LAMIA INICIADORA.
¡Oh musa tenebrosa!
Cual serpiente tentadora,
¡Oh hechicera poderosa!,
Cual lamia protectora,
¡Oh maestra iniciadora!,
Cual impía dama pecadora.
Astral protectora, astral vengadora,
Enferma de celos por estos mis caprichos pueriles e infernales,
Tú que matas a mis conquistas terrenales,
Y alejas el ojo de las demás impías hechiceras,
De este, El Dios que una vez rompió el velo,
El velo de una Diosa en celo,
Y con la fuerza de una titán enamorado,
Te hizo mujer la noche en que el deseo del pecado,
Concibió esta locura y este amor que por ti siento en esta tierra despechado.
Heme aquí solo y sin un amor,
Ardiendo en fuego por la locura llameante del deseo fagocitador,
Masturbábame desnudo en la ventana de mi alcoba, bajo la sombra de la noche,
Mirando la luna y pensando que tú me observabas a lo lejos,
Pisando el lagar de donde procede el vino rojo de los dioses,
Vino embriagador de los grigores,
Y de todo Dios altivo y arrogante que ame y precie de digna su gloria.
Neva, ¡Oh lamia vengadora!,
Una de las siete poderosas hechiceras infinitas,
Del imperio no descubierto aún por la miseria humana,
Hija de la noche, emanación luciferina,
De quién este Dios un día enamorado,
Fornicó contigo a orillas del río del olvido,
En el antiguo estigio,
Al lado de la corte impía de los dioses caídos.
He allí a Caín, bastardo crío,
Contemplando el orgasmo inusitado de Abel y de su dama pía,
Procreando la locura de los príncipes y reyes,
Hijos de los dioses caídos del frío abismo del olvido,
Donde toda posibilidad de vida se hace imposible,
Ante la sombra cegadora de la inexistencia misma.
Ven Neva, Ven cada noche a visitarme,
Enséñame los secretos como una madre a su hijo,
Y dame a beber del lagar donde siembras tus vides,
Del fino vino que producen tus entrañas,
Y de comer de ese trigo delicioso que cosechas en los graneros suaves de tan arcana hermosura.
Así, así, Neva,
No dejes que acabe esta locura,
Ni permitas que el placer de tu pálida blancura me abandone,
Déjame una y otra vez apretar tus pechos virginales,
Y saborear los elixires de tu naturaleza prohibida.
Fuente: http://perpetuavirginidad.blogspot.com/
¡Oh musa tenebrosa!
Cual serpiente tentadora,
¡Oh hechicera poderosa!,
Cual lamia protectora,
¡Oh maestra iniciadora!,
Cual impía dama pecadora.
Astral protectora, astral vengadora,
Enferma de celos por estos mis caprichos pueriles e infernales,
Tú que matas a mis conquistas terrenales,
Y alejas el ojo de las demás impías hechiceras,
De este, El Dios que una vez rompió el velo,
El velo de una Diosa en celo,
Y con la fuerza de una titán enamorado,
Te hizo mujer la noche en que el deseo del pecado,
Concibió esta locura y este amor que por ti siento en esta tierra despechado.
Heme aquí solo y sin un amor,
Ardiendo en fuego por la locura llameante del deseo fagocitador,
Masturbábame desnudo en la ventana de mi alcoba, bajo la sombra de la noche,
Mirando la luna y pensando que tú me observabas a lo lejos,
Pisando el lagar de donde procede el vino rojo de los dioses,
Vino embriagador de los grigores,
Y de todo Dios altivo y arrogante que ame y precie de digna su gloria.
Neva, ¡Oh lamia vengadora!,
Una de las siete poderosas hechiceras infinitas,
Del imperio no descubierto aún por la miseria humana,
Hija de la noche, emanación luciferina,
De quién este Dios un día enamorado,
Fornicó contigo a orillas del río del olvido,
En el antiguo estigio,
Al lado de la corte impía de los dioses caídos.
He allí a Caín, bastardo crío,
Contemplando el orgasmo inusitado de Abel y de su dama pía,
Procreando la locura de los príncipes y reyes,
Hijos de los dioses caídos del frío abismo del olvido,
Donde toda posibilidad de vida se hace imposible,
Ante la sombra cegadora de la inexistencia misma.
Ven Neva, Ven cada noche a visitarme,
Enséñame los secretos como una madre a su hijo,
Y dame a beber del lagar donde siembras tus vides,
Del fino vino que producen tus entrañas,
Y de comer de ese trigo delicioso que cosechas en los graneros suaves de tan arcana hermosura.
Así, así, Neva,
No dejes que acabe esta locura,
Ni permitas que el placer de tu pálida blancura me abandone,
Déjame una y otra vez apretar tus pechos virginales,
Y saborear los elixires de tu naturaleza prohibida.
Fuente: http://perpetuavirginidad.blogspot.com/