Hay dolores del alma que no tienen cura. Hay cicatrices del corazón que parecen nunca cerrar. Hay ausencias que cortan, que perforan. Hay recuerdos que no alcanzan, lugares que no se llenan, olores que no vuelven pero tampoco se van. Difícil es convivir con memorias, agilizar el agrio proceso del recordar.
Supe decir que la vida a veces no es justa, que muchas veces no nos da segundas oportunidades y que cuando más necesitamos una mano, nos da vuelta la cara, y nos regala un gran revés. ¿Existe algún antídoto para el dolor? ¿Cuántos gramos de vida se nos van con cada ausencia? ¿Es posible entender el vació de aquellos a los que solo les queda recordar?
Suele decirse que solo aquellos que supieron sufrir una ausencia, conocen el dolor y el vació en presencia. Esta teoría o suerte de mito, tiene un significado confuso y sospechado, cosechando tantos profetas como detractores. Si bien me considero un fiel convencido de la importancia de las palabras en la vida, existen esos momentos, grises y nublados, donde ni la más fina combinación de letras puede calmar, y ni siquiera aliviar.
¿Cuántas veces reflejados en lágrimas ajenas nos quedamos mudos, sin saber que, ni como decir? ¿Cuántas veces lo poco que logra esbozar nuestra boca parece vano, sin sentido, inútil? ¿Debemos callar y regalar paz a esas almas que no encuentran consuelo? Paradoja de la vida o simple practica hecha ritual, los argentinos hemos instaurado un intento de homenaje a aquellos que no están o a modo de repudio, con un instante sórdido, 60 segundos de mudez... un minuto de silencio.
Seguramente si por estos días se le ocurriera a algún estadista comenzar a medir en forma proporcional la cantidad de ausencias que esta nación ha sufrido, e intentara cubrirla con esta ecuación sin ruidos deberíamos estar al menos más de una semana de gargantas apagadas, de afonía rotunda.
Egos personales de políticos nefastos, guerras infundadas y contiendas estúpidas, comparten la cultura del no saber y conviven en un país de memoria frágil y de pesares crónicos que flotan en un aire denso y viciado de putrefacción. Somos víctimas y culpables de un pueblo que aun no ha aprendido a vivir las heridas y que añora un cambio concreto, urgente y por sobre todo comprometido.
Hemos vivido muchos silencios, es hora de hacernos escuchar, de unir las voces y aprender juntos a fundar una nación más justa para todos. La memoria debe ser nuestra abanderada, enseñarnos a no cometer errores pasados, pero sobre todo ser base para crear un futuro digno, donde la gente de mierda este muerta y los buenos vivos, y donde todo sea al menos, un poco menos peor...
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