InicioArteEl Caso del Convento (Cuento) Cap. 4

El Caso del Convento (Cuento) Cap. 4

Arte1/23/2012
IV


La sala entera se estremeció al escuchar esas palabras. Uno de los jueces pidió silencio y volcando su mirada hacia la religiosa le pregunto.
-¿Panes? Podría contarnos la historia completa por favor. ¿Ya le han hecho jurar?
Uno de los policías comenzó a hablar pero la monja lo interrumpió.
-Claro que me han hecho jurar. He jurado en el nombre de Dios y los Santos Evangelios. Señor Juez creo que debe dejar de tratarme de forma tan irrespetuosa.
A pesar de ser una señora bajita, encorvada y de aspecto frágil, esas frases hicieron acallar al magistrado que se acomodo en su silla y asintió murmurando un inaudible “Disculpe”. Otro de los jueces miro a uno de los abogados y le señalo que comenzara.
-¿Podría contarnos que es lo que paso señora? Desde el principio hasta el final, con lujo de detalles.
-Muy bien. ¿Quiere saber todo lo que paso ese día? ¿O lo que paso los días anteriores también?
-¿Días anteriores? No, absténgase de nombrarlos y proceda a contar todo lo que sucedió en esa tarde.
La sala estaba alborotada, los tres jueces debieron pedir silencio y advertir a la multitud que se calmara o serian desalojadas.
-Para empezar quisiera decir que lo que ha contado el señor José y el Oficial Gomez es una absoluta verdad. Ese día vinieron este hombre, José y su amigo Rogelio. Habíamos acordado con este ultimo de que vendría a merendar con un amigo suyo para hablar un rato. Yo asentí y le dije, en un tono muy alarmante que debía hacer algo por mí. Ese era el propósito por el que vendría, le comente que la Orden tenia ciertos problemas legales y el, un abogado de su talla, podría ayudarnos a cambio de unas atenciones. Dado que el señor Claybon era un cristiano ferviente, acepto sin dudar y sin ni siquiera preguntar cuánto se le pagaría. Quedamos en que debería pasar a buscar su pago y unos papeles, que eran los que nos involucraban, en una casa lejos del Convento. Para evitar sospechas.
>>Como es obvio el señor Rogelio fue junto con su amigo y de ahí llegaron a nuestro Hogar. En ese momento es, creo yo, donde la historia se puso mucho más interesante, y creo que es lo que todos ustedes acá presentes desean saber. Pero, antes que eso, quería pedirles tiempo a los magistrados para retirarme a un lugar alejado y silencioso para hablar con el Santísimo y considerar mis pecados.

La sala se alboroto. Los tres jueces y los policías no podían calmar a la multitud de personas que no dejaban de aullar, aplaudir e incluso llorar. Luego de lograr una cierta tranquilidad, el juez Lenerte se paro y dijo.
-Dado el pedido de la Religiosa y dado a su carácter de testigo clave por el discurso antes escuchado. Nos vemos en condición de aceptar su petitorio, dándole una hora a ella y atodos los presentes para atender sus asuntos. El juicio seguirá luego de transcurrido ese tiempo.
Los tres magistrados se encontraban sentados en una oficina aledaña a la sala donde habian estado hace unos instantes.
-¿Qué piensan de todo esto?
-Ni idea. ¿Qué va a decir la vieja?
Todos se miraron. Uno, de pelo enrulado, dijo.
-No sé, pero seguro nos va a dejar con el culo para arriba a todos. Se hace desear la monja, no es boluda, no creo que salga indemne.
-¿Pensas que ella mato a todos?
-Yo pienso que Claybon sabía algo, y por eso lo mataron.
-¿Y las dos Hermanas que mataron?
Hubo un silencio. De hecho esa era la gran duda de los magistrados. Como tales conocían las artimañas de los asesinos y las vicisitudes y errores que se podían llegar a cometer dando un veredicto o evaluando a un sospechoso, falencias que tenían todos los presentes en la sala ya que tomaban eso como algo comercial, divertido e intrigante. Cuando en realidad, era todo lo contrario. Por eso ellos sospechaban de todos y cada uno de los acusados y testigos. Era el único modo de estar seguro de no cometer una equivocación, cuando se trata de crímenes la frialdad es crucial en todo momento, desde el crimen hasta su penalización.

-Jura decir la verdad, nada más que la verdad en nombre de Dios y los Santos Evangelios.
-Si juro.
-Puede tomar asiento.
El abogado se levanto.
-¿Podría continuar Hermana con el relato?
-El señor Claybon llego a la hora acordada pero yo no me encontraba allí.
La sala se alboroto otra vez.
-¿Cómo que no se encontraba allí?
-Desde luego que no señor.
-¿No estaba usted encerrada en la cocina con las otras hermanas?
-¿Encerrada? ¿Yo? No señor.
El abogado tomo un papel de su escritorio.
-Si mal no recuerdo el señor José declaro explícitamente que el psicópata había encerrado a un grupo de monjas en la cocina.
-Así es señor, pero de hecho yo no estaba en ese grupo de monjas. Eso fue después de que llegara Rogelio, yo en ningún momento entre en contacto en el comedor con el asesino.
-Entonces… ¿Podría continuar? Siento mucha intriga.
-Desde luego. El señor Claybon llego a la hora señalada pero desconozco el dialogo que mantuvieron mientras yo no estaba. Luego de eso escuche ciertos ruidos en la habitación de la novicia Laura y avance hacia allí. Entre y me encontré que estaba con el asesino a punto de consumar un acto sexual. Acto seguido le propuse al psicópata un plan.
-¿Un plan?
-Exacto. Le propuse que yo me quedaría callada si el accedía a hacer lo que yo le solicitaba. No le quedo alternativa que aceptar mi oferta ya que si no sería descubierto y excomulgado, por lo tanto iría al Infierno. Algo que él no soportaría.
-¿Qué fue lo que le propuso?
-Le dije que hiciera lo que deseara con la Novicia Laura y que yo no se lo impediría, pero que debería encargarse de un asunto apenas yo le digiera.
-¿Asunto? ¿Qué asunto?
-Debía asesinar a dos monjas. Una de ellas era la Hermana Margarita, que esa fue la que el señor José confundió con la Madre Superiora.
-¿Cómo?
-Supuse que iban a ser más sagaces, la Madre Superiora soy yo.
La sala esta vez se quedo callada. Nadie hablo.
-Continúe por favor
Dijo el abogado tratando de mantener su compostura.
-Luego de proponerle el trato me retire a un lugar alejado del pasillo. Luego de unos minutos, mientras yo me encontraba escondida, la Hermana Margarita irrumpió en el pasillo y abrio la puerta. Se oyeron dos gritos y el asesino disparo contra la Hermana, y salió gritando al comedor.
-¿Y Claybon? Asesino a Claybon luego de dispararle a la Hermana Margarita ¿Logro verlo?
-No. No fue él quien le disparo al Señor Rogelio.
-¿Y quién fue?
-Yo.

La hermana mantenía su mirada firme hacia el marco de la puerta. En ese lugar ella era invisible, sabía que debía tomar el arma del asesino, disparar y devolvérsela. Solo de ese modo lograría que el trato estuviese completo. Se escucharon pasos agitados y una puerta que se abrió. Dos disparos impactaron en la hermana que cayó de espaldas, ella corrió hacia el cuerpo y una mano le tendió una pistola. Arrodillada abrió fuego hacia la cara de Rogelio Claybon que acababa de asomarse por el pasillo. Se tiro en el piso, al lado de Margarita, mientras el asesino tomaba el arma y salía hacia el comedor. Escucho gritos e insultos, un violento golpe y supo que el trabajo estaba terminado. Ahora solo debía esperar que el asesino se entregara a su destino.

-¿Usted asesino a Claybon? ¿Por qué?
La sala seguía en silencio.
-El señor Claybon, a pesar de ser un ferviente cristiano, había mancillado el nombre del Señor al ir a un antro cerca de la calle Corrientes donde practicaba sexo con menores de edad. De ese lugar es de donde provenía la novicia Laura. Ella me conto todo lo que sucedió en una confesión.
-¿Confesión? ¿Las monjas pueden otorgar una confesión?
-De hecho el Padre no se había presentado para dicha tarea ese día, unas semanas antes del hecho, por lo tanto decidí tomar yo el poder del Señor y realizar la confesión. Dado a que ella confiaba en mí, decidió contármelo. Además de eso me confesó que mantenía una relación con un cristiano de la Iglesia, me conto el horario en el que se infiltraría para verla y supe que sería una oportunidad única para redimir un alma en pena y castigar a otra.
-¿Y el maletín?
-¿El maletín? Ordene que se hicieran antes los panes para enviarlos a la casa del contacto que recibiría a Claybon. Por eso el señor José declaro que estaban feos, estaban duros porque hacía tiempo que habían sido horneados.
La sala seguía en silencio. Uno de los jueces se levanto y dijo.
-Señora. Creo que hablo por todos los presentes al decirle que estamos muy sorprendidos. Pero asumo que sabe la gravedad de sus hechos y la decisión de nosotros será dada en tres días. Aun así me veo en obligación de hacerle una última pregunta, antes de ponerla a custodia de la Policía Federal.
La religiosa levanto la cabeza hacia el Juez. No mostraba en su cara signos de culpa, estaba contenta por haber mandado al infierno a alguien que se lo merecía y por sobre todo, haber enviado al cielo a un alma pura que había dado su vida y su alma por amor al Señor.
-Dígame
- Ninguno de los abogados tenía pruebas en su contra, la señora Laura ha desaparecido de la Justicia y por ende este caso estaría cerrado haría más de dos horas. ¿Por qué conto todo esto?
La monja sonrió.
-¿No se acuerda? Jure hace diez minutos decir la verdad en nombre de Dios y los Santos Evangelios.

FIN



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