Buenas, gente de Taringa!
Acá les traigo un cuento de mi primer libro.
Lamento anticipar que es sólo texto, ya que el libro no tiene dibujitos. Escanee las páginas, ciertamente, pero no domino bien esta vaina así que decidí transcribirlo tal cual.
Aquí donde habito la gente no lee y quien lo hace perdió los ojos. A ver si alguien se anima a echarle una leidita.
Salud, salud.
JULIA: LA GORDA QUE, COMO LOS LÍQUIDOS, ADOPTÓ LA FORMA DEL RECIPIENTE
Julia era inmensamente gorda. De una monstruosa obesidad su fláccida geografía. Él, en cambio, un tipo atlético, de afiladísimas geometrías. Se fueron a vivir juntos cuando Julia todavía no empezaba a engordar de veras. Cuando nada más estaba gordita. Él, sin siquiera planearlo, no podía saber que por su culpa Julia se convertiría en un horrendo monstruo. Como esos que aparecen en los filmes de terror clase Z.
Jamás pudieron congeniar. Vivían en una guerra de silencios totales. Sus radares –los de él- se empeñaban en la tarea de esquivar miradas. Ella lo amaba y, pese a que su marido demostraba todo lo contrario, trataba de complacerlo como podía. Él, en cambio, hacía años que planeaba dejarla. Pero tenía un problema de comunicación: no encontraba las dos palabras para su libertad: “Me voy”; o una variante más a tono, a saber: “Me voy a la mierda” Era un tipo incapaz de valerse de pocas palabras.
Por eso prefería ignorarla.
No le daba bola, nunca, ni siquiera a la hora de copular. Le aplicaba los martillazos que fueran necesarios como para dejarla exhausta y sin habla. Cuando Julia, luego del acto, quería largarle una frase amorosa, él empezaba a soltarle falsos ronquidos dentro de la oreja, que la tapiaban. Seguía roncando hasta que Julia se dormía. Y ahí sí: él quedaba contento.
Si por casualidad ella fingía dormir y conseguía decirle que lo amaba, él la hacía callar chistando: “No perturbe la poca paz que ofrece la tibieza de las mantas post copulum.” Otras veces le amordazaba la boca con una media. No por sadismo -él no era un sádico-, sino para no tener que cortarle la lengua con su navaja, ensuciándola. Julia gozaba más de esa forma (y él lo sabía), pero el amarre le impedía expresar sus abaritonadas fanfarrias de oblongo gozo.
Inmediatamente que él se levantaba, ella de un salto se disponía a prepararle el desayuno. “No –le decía él-, desayune usted que está delgada tal si fuera una lámina de aire. Parece el esqueleto del cadáver de un ánima.” Prefería decirle esto sólo para rechazarle el desayuno, a modo de insinuación despreciativa.
Como ella lo amaba demasiado, comenzó a tomarse muy a pecho sus palabras. En el almuerzo sucedía lo mismo. Julia lo esperaba con sopas y estofados de todo calibre. Apenas probaba un bocado y le decía: “Paladeo cierta similitud con un aforismo que viene al caso... Asco, quizá, pero no es la palabra justa. Se nota a la legua que no sabe cocinar.” Así y todo, Julia no se iba. Lo amaba demasiado como para hacerlo. Antes al contrario, se le acercaba más. Él, pese a su inepcia para comunicarse de manera escueta, se las venía ingeniando para poder sacársela de encima. Así que comenzó con su plan de sugerencias.
Un día que él leía una revista para obesos le enseñó una foto: una señorita oronda, que había batido el récor de doscientos mil gramos. Y le dijo: “Esta multiforme mujer me gusta en demasía. Con una de estas podría ser feliz, hasta el límite del paroxismo y más.” E inmediatamente le agregaba: “¿Qué usted no come? Está cada vez más transparente, parece el desgastado holograma de un fantasma.” Es que ella apenas rebasaba los ciento treinta kilos.
Así que Julia, pues, decidió jugársela por su amor.
Comenzó a comer Más. A toda hora. Como al principio su estómago no podía recibir tanto alimento, lo que le sobraba se lo dejaba a su marido. Él llegaba por la noche y le decía: “¿Y toda esta comida? Por qué no la aprovecha y come un poquito… Está tan flaca que en cualquier comento se resquebraja. Parece un pelo.” Julia siguió comiendo. El tipo era hermético, como se habrá notado. No conseguía la forma de decirle que se fuera; pero tampoco podía irse así, sin decírselo.
Para no tener que soportarle quejas y habladurías durante la noche, no la dejaba salir a trabajar. “Usted se queda en casa. Igual hace una mala fuerza y se fractura una tibia. Como está tan flaquita…” Todo a fin de no tener que escuchar los cuentos del trabajo y toda esa cháchara. Mismas sugerencias al llegar del trabajo. Julia, pese a que no hacía más que estar en la pieza y comer y comer, le contaba: “Hoy preparé unos palominos al escabeche. Para ir bajándolos les intercalaba dulces y fragmentos de chocolatines.” Él se hacía el sordo; la dejaba hablando sola. Después, como a cuento de nada, le decía: “¿Qué es ese ruido como volcánico que me desconcentra la lectura?” “¿Qué ruido?” “No… Me pareció escuchar como que le sonaba el estómago. ¿Qué no ha comido nada? La veo más flaca últimamente. A ver, póngase de frente que quiero verla.” Julia, obnubilada: “Pero…, si estoy de frente…” “Esto es grave.”
Y así la martirizaba. Y todo por no encontrar las palabras justas y decirle que se iba.
Julia, en su desesperación, ya dejó de comer para complacerlo, y en cambio comía por estar deprimida. Comenzó a cocinar durante todo el día; y en los entreactos se merendaba cachos de manteca, jarras de mayonesa, y otras cosas inútiles. Cocinaba como para un batallón de cien maridos, o como si él tuviese mil estómagos. Él, lógicamente, ni siquiera mencionaba nada al llegar. Le soltaba imprudencias del tipo: “En esta casa nunca hay nada para llevarse a los labios.” “Da la impresión de estar metido en una ergástula con una cadena al cuello. Lo digo por la incapacidad de apropiarse de un bocado.” “Por qué no me cocina una brazada de carne mechada con cerdos, bovinos, aves y legumbres”, le decía al ver que ese plato faltaba sobre la mesa. Julia, en cambio, le decía alegremente: “Preparé un enrome pollo al horno. ¿Por qué no prueba una patita?” Él, catedrático y obtuso: “El pollo me hace mal, cuando es al horno. Si hubiese sido preparado a las brasas y mojado con cierta salsa de soya, sí.”
El plan de sugerencias venía funcionando a la perfección, y él lo sabía.
Pasó un año. Durante dicho tiempo, Julia se dedicó a comer con desmesura subdividiendo relojes a fin de expandir el día y que le durase más. Él comenzó a trabajar horas extras para proveerle lo necesario, y para que no dejase de nutrirse como lo venía haciendo. Y ya de paso la veía menos. Como él se había convertido en un visitante de paso, ni siquiera notó que Julia había engordado más de doscientos kilos. Se infló de golpe. Un asedio hormonal del grado 8 en la escala. Hubiese precisado una cama de quince plazas, forjada en hierro y sostenida con cadenas, a un techo de acero.
Cierta noche de un calor espantoso, él llegó temprano.
Como Julia, a esa altura, apenas conseguía respirar a causa de la obesidad, él comenzó a fumarle encima y le tiraba los puchos dentro del profundo ombligo. “¡Me quema! ¡Me quema!”, gritaba Julia llena de teatralidad. “Ningún cigarro se ha mantenido encendido por lo eterno que a veces ofrece el tiempo.” Julia, fingiendo enojo: “Pero si vos nunca fumaste…” “Nunca es tarde para hermanarse a las logias del vicio.” En su voluminosa desesperación, Julia le hacía notar lo tanto que había crecido: “¿No te parece que estoy menos delgada?” Luego de inspeccionarla muy de cerca -usando para ello lupas y lentes de lejos y de cerca-, él le decía: “Si –y volvía a mirarla por el rabillo del ojo-, debe ser por la ropa, que de tan flaca que está le queda grande. Parece una lombriz gravitando en el centro de la campana tañida por un gigante.”
La ansiedad en Julia comenzó a obligarla a comer más todavía. Así que él comenzó a vender los muebles para comprarle más comida, y ya de paso le hacía espacio. Julia creció desmesuradamente. Parecía sumar diez o veinte kilos por día. Y cada vez que él la rechazaba, aunque más no fuese con negarle un beso, ella engordaba más y más, kilos y kilos por hora, como si la ignorancia fuese un gigantesco pan dulce.
Así transcurrieron los meses hasta que Julia ya no pudo levantarse del suelo. Ni con una grúa; sería impracticable y muy costoso. Con la punta de los dedos que asomaban por sus flancos, ya que los brazos estaban embutidos dentro de la grasa, se acercaba a la boca trocitos de biscocho, pan, mermelada o cualquier otra cosa. Él le decía: “A ver, déjeme que yo la alimente. Está tan flaquita que va a perder energías si sigue así.” Más tarde le instaló un tobogán directo a la boca. Mediante un cordel que ella tiraba, se abría la tapa de un tanque donde él iba metiendo los paquetes de comida, incluso sin cocinar. “¡Pero qué flaca está! Vamos a tener que ver a un médico forense. Esto no puede ser normal.” Ella lloraba y tragaba, y le decía: “Pero, ¿enserio que no notas un cambio, nada?” El movía la cabeza, negando: “¿De qué me habla? ¿Acaso me he perdido de algo últimamente?” Se quedaba mirándola larga y extensamente, y después de un momento, agregaba: “Ah sí, sí, sí… ¡Pero qué distraído soy! Al fin me doy cuenta: se cortó el pelo. ¡Qué bonito! ¡Qué bonito!”
El cuádruple trasero de Julia reposaba orondamente al fondo de la pieza. Los dedos de los pies, que era la única parte que asomaba de sus piernas recubiertas de mantos sebáceos, increíblemente salían por la puerta que daba al pasillo. Como si el delgado esqueleto hubiese mutado a fin de abarcar el todo graso, estirando sus coyunturas.
Ya era imposible entrar a la pieza.
Ese día él llegó tarde. Hacía un frío espantoso y pensaba armar fuego dentro de la pieza para sofocarla con el humo. Casualmente le había comprado flores –para hacerla estornudar, ya que era alérgica al polen-. No precisó abrir la puerta, cosa notoria. Se encontró con que una enorme masa rosada y violeta ocupaba la totalidad de la habitación. Tapiaba la entrada; al centro, esa enorme fosa llena de porquerías a la que un extremista llamaría pupito.
Julia, al sentirlo llegar, le gritó: “Mi amor: soy gorda. ¡Sufro, sí, pero soy gorda!”
Él le arrojó las flores por el único hueco que pudo encontrar. Y le dijo: “Es una lástima que no pueda verla. Ya que no me deja entrar, me voy.”
Y se fue. Ya no quedaba sitio para los dos.
Acá les traigo un cuento de mi primer libro.
Lamento anticipar que es sólo texto, ya que el libro no tiene dibujitos. Escanee las páginas, ciertamente, pero no domino bien esta vaina así que decidí transcribirlo tal cual.
Aquí donde habito la gente no lee y quien lo hace perdió los ojos. A ver si alguien se anima a echarle una leidita.
Salud, salud.
JULIA: LA GORDA QUE, COMO LOS LÍQUIDOS, ADOPTÓ LA FORMA DEL RECIPIENTE
Julia era inmensamente gorda. De una monstruosa obesidad su fláccida geografía. Él, en cambio, un tipo atlético, de afiladísimas geometrías. Se fueron a vivir juntos cuando Julia todavía no empezaba a engordar de veras. Cuando nada más estaba gordita. Él, sin siquiera planearlo, no podía saber que por su culpa Julia se convertiría en un horrendo monstruo. Como esos que aparecen en los filmes de terror clase Z.
Jamás pudieron congeniar. Vivían en una guerra de silencios totales. Sus radares –los de él- se empeñaban en la tarea de esquivar miradas. Ella lo amaba y, pese a que su marido demostraba todo lo contrario, trataba de complacerlo como podía. Él, en cambio, hacía años que planeaba dejarla. Pero tenía un problema de comunicación: no encontraba las dos palabras para su libertad: “Me voy”; o una variante más a tono, a saber: “Me voy a la mierda” Era un tipo incapaz de valerse de pocas palabras.
Por eso prefería ignorarla.
No le daba bola, nunca, ni siquiera a la hora de copular. Le aplicaba los martillazos que fueran necesarios como para dejarla exhausta y sin habla. Cuando Julia, luego del acto, quería largarle una frase amorosa, él empezaba a soltarle falsos ronquidos dentro de la oreja, que la tapiaban. Seguía roncando hasta que Julia se dormía. Y ahí sí: él quedaba contento.
Si por casualidad ella fingía dormir y conseguía decirle que lo amaba, él la hacía callar chistando: “No perturbe la poca paz que ofrece la tibieza de las mantas post copulum.” Otras veces le amordazaba la boca con una media. No por sadismo -él no era un sádico-, sino para no tener que cortarle la lengua con su navaja, ensuciándola. Julia gozaba más de esa forma (y él lo sabía), pero el amarre le impedía expresar sus abaritonadas fanfarrias de oblongo gozo.
Inmediatamente que él se levantaba, ella de un salto se disponía a prepararle el desayuno. “No –le decía él-, desayune usted que está delgada tal si fuera una lámina de aire. Parece el esqueleto del cadáver de un ánima.” Prefería decirle esto sólo para rechazarle el desayuno, a modo de insinuación despreciativa.
Como ella lo amaba demasiado, comenzó a tomarse muy a pecho sus palabras. En el almuerzo sucedía lo mismo. Julia lo esperaba con sopas y estofados de todo calibre. Apenas probaba un bocado y le decía: “Paladeo cierta similitud con un aforismo que viene al caso... Asco, quizá, pero no es la palabra justa. Se nota a la legua que no sabe cocinar.” Así y todo, Julia no se iba. Lo amaba demasiado como para hacerlo. Antes al contrario, se le acercaba más. Él, pese a su inepcia para comunicarse de manera escueta, se las venía ingeniando para poder sacársela de encima. Así que comenzó con su plan de sugerencias.
Un día que él leía una revista para obesos le enseñó una foto: una señorita oronda, que había batido el récor de doscientos mil gramos. Y le dijo: “Esta multiforme mujer me gusta en demasía. Con una de estas podría ser feliz, hasta el límite del paroxismo y más.” E inmediatamente le agregaba: “¿Qué usted no come? Está cada vez más transparente, parece el desgastado holograma de un fantasma.” Es que ella apenas rebasaba los ciento treinta kilos.
Así que Julia, pues, decidió jugársela por su amor.
Comenzó a comer Más. A toda hora. Como al principio su estómago no podía recibir tanto alimento, lo que le sobraba se lo dejaba a su marido. Él llegaba por la noche y le decía: “¿Y toda esta comida? Por qué no la aprovecha y come un poquito… Está tan flaca que en cualquier comento se resquebraja. Parece un pelo.” Julia siguió comiendo. El tipo era hermético, como se habrá notado. No conseguía la forma de decirle que se fuera; pero tampoco podía irse así, sin decírselo.
Para no tener que soportarle quejas y habladurías durante la noche, no la dejaba salir a trabajar. “Usted se queda en casa. Igual hace una mala fuerza y se fractura una tibia. Como está tan flaquita…” Todo a fin de no tener que escuchar los cuentos del trabajo y toda esa cháchara. Mismas sugerencias al llegar del trabajo. Julia, pese a que no hacía más que estar en la pieza y comer y comer, le contaba: “Hoy preparé unos palominos al escabeche. Para ir bajándolos les intercalaba dulces y fragmentos de chocolatines.” Él se hacía el sordo; la dejaba hablando sola. Después, como a cuento de nada, le decía: “¿Qué es ese ruido como volcánico que me desconcentra la lectura?” “¿Qué ruido?” “No… Me pareció escuchar como que le sonaba el estómago. ¿Qué no ha comido nada? La veo más flaca últimamente. A ver, póngase de frente que quiero verla.” Julia, obnubilada: “Pero…, si estoy de frente…” “Esto es grave.”
Y así la martirizaba. Y todo por no encontrar las palabras justas y decirle que se iba.
Julia, en su desesperación, ya dejó de comer para complacerlo, y en cambio comía por estar deprimida. Comenzó a cocinar durante todo el día; y en los entreactos se merendaba cachos de manteca, jarras de mayonesa, y otras cosas inútiles. Cocinaba como para un batallón de cien maridos, o como si él tuviese mil estómagos. Él, lógicamente, ni siquiera mencionaba nada al llegar. Le soltaba imprudencias del tipo: “En esta casa nunca hay nada para llevarse a los labios.” “Da la impresión de estar metido en una ergástula con una cadena al cuello. Lo digo por la incapacidad de apropiarse de un bocado.” “Por qué no me cocina una brazada de carne mechada con cerdos, bovinos, aves y legumbres”, le decía al ver que ese plato faltaba sobre la mesa. Julia, en cambio, le decía alegremente: “Preparé un enrome pollo al horno. ¿Por qué no prueba una patita?” Él, catedrático y obtuso: “El pollo me hace mal, cuando es al horno. Si hubiese sido preparado a las brasas y mojado con cierta salsa de soya, sí.”
El plan de sugerencias venía funcionando a la perfección, y él lo sabía.
Pasó un año. Durante dicho tiempo, Julia se dedicó a comer con desmesura subdividiendo relojes a fin de expandir el día y que le durase más. Él comenzó a trabajar horas extras para proveerle lo necesario, y para que no dejase de nutrirse como lo venía haciendo. Y ya de paso la veía menos. Como él se había convertido en un visitante de paso, ni siquiera notó que Julia había engordado más de doscientos kilos. Se infló de golpe. Un asedio hormonal del grado 8 en la escala. Hubiese precisado una cama de quince plazas, forjada en hierro y sostenida con cadenas, a un techo de acero.
Cierta noche de un calor espantoso, él llegó temprano.
Como Julia, a esa altura, apenas conseguía respirar a causa de la obesidad, él comenzó a fumarle encima y le tiraba los puchos dentro del profundo ombligo. “¡Me quema! ¡Me quema!”, gritaba Julia llena de teatralidad. “Ningún cigarro se ha mantenido encendido por lo eterno que a veces ofrece el tiempo.” Julia, fingiendo enojo: “Pero si vos nunca fumaste…” “Nunca es tarde para hermanarse a las logias del vicio.” En su voluminosa desesperación, Julia le hacía notar lo tanto que había crecido: “¿No te parece que estoy menos delgada?” Luego de inspeccionarla muy de cerca -usando para ello lupas y lentes de lejos y de cerca-, él le decía: “Si –y volvía a mirarla por el rabillo del ojo-, debe ser por la ropa, que de tan flaca que está le queda grande. Parece una lombriz gravitando en el centro de la campana tañida por un gigante.”
La ansiedad en Julia comenzó a obligarla a comer más todavía. Así que él comenzó a vender los muebles para comprarle más comida, y ya de paso le hacía espacio. Julia creció desmesuradamente. Parecía sumar diez o veinte kilos por día. Y cada vez que él la rechazaba, aunque más no fuese con negarle un beso, ella engordaba más y más, kilos y kilos por hora, como si la ignorancia fuese un gigantesco pan dulce.
Así transcurrieron los meses hasta que Julia ya no pudo levantarse del suelo. Ni con una grúa; sería impracticable y muy costoso. Con la punta de los dedos que asomaban por sus flancos, ya que los brazos estaban embutidos dentro de la grasa, se acercaba a la boca trocitos de biscocho, pan, mermelada o cualquier otra cosa. Él le decía: “A ver, déjeme que yo la alimente. Está tan flaquita que va a perder energías si sigue así.” Más tarde le instaló un tobogán directo a la boca. Mediante un cordel que ella tiraba, se abría la tapa de un tanque donde él iba metiendo los paquetes de comida, incluso sin cocinar. “¡Pero qué flaca está! Vamos a tener que ver a un médico forense. Esto no puede ser normal.” Ella lloraba y tragaba, y le decía: “Pero, ¿enserio que no notas un cambio, nada?” El movía la cabeza, negando: “¿De qué me habla? ¿Acaso me he perdido de algo últimamente?” Se quedaba mirándola larga y extensamente, y después de un momento, agregaba: “Ah sí, sí, sí… ¡Pero qué distraído soy! Al fin me doy cuenta: se cortó el pelo. ¡Qué bonito! ¡Qué bonito!”
El cuádruple trasero de Julia reposaba orondamente al fondo de la pieza. Los dedos de los pies, que era la única parte que asomaba de sus piernas recubiertas de mantos sebáceos, increíblemente salían por la puerta que daba al pasillo. Como si el delgado esqueleto hubiese mutado a fin de abarcar el todo graso, estirando sus coyunturas.
Ya era imposible entrar a la pieza.
Ese día él llegó tarde. Hacía un frío espantoso y pensaba armar fuego dentro de la pieza para sofocarla con el humo. Casualmente le había comprado flores –para hacerla estornudar, ya que era alérgica al polen-. No precisó abrir la puerta, cosa notoria. Se encontró con que una enorme masa rosada y violeta ocupaba la totalidad de la habitación. Tapiaba la entrada; al centro, esa enorme fosa llena de porquerías a la que un extremista llamaría pupito.
Julia, al sentirlo llegar, le gritó: “Mi amor: soy gorda. ¡Sufro, sí, pero soy gorda!”
Él le arrojó las flores por el único hueco que pudo encontrar. Y le dijo: “Es una lástima que no pueda verla. Ya que no me deja entrar, me voy.”
Y se fue. Ya no quedaba sitio para los dos.

