Escribir cura.
Todo aquel que tenga costumbre de escribir lo sabe bien.
Escribiendo sacamos de nosotros todo aquello que pueda
hacernos daño, y lo convertimos en algo bello, o algo duro,
pero en algo que ya no nos puede afectar.

De entre muchos anhelos

Cuando tienes cuatro añitos el mundo es muy erguido, y el pasto amarillo verdoso es todo el universo. Una varita de higuera, un hoyito en la tierra, un mundo subterráneo encandilado por la luz del sol abrasador. En medio del desierto, vives en una casa con un jardín siempre verde, presientes que eso es un milagro. Amas el agua y sales todas las tardes a regar. Esperas pacientemente a que el sol se oculte detrás de algún cerro misericordioso. La higuera con su magnífica hoja y fruto, el naranjo salpicado de fragantes flores, el limón y el yucateco, quemados del lado donde se pone el sol. Cuando hace viento en tu desierto, esperas con ansia en la ventana para verles pasar. A lo lejos se ven pequeños pero conforme el soplo cumple su promesa, ante tus ojos se convierten en gigantes ruedas de fuego y espinas que nadie sabe a dónde van, pero todos intuyen de donde vienen. Alguien te dijo que se llaman chamizos. Los viste en las dunas, y en el chaparral. Recorren la salada y llegan al mar. Pasan veloces frente a tu ventana, y aunque no quieres encontrarte en su camino, sabes que así como vienen van, y quizá no pase mucho tiempo antes de volverles a ver. Monstruos espinados, amos del despoblado. Cabellos alaciados por el calor del viento. Piel áspera y seca surca tus afables sonrisas. ¿Y la lluvia anual en tu desierto? Floreen los sahuaros, todo cambie de matiz. El cielo intensifique su color, el aire mude su tono, la tierra sedienta absorba la lluvia al instante, sin dejar huella de su paso esporádico. Solo un pensamiento en tus memorias ¡Eres tan efímera, lluvia! Dejas a tu paso estupor y sofoque. Sudas a cántaros y el agua te reta saliendo caliente de la regadera. No encuentras alivio. Metes tu cara en el congelador, y entonces crees, y haces una plegaria por viento seco. Comes cubos de hielo mientras observas las rosas, los rosales… ellas se abren y muestran su corazón a todo aquél que se atreva a tocarles. Pese a su esplendor, envidian a las bugambilias su altura y aun así, te perdonan todo llenando tu olfato y memorias de su fragante olor. Cuando tienes cuatro años lo único que quieres hacer es ir allá afuera, y dejar que el milagro anual del agua que desciende del cielo te empape el rostro, el cabello, la ropa, las manos con pecas por el sol. Caminar en la lluvia y dejar que el lodo se meta entre el meñique y el pulgar, mientras te comes el corazón de una sandía a cucharadas. Revolcarte en el placer de la lluvia regando los céspedes, convirtiendo los parches de tierra fina en lodo, la naturaleza muerta en viva, las zanjas en canales, donde nadar significa meterte al baño turco, salir con lodo injertado en tu piel. Caminar descalzo, en reversa con la cabeza inclinada viendo el cielo produce disociaciones de la realidad, claro, siempre y cuando tengas cuatro años. Pero cuando tienes siete, y montado en tu bicicleta se encumbra el cabello al aire, por un instante sientes que vuelas. Sueltas los cuernos y te paras en los pedales con los brazos extendidos, a toda velocidad, sin pensar en el trancazo que tienes asegurado delante, ¡volaste, volaste! eres un ave, eres un jilguero, un ruiseñor. La luna de Octubre, Dios nuestro, la luna llena. Como un sol clemente asciende detrás de las montañas llenándolo todo. De rojo a naranja, de amarillo a plata. La luna llena de Octubre en tu desierto, Mexicali. Inspiradora de poetas, eclipse de estrellas. Los olores del otoño. ¡El otoño ya llegó! Sientes la seguridad de haber sobrevivido otro verano calcinante e hirviente, que aparenta ser perenne baño de vapor, horno donde se cocieron los ladrillos y el adobe. El incipiente otoño anuncia la proximidad del frío nocturno y congelante, te llena de escalofríos, tus dientes castañean y sabes que eso también pasará: Así como es tan fugaz el otoño es pesimista el invierno, siempre recordándonos que está por acabarse, y que el caloron viene hacia ti saltándose la primavera otra vez, galopante como jinete apocalíptico. La flor del desierto, la cachanilla. Los cucapáh y su Salada. Mi cañón de Guadalupe, te echas un clavado en sus manantiales, te secas al sol estirado en una piedra. El Centinela y la Rumorosa. ¡Cuanto los amas y añoras, apreciados tuyos! Tus amigos de la niñez, aquella higuera, el rosal, mi chinchilla y el evasivo sapo-toro, el grillo que guardaste en una caja de cerillos bajo la cama. La cucaracha gigante y voladora, oyes su zumbido, sientes sus pisadas de alambre y púas en tu espalda mientras duermes. El verano la trae cargada de huevillos. El sol te quema los pies descalzos y te hace brincar, es tu aliado, forzándote a pasar las horas leyendo, tomando agua, pelando frutas, pintando y escribiendo, suspirando. Muchos veranos te hacen versado en sobrevivencia. Te mantienen flaco y letárgico. Sigues caminando en reversa, con los ojos fijos en el cielo, pensando si así, por algún milagro divino, el tiempo se detenga, quizá puedas volver a tu añoranza, y por ventura pueda yo encontrar otro árbol que floree en mi otoño y llene tu casa de abejas. Un sauce llorón, un pino salado. Todos saliendo al atardecer. Caminan a lo largo de tus fronteras, siempre temiendo cruzar por accidente al otro lado. Quizá las estrellas centelleen más hoy que nunca en el chinero, y los aullidos del coyote aún sigan recordándote como yo. Quizá podamos, otra vez saborear las mieles de los raspados, las cebollitas verdes, los tacos vespertinos, la cheve helada, la conversación amable con los amigos de siempre. Quizá te vea en el porche de tu casa, al crepúsculo. Te debo un paseo por la chinesca, una salida nocturna al Centinela, rodaremos por su lado amable, su arena fina. Amigos de la niñez y adolescencia. Quiero que la Rumorosa te quite el aliento. La visión nocturna de Mexicali desde las alturas quede para siempre tatuada en tu corazón. Millones de estrellas derramadas en medio del desierto. Quiero recordarte a los que se te adelantaron, cuyo graffiti permanece indeleble bajo las capas de cal. Los paseos ejidales, donde el verde de los sembradíos de sandías, melones y tomates, aseguran la llenura del frutero de tu mesa. La wisteria y sus personajes de Fellini. Te recuerdo salpicada de arena, atravesada por un canal, rodeada de ejidos. Desde los periodistas hasta Lázaro Cárdenas, de Díaz Ordaz a Benito Juárez. Escribes y canalizas tus añores de volver a los brazos de tu apego, Mexicali, y a través de tu caminar en reversa y descalza, revives los milagros, los muchos milagros de cada amanecer y atardecer. Eres única, irrepetible y exclusiva de mi gran amor, Mexicali.
Autor
Valentina
México
Cuentos
Siempre ha existido alguien a quien le gusta contar una historia y alguien a quien le gusta escuchar. Ese es el principio básico que le ha permitido a la Narrativa vencer las barreras del espacio y el tiempo.
Desde que el hombre comenzó a vivir en comunidad, gustó de reunirse alrededor del fuego cuando terminaba el día, y sintió la necesidad de contar a los demás sus experiencias y los sucesos que le habían acaecido, muchas veces refiriéndolos como si le hubieran sucedido a una tercera persona o enriqueciendo y transformando la realidad con su fantasía. Así el relato se empezó a independizar de su autor y los oyentes pudieron repetirlo y recrearlo.
En su larga vida la narrativa ha conocido dos tipos de transmisión: la oral, que consistió en la repetición de padres a hijos a través de generaciones; la escrita, que fijó sus formas y las embelleció con sus propios recursos.
Existen distintas formas de narrar. El cuento, la forma primitiva, es el único que se ha adaptado a través de los tiempos. Una narración breve de un suceso imaginario, en la que aparece un reducido número de personajes, una sola acción, un solo foco temático. Su finalidad es provocar en el lector una única respuesta emocional.
No hay peor violencia cultural que el embrutecimineto que se produce cuando no se lee
“Leer porque si”
significa leer porque uno tiene ganas de hacerlo sin ninguna justificación lógica, porque “se le canta” leer y no le tiene que rendir cuentas a nadie, porque quiere enfrentarse a un texto sin pensar que después se lo van a hacer separar en párrafos, o le harán buscar sustantivos comunes o propios, o le pedirán que descubra los adverbios y preposiciones, o le van a hacer analizar sintácticamente su título, o le van a dar una guía de interpretación…
Se "lee porque si" cuando se busca disfrutar de la lectura sin condicionamiento alguno...
Comunidad: Botanica "el maravilloso mundo verde"