
Cuentan los memoriosos que hace muchísimos años el Zorro y el Tigre eran muy compinches. Solían salir a pasear y cazar juntos. Todo fue bien hasta que una vez, en verano, los dos amigos se encontraban durmiendo la siesta a la sombra de un algarrobo. El Zorro, acosado por el hambre, despertó antes que el Tigre y alcanzó a ver a lo lejos que una tambera pastaba en el campo. Suavemente el Zorro despertó al Tigre diciéndole: “Tío Tigre, por allá va pasando una tamberita bien gordita...”. El Tigre, de mal humor, le contestó: “Juan, deja nomás que pase”. Transcurrió un rato y de nuevo el Zorro tocó al Tigre para decirle: “Tío Tigre, por allá va pasando una hermosa chanchita”. “Deja nomás que pase”, contestó el Tigre, mientras continuó durmiendo. El Zorro, acosado por el hambre, aguantó hasta que un rato después vió pasar otra vaquillona. Esta vez, el Zorro intentó ser más convincente. Y dijo así: “Adiós vaquillona hermosa...”. Al escuchar, el Tigre dio un salto para ver si era cierto y efectivamente se dio con una apetitosa vaquillona que pastaba cerca del algarrobo. De un salto, el Tigre dio por tierra con el vacuno y comenzó a faenarla, mientras el zorro se relamía esperando su turno para participar. El Tigre desprezó el animal con la maestría de un cirujano del Senasa. Y cuando separó las tripas el Zorro sugirió: “Tío Tigre, tiremé pues una tripa...”. “No -dijo el Tigre- son para bombillas de tu tía”. Un rato después el Tigre separó la panza y el Zorro dijo: “Tío Tigre, tiremé pues esa pancita...”. “No -dijo- eso es para yerba de tu tía”. Y así pasó el tiempo, el Tigre comiendo un muslo y reservando el otro para la tía; comiendo una nalga y reservando la otra para la Tigra, hasta que se comió la mitad del animal sin convidarle ni un pucho al pobre Zorro, que seguía mirando cada vez con más hambre y enojo pues al fin y al cabo, era él quien había visto primero la vaquillona.
Cuando el Tigre terminó de comer, le vino sueño y antes de echarse a dormir una siesta, le pidió al hambriento Zorro que le llevara la mitad que quedaba del vacuno a la tía Tigra. El zorro, ni lerdo ni perezoso, aceptó en el acto el mingado y, sacando fuerzas de donde no tenía, comenzó a cargar la mitad del animal. Y así, el Zorro arribó a la casa de la tía Tigra quien, al verlo llegar tan cargado, salió presurosa a darle una mano.
Cuando el Zorro descargó la carne, le dijo a la Tigra mirándola de pies a cabeza: “Tía, esto le manda el tío Tigre para que comamos y durmamos los dos”. “Si eso ha dicho tu tío, así será”, contestó la Tigra. Dicho esto, Tigra y Zorro se dieron a la tarea de comer y saciar el hambre. Cuando terminaron, se fueron al rancho y la Tigra bien comida se estiró cuan larga era en su cama matrimonial mientras le decía al Zorro: “Juancito, acostate para los pies”. “No; me han de decir Juan de los pies”. “Bueno -respondió la Tigra- acostate en la cabecera”. “No -contestó el Zorro- me han de decir Juan de la cabecera”. “Está bien Juancito acostate aquí a mi lado”, mientras alisaba las cobijas con su mano. Y así fue, se acostó al lado de la felina y ambos hicieron lo que querían hacer hasta que quedaron dormidos. Tanto durmieron que no escucharon horas después, la llegada del Tigre, que los sorprendió durmiendo a pata tendida como dos angelitos. Los rugidos de rabia del Tigre despertaron al Zorro que de un solo salto salió por la ventana a toda velocidad con el Tigre por detrás. Tan pegado iban los dos que cuando el Zorro iba metiéndose en una cueva que encontró al paso, el Tigre alcanzó a tomarlo de la cola, pero Juancito se salvó cuando a los gritos dijo: “Ehhh, mi tío, por agarrarme la cola agarró una raíz”. Por no caer en el ridículo, el Tigre en el acto soltó la cola y así el Zorro pudo meterse en el agujero y salvar su pellejo.
Luego de un buen rato, el Zorro permanecía en la cueva mirando para afuera y el Tigre afuera mirando para adentro. Después de horas, el Zorro comenzó a sentirse mal pues le crecían las ganas de salir a un descampado para hacer aguas menores, mayores y de las otras. Entretanto, el Tigre que seguía vigilando, al ver que anochecía resolvió hacerse el dormido para ver si engañaba al Zorro. El Zorro se dio cuenta y en voz alta dijo: “Mi tío se hace el dormido, parece que no sabe que los tigres duermen con los ojos bien abiertos”. Y oído esto, el Tigre abrió los ojos bien grandes lo que el Zorro aprovechó para tirarle un puñado de tierra cegándolo por un buen rato. Esto le permitió al Zorro escapar de la cueva y huir a gran velocidad, sin que el felino pudiera sospechar siquiera el rumbo. A partir de entonces, el Tigre nunca dejó de perseguir al Zorro. Quiere que con su pellejo pague su traicionero accionar con la Tigra. Dicen también, que desde entonces el Zorro no dejó de hacerle al Tigre una y mil chanchadas, incluso, no perdió oportunidad de humillarlo. Pero esa es otra historia.