Un poco de música con imágenes
Astor Piazzolla - Adios Nonino
"Nací el 1° de Marzo de 1890" -cuenta Quinquela Martín en su libro autobiográfico-.
"En rigor no estoy muy seguro de haber nacido en esa fecha. Mi nacimiento se pierde en la sombra de lo desconocido. Lo único que sé y pude comprobar, es que el 21 de marzo de 1890, un niño de pocas semanas fue depositado en torno de la Casa de los Niños Expósitos". Junto al niño había un papel y escrito con lápiz decía: "Este niño ya fue bautizado y se llama Benito Juan Martín".
Así de humilde fue el origen del afamado Pintor de La Boca, filántropo y protector de las artes. Hoy, una de las figuras más grandes del arte argentino.
Toda su vida fue apasionante. De ser un niño criado en un asilo, adoptado luego por el carbonero genovés don Juan Chinchella y su esposa doña Juana Molina hasta ser descubierto por Pío Collivadino -figura cumbre de la plástica- llegó a ser muy reconocido.
Viajó por Europa, México, Cuba y Estados Unidos exponiendo sus obras, fue agasajado por papas y reyes y cuando regresaba era recibido con desfiles, procesiones y banquetes; ademas fue un gran benefactor y es por esto que
permanece en el alma popular como un artista que honra nuestra cultura.
Cuando era un jovencito que no soñaba con llegar a ser famoso, Benito ayudaba a su padre a cargar bolsas de carbón de la modesta carbonería familiar que estaba en la calle Irala, entre Olavarría y Lamadrid, en el corazón mismo de La Boca.
Me maravillan sus cuadros, su técnica, su imaginación y su vida interior. Con gran riqueza de espíritu traspasó los obstáculos iniciales e iluminó con colores su "aldea", la zona del Riachuelo. Hizo de La Boca un lugar más poético, más evocador, emotivo y vibrante. Disfrutar de sus cuadros es internarse en un paisaje del alma, es iniciar una travesía hacia un lugar de armonía, hacia un puerto seguro y hacia olas suaves.
Don Benito Quinquela Martín fue un hombre extraordinario, evidentemente estuvo fuera de cualquier molde y encontró en la pintura su camino, como si tuviera una misión que realizar. Con su obra intentó hacer del mundo un lugar menos cruel, para que sus vecinos pudieran hallar una existencia más alegre y luminosa.
Las pinturas intensas son su sello de fábrica, movilizan y transmiten emociones.
B.Q.M. sabía perfectamente que sin una cuota de belleza y poesía la vida sólo se convierte en una agobiante rutina.
Lamentablemente, su maestría se apagó en 1977, pero yo lo recuerdo como el hombre que se atrevió a la imaginación.
Sus cuadros, murales y grandes pinturas decorativas se pueden disfrutar en el museo dedicado a su obra, como no podía ser de otra manera, ubicado en su amado barrio de La Boca, del que alguna vez dijo: "Cuanto hice y cuanto conseguí, a mi barrio se lo debo. De ahí el impulso irrefrenable que inspiró mis fundaciones, todas ellas afincadas en La Boca. Por eso mis donaciones no las considero tales, sino como devoluciones. Le devolví a mi barrio buena parte de lo que él me hizo ganar con mi arte. Los dos los siento como fundidos dentro y fuera de mí mismo".
Pintor, grabador y muralista, el ángel custodio de La Boca que decía "a los artistas les falta un tornillo" , con gran bonhomía y sin tomarse muy en serio ante tanto suceso, transformó al barrio y disipó para siempre la niebla y el humo del Riachuelo.
Pintura "a la espátula"
Algunas de sus obras
El 12 de abril de 1932 las cenizas del volcán Quizapú cubrieron la región de Malargüe, Mendoza; llegaron a Buenos Aires e inspiraron a Quinquela que pintó "Cenizas volcánicas de Mendoza"
Fogata de San Juan
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