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LEE LA PRIMER PARTE
I
Horacio no podía creer que esas cosas siguieran ahí abajo, caminando sin rumbo, como perdidas. Arrastrando los pies, chocaban contra los autos, las maletas abiertas y los otros cientos de cosas que abandonó la gente en sus desesperados intentos por escapar. Desde su apartamento del quinto piso había visto cómo en solo unos días habían pasado de unas pocas a ser cientos cubriendo las calles.
Largos ratos se pasaba observándolas. Y es que poco podía hacer en ese lugar, el entretenimiento disponible se limitaba a unos cuantos libros que ya había leído varias veces y a un par de revistas con noticias anteriores a la catástrofe.
Desconocía cuál era el alcance de lo que estaba pasando; la televisión, los teléfonos y todo lo demás fue lo primero en tornarse inservible desde el día que desapareció la electricidad. Antes de eso se habían escuchado historias de gente enloqueciendo, se habló de una plaga o pandemia, pero no había seguridad de nada. Todo lo que Horacio había llegado a saber con certeza se lo debía a la radio de Alberto, uno de los vecinos del edificio. Pero eso era antes, ahora estaba solo, hacía unos días que todos se habían marchado.
Alberto junto con una joven pareja recién mudada y dos estudiantes del primer piso habían tomado la resolución de irse en busca de una zona segura. Y ahora, con el recuerdo aun intacto de cómo había salido todo, estaba seguro que quedarse allí había sido lo correcto.
*****
Como cada tarde, todos se encontraban reunidos junto a la radio a baterías y a la luz de unas pocas velas que iluminaban con debilidad. A pesar de ser de día, por precaución, las persianas nunca se subían.
—¿Cuánta comida nos queda? —cuestionó Alberto a Javier, uno de los estudiantes del primer piso encargado del racionamiento. La pregunta a esta altura resultaba de rutina.
—Todavía bastante, tenemos…
—¿Todavía? —interrumpió Mariel—. ¿Y cuando no nos quede nada, qué haremos?
Un silencio incómodo recorrió la habitación. Todos se estaban preguntando lo mismo desde que vieron la comida apilada en una habitación. Sabían muy bien que era cuestión de tiempo para que los alimentos se terminaran. Pero solo Mariel se había atrevido a decirlo.
Alberto intentó calmar la situación, su liderazgo se había hecho evidente desde el principio. Cuanto todo empezó fue él quien llamó puerta por puerta para saber cuántos eran y de él fue también la idea de bloquear la entrada con dos sólidos armarios.
Los habían encontrado el día que se había realizado la búsqueda de cosas que sirvieran para afrontar la situación. En un comienzo hubo alguna protesta por invadir la propiedad privada, pero finalmente se tuvo que ceder ante lo transcendente de la situación.
Ese día, además de juntar provisiones, consiguieron una escopeta con decenas de cartuchos, un revolver con el tambor lleno aunque sin balas para recargarlo y una pequeña estufa a gas que les sirvió para cocinar sus alimentos. En su mayoría las provisiones eran paquetes de arroz y fideos, por eso este último hallazgo los llenó de alegría. Aunque ahora todo era distinto. Las cosas habían tomado otro rumbo desde esa reunión. Después de la pregunta de Mariel, habían ido al cuarto de las provisiones y determinaron que tomando lo mínimo para nutrirse les alcanzaría para un mes o tal vez mes y medio.
Javier hacía días que tenía una idea.
—Abajo, en el garaje, hay una camioneta lo bastante potente como para arrollar a esas cosas y seguir adelante.
—Lo que dices es arriesgado —comentó Alberto—, pero tiene sentido. Ahora estamos bien alimentados y no somos presa de la desesperación; si continuamos por más tiempo esperando, tal vez cuando debamos actuar no podremos pensar las cosas con calma.
—Y si salimos y… —Mariel se detuvo y aclarando la voz tomó fuerzas para continuar—. A unas manzanas de aquí, solamente dos, hay un supermercado en donde podremos juntar alimentos y regresar.
Javier la interrumpió.
—¿Regresar? No, no, es arriesgado hacerlo de esa manera. Si salimos de aquí debe ser para buscar un lugar seguro. En la radio…
Alberto movió la mano, interrumpiendo a Javier.
—El mensaje de la radio es una grabación, no podemos confiar en eso, puede haber quedado encendido, puede que allí ya todos estén muertos.
—¿Y el campo? —Era la primera vez que Samuel, el esposo de Mariel, hablaba—. Mi familia tiene un campo a unos cincuenta kilómetros de la ciudad, si pudiéramos llegar hasta allí… Piénsenlo, está lejos de la ciudad y por lo tanto de la gente, y hay animales…
—No sabemos si los animales se contagian —lo interrumpió Javier.
En ese momento Horacio recordó algo que había visto desde la ventana; un perro se paseaba con tranquilidad entre la multitud de piernas que se balanceaban por la calle, aparentemente no notaban su presencia o al menos parecía no importarles.
—No se contagian —dijo con seguridad—, ni se contagian ni son atacados.
—¿Cómo puedes estar tan seguro? —preguntó Mariel.
—Lo vi con mis propios ojos, vi cómo un perro andaba como si todo estuviera normal en la calle, hace apenas unos días…
—Eso no quiere decir que no lleven el virus.
El tono sabiondo de Javier le molestó. Le hubiese contestado de no ser por Samuel que volvía a tomar la palabra.
—Esperen un poco, déjenme terminar. En el campo no solo hay animales sino también todo tipo de frutas y verduras y, no muy lejos, dos o tres kilómetros máximo, una laguna en donde podríamos pescar. Sé que es arriesgado pero en esta situación cualquier cosa lo es. Piénsenlo un momento, por favor.
Y durante tres días fue lo único que hicieron.
Al final, con excepción de Horacio, todos optaron por hacerlo. Y aunque su decisión los sorprendió no pudieron reflexionar en ella. Los días que siguieron fueron días de planear la mejor manera de salir. Esos días fueron de acción.
La camioneta era mejor de lo que esperaban. Al tener dos cabinas y estar en óptimas condiciones les inspiró una gran confianza, y el tanque lleno junto con el combustible que lograron juntar de los otros vehículos no hizo otra cosa que aumentarla. En cuanto a las adaptaciones, ante la falta de instrumentos para soldar metales sobre las ventanas, se optó por poner tablas de madera desde el interior. Los asientos, a excepción del propio para el conductor, fueron removidos para mejorar el espacio. Pero hubo otra cosa que ellos hicieron que les pareció ventajoso, hacer un agujero en el techo para poder disparar desde allí. Esto, aunque no lo sabían, les traería graves consecuencias.
Las herramientas demasiado rudimentarias no llegaron a hacer un buen trabajo, pero la esperanza de llegar al campo del que hablaba Samuel les hizo pasar por alto este detalle. Solo Horacio tenía un mal presentimiento. Algo que pronto lo hizo aislarse en su apartamento.
El último día, como casi todos, lo visitó Alberto.
Horacio, en cada visita más cercana a la fecha, notaba como en Alberto aumentaba la preocupación. Reflexionó que era motivo suficiente estar por poner tan arriesgado plan en marcha. Pero en esa última visita entendió que era otra la causa. —Sabes —empezó a decir mientras miraba por la ventana—, tengo casi sesenta años y pensé que nunca iba a vivir otra vez una situación así.
—¿Otra vez?
—Sí, nunca pensé que regresara esto; la muerte, la desesperación, la falta de alimentos, el no saber qué hacer… Pensé que estaba a salvo de esto.
Horacio no se atrevía a decir palabra, era la primera vez que el tono de su voz era de confidencia.
—Allí en la guerra sucedieron cosas, cosas que durante treinta años he buscado olvidar. Cosas que un hombre no puede vivir y seguir siendo el mismo. Algo cambia, sabes, muy dentro; a todos los que fuimos a las islas nos pasó lo mismo. Bueno, a todos los que regresamos de verdad, porque todavía hay algunos que siguen allí, reviviendo en sus mentes una y otra vez el frío, el hambre y el miedo. Pero esto es diferente —señaló a las cosas de afuera, Horacio ahora estaba parado a su lado—, allí sabias que podías regresar, o lo creías, sabias que te esperaba el mundo como lo habías conocido antes, pero ahora…, ahora no creo que haya dónde ir.
—¿Pero entonces, para qué irás…?
—Por ellos, solo por ellos, no creo que ningún lugar sea más seguro que aquí. Pero ellos deben tener alguna esperanza, allí también era bueno tener esperanzas.
Se mantuvo en silencio unos instantes, pensativo. Luego sacó una pistola del bolsillo y se la mostró a Horacio. —Carga doce balas —le dijo—. Aquí tienes dos cargadores llenos, quiero que te la quedes.
No tuvo tiempo para reaccionar, el arma y los cargadores estaban sobre la mesa y Alberto ya estaba saliendo de su apartamento. Cuando se despidió, Horacio tuvo el presentimiento que le debería la vida a ese hombre y a esa arma en menos tiempo de lo que pensaba.
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