Buenas, he aquí de nuevo, con un nuevo cuento propio. Veamos que les parece.
Sora comenzó a deambular rápidamente por toda la casa. El corte era profundo, y se extendía en diagonal por todo el dorso de su mano derecha.
Temblando de dolor y sujetándose con la mano izquierda, el joven revolvió toda su casa para encontrar algo que detuviera la hemorragia. Lo único que consiguió fue una floreada tela rosa.
Maldiciendo a lo bajo, Sora se apresuró a cubrir la herida, la cuál perdía descomunalmente sangre. Una vez que estuvo la herida bien cubierta, el muchacho se sentó en la silla más próxima, relajado.
Volvió a mirarse la mano. Aún con la venda puesta, la herida desprendía infinidad de gotas de sangre. El dolor era punzante, pero aún así soportable. Se enderezó y empezó a caminar por la casa para ahuyentar el dolor.
Pasados unos minutos, una calma y estabilidad invadió el cuerpo del niño. Sora notó que su herida no sangraba más. Realmente asombrado, desprendió poco a poco la tela, que ya estaba completamente roja.
La herida había desaparecido. No había rastros de la enorme irregularidad que producía la herida en el dorso de su mano derecha.
En el momento en el que Sora caía al suelo, una manó tocó el timbre. Tal vez era una mano en el aire, o ésta se encontraba unida al resto del cuerpo. La única certeza es que esa mano estaba vendada por una floreada tela rosa, y que desprendía una infinidad de gotas de sangre.
Infinidad de Gotas de Sangre
Sora comenzó a deambular rápidamente por toda la casa. El corte era profundo, y se extendía en diagonal por todo el dorso de su mano derecha.
Temblando de dolor y sujetándose con la mano izquierda, el joven revolvió toda su casa para encontrar algo que detuviera la hemorragia. Lo único que consiguió fue una floreada tela rosa.
Maldiciendo a lo bajo, Sora se apresuró a cubrir la herida, la cuál perdía descomunalmente sangre. Una vez que estuvo la herida bien cubierta, el muchacho se sentó en la silla más próxima, relajado.
Volvió a mirarse la mano. Aún con la venda puesta, la herida desprendía infinidad de gotas de sangre. El dolor era punzante, pero aún así soportable. Se enderezó y empezó a caminar por la casa para ahuyentar el dolor.
Pasados unos minutos, una calma y estabilidad invadió el cuerpo del niño. Sora notó que su herida no sangraba más. Realmente asombrado, desprendió poco a poco la tela, que ya estaba completamente roja.
La herida había desaparecido. No había rastros de la enorme irregularidad que producía la herida en el dorso de su mano derecha.
En el momento en el que Sora caía al suelo, una manó tocó el timbre. Tal vez era una mano en el aire, o ésta se encontraba unida al resto del cuerpo. La única certeza es que esa mano estaba vendada por una floreada tela rosa, y que desprendía una infinidad de gotas de sangre.