, porque no puede llamárselos de otra manera. Tu mamá me contó que su organización tenía un mecanismo de control de los militantes, generalmente cada 24 o 48 horas, y una vez vencido este plazo, la organización desactivaba todas las citas y desalojaban las casas y los militantes que la persona capturada conocía. Por eso nos llamaba la atención las reiteradas torturas, que se extendían durante toda la permanencia que los prisioneros teníamos allí, como si más que quitarnos información, pretendieran vaciarnos, sacarnos nuestra identidad, como si nuestra propia humanidad entrara en suspenso. A veces nos aplicaban la picana automática, sin que hubiera ningún interrogador, ninguna pregunta. Sufrir para sufrir. Hizo un silencio prolongado, como si pusiera todas sus fuerzas en arrancar un pedazo de recuerdo de algún lugar recóndito de su ser, una búsqueda interior y profunda. Nos miró uno por uno y nos dijo: es importante saber qué se le hace a un hombre para entender cómo se lo aterroriza y se lo procesa. El terror corresponde a un registro diferente del miedo: ustedes pueden estar acá sentados y asociar el concepto del terror como una especie de miedo grande, pero piensen en algunas cosas que les conté, algunas técnicas, sobre su propio cuerpo, en forma irrestricta e ilimitada, repetida e interminablemente, sin fin, o al menos un fin, que no dependa de ustedes. Cuando salí, todo ese horror, todo ese miedo, parecía haberse inoculado en la sociedad, fue como si todos supieran lo que había pasado, pero estaban sumidos en la inmovilidad -el correlato fiel del terror-, y preferían callar, hacer de cuenta que nada había ocurrido. Tu madre era una mujer muy valiente y hasta el último momento hizo lo que pudo por pelear: desde aquella risa, desde la mínima ayuda que podía darle a los que iban llegando con unas palabras, con una caricia mínima pero suficiente. Un día escuché su número y lo último que me dijo, o más bien me pidió, fue que te contara esto como acabo de hacerlo, para que su lucha siga activa en vos, para que sepas que tu mamá y tu papá pelearon por un mundo mejor. Camila lloraba, pero parecía imperturbable. Sin dudas tenía el carácter de tía Celia. Los demás, estábamos también, al borde del llanto, pero nos contuvimos. Rita le dijo que podía hablar con ella cuantas veces quisiera y tras unos abrazos y agradecimientos sinceros, se fue. Esta es la historia de Camila y de mi familia, pero también es la historia de esta sociedad, y este es el día que con mayor fuerza recordamos, para que no haya ni olvido ni perdón, exigiendo memoria, por la verdad y la justicia.