InicioArteEl asesino trajeado
Lo primero que hay que hacer es tener mucho cuidado con alienarse. Nadie quiere que andes por allí sin someterte a los amenos gestos valorativos de la simpática costumbre, que está ahí para velar de vos, y todos nosotros, como un Dios nuevo, primario. Allí nació él, en el mismísimo centro, o quizás a un costado. Pero no le costó adentrarse, mezclarse, fundirse sobre el pilar del mundo. Amontonándose junto a los millones de cuerpos humanos, como las moscas que revolotean sobre la escoria. De joven hizo lo esperable, obedecer con la boca callada, y rebelarse de vez en cuando para tranquilizar la conciencia. Aunque su rebelión sólo fuera un gesto hacia la mirada de los demás, algo así como una obediencia indirecta, una comedia en sí misma. Luego irrumpió la adolescencia, y con ella las exigencias. Había que elegir qué hacer de la vida. Todos parecían tener algo en mente. ¿Por qué no él, que tan perfecto ser humano era? Y ante el temor de buscar en sí motivaciones y encontrar vacío. Resolvió irremediablemente instaurar, como tantos otros, dentro suyo la dictadura del miedo. Si su interior le complicaba, nada de eso le iba a importar. Aliado al temor, estaba dispuesto a apalear cada parte de sí que se empeñara en sacudir el imperio, y a acallarla con preceptos amenazantes. De este modo empezó todo. Un paso hacia adentro, muchos hacia afuera. Pronto comenzó el dilema inadvertido de que si dentro suyo había una persona (De las múltiples que habitan el alma) reticente a las obligaciones, o a los objetivos prefijados de su mente abstraída racionalmente, y debía desdeñarla. También debería hacerlo en el exterior de su mundo. Así creó su orgullo. Ahora existían personas desdeñables y personas que no lo eran. Ahora reinaban las jerarquías. Y con ello la existencia del respeto. Ahora había una cima que alcanzar, y un fantasma del qué alejarse. Un control que ejercer. Una dualidad. Sólo hacía falta descubrir qué cosas eran inferiores a ojos del mundo, y qué superiores. Sometiéndose a ese regimiento sería capaz de perfeccionar la última personalidad, la última máscara, y sentarse en la cima de los hombres, donde todos lo amarían y respetarían. Y ya no habría ninguna ley que temer, puesto que la ley dictada sería ahora la suya. Así aprendió a asesinar el mundo. Ahora vive como si la vida fuera un juego uniforme donde hay que salir siempre victorioso. Se siente atraído, como si la atracción fuera perseguir a la que todos persiguen. Mirando sólo a través de los ojos, confundiendo el impacto de reencontrar el estereotipo de un anuncio de moda, con el deseo en sí en su expresión interna. También, quizás para no aparentar la frialdad desalmada de su vida viviendo entre y para objetos. Se sume en debates sobre moral y sobre las necesidades del mundo. Todo se soluciona con la razón y la disciplina. Y con ciertos preceptos figurados a ser aplicados uniformemente a todos los ciudadanos del mundo. ¿Acaso no están todos en la misma posición? ¿Acaso alguien puede buscar algo diferente? Ahora vive casado con una esposa que cree que lo ama simplemente por el hecho de que él no lo hace. Preocupado como está con sus debates de vida sobre lo correcto y las influencias del mundo, cree que la ternura es debilidad, la entrega un delirio, y la frialdad el único remedio. Sentado a la distancia, se relame de las conquistas de aquellos pequeños bálsamos, sustitutos de la experiencia mutua, aplausos callados. Magnetismos, rendición, temor, respeto. Tentempiés de la realidad, distorsionada a su modo, como un juego con enemigos y aliados. Después de todo, si el nunca sintió algo así como una motivación intrínseca, ¿por qué algo así debía de existir? Todos mienten, nadie cree en lo que hace y todos lo sacrifican a la apariencia. La vida no es más que el ejercicio de poder, para lograr la conquista. Pero la conquista presupone que los demás son simples receptores y no individuos. ¿Por qué el, justo él, habría de creer lo contrario? Escrito propio
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