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Amigas, sólo amigas.

Arte9/29/2012


















Yo te quería inocente,
tan pura como la vida te trajo.
Pero es en la inocencia donde más se más manchan los extravíos,
la tuya y la mía, tus deseos y los míos.
Resultamos no ser tan fuertes,
dos amigas que sólo querían amistad
y terminaron siendo llevadas a un camino de desdichas,
en este mundo de maldad.
Nosotras, que sólo queríamos amarnos,
fuimos despojadas hasta de nuestra dignidad;
nadie, hoy, se permite mirarnos
sin un dejo de superioridad.
Somos inmorales, es cierto.
Fuimos torpes, idiotas, vulnerables.
Teníamos en el alma un desierto
y en el pecho de la otra, el oasis, tan deseable.
Yo soñaba con hacerte feliz,
sin importar el desliz.

Acosada por estos sentimientos,
yo te miraba, un día, la boca.
Sin pensarlo y sin miramientos,
así como lo haría una loca,
te regalé un pequeño beso
tímido, dulce, delicado.
Quizás, todo hubiera terminado,
pero, también, te gustó eso
y, más que terminar, recién habíamos comenzado.
Hablamos, como amigas, sin tocar el tema,
porque teníamos un turbio dilema:
tu corazón estaba atado
al de un hombre que habías amado.
Él era bueno y gentil,
y no queríamos herirlo,
pero el tiempo te quitó lo sutil
y no pudiste dejar de decirlo:
querías separarte de su lado.
Pensabas que todo había cambiado.
Supusiste que él, con tiempo, entendería.
Pero ¡qué dolorosa sería
nuestra condenada experiencia!
Él se aferró más, todavía,
y, sin pudor de consciencia,
te encerró como a un animalito
y sólo me enteré por un grito.
Él me impedía verte.
No sé si lo sabía, pero nadie entraba.
Impotente, yo luchaba,
pero él era más fuerte.
Yo, la delirante enamorada,
te soñé mi Rapunzel,
que ansiaba ser liberada,
y usé toda la astucia de Luzbel,
para lograr ese objetivo.
Me fui de la casa, pero decidida
a cortar la cabeza del dragón altivo.
Un día de esos, escapamos.
No fue sencillo, y nos llevó meses,
pero, como dije, lo logramos,
aún con todos los reveses.
Hubiera podido ser un buen final,
pero a nosotras nos fue mal,
porque su marido nos persiguió,
hasta que, al fin, nos encontró.
Llevaba un arma de fuego,
y yo estaba aterrada, y temblaba.
Él me insultaba y me apuntaba,
y gatillaba, como si fuera un juego.
Creí que estaba vacía
y sólo quería asustarme,
pero la expresión sombría
y su forma de mirarme,
me hicieron temer por mi vida
y me eché a llorar.
Me sentía tan perdida,
que mi vejiga no pude controlar,
y mojándome y llorando,
casi nada pude ver,
mientras la orina sentía correr,
y, con la visión nublada, me quedé suplicando.
Escuché un disparo y un sonido más,
como de algo cerámico romperse,
y el hombre cayó y dejó de moverse.
Ella estaba escondida, detrás,
y me había defendido.
Miré a la pared, donde había sido
que había terminado el impacto,
y fue a milímetros de mi cabeza.
Le dije, con mucho tacto,
que, quizá, lo había matado.
Vi entristecerse su belleza
y quise salvarla, como ella me había salvado.
Le propuse deshacernos del muerto,
pero, por algún motivo incierto,
ella creía que habría un mejor resultado,
si mostrábamos que lo habíamos intentado
y contábamos nuestra verdad al mundo.
Tengo que decir,
con el dolor más profundo,
que aquello fue un gran error.
Tuvimos que repetir,
una y otra vez, nuestra historia,
machacar nuestra memoria
con detalles tan dolorosos.
Hasta que se demuestre la inocencia,
son todos sospechosos,
y así fuimos nosotras tratadas con violencia,
tratando de arrancarnos confesiones
de cosas que nunca ocurrieron.
Pero las que sí supieron,
y a pesar de nuestras peticiones,
por todas partes, divulgaron,
y todos nos odiaron y juzgaron.
Hasta se conoció, para mi vergüenza,
el hecho de que me orinara,
yo que rogaba que no se mencionara
pero la cosa estaba así de densa.
Ella fue ocho años a prisión,
ocho años por salvarme la vida.
cada vez más demacrada y sufrida,
me hacía sentir compasión,
pero no había nada que pudiera hacer
y, cuando la podía ver,
ella me contaba cosas:
la violaban, le robaban, la golpeaban...
siempre, siempre, la degradaban.
Y estas anécdotas horrorosas,
aunque pedí ayuda y lo denuncié,
a nadie conmovieron
y, todos esos años, siguieron.
A mí, por mi parte,
me decían destructora de hogares
y todos se alejaban a otros lugares
y murmuraban, aparte.
Se me consideraba una asesina,
mujer pervertida y ladina,
que planeó aquella muerte,
y de corazón inerte.
Mientras, ella sufría
y yo me preocupaba.
Pensé que cualquier día,
si esto no mejoraba,
la encontrarían colgada.
Pero ella fue muy fuerte,
con su cuerpo frágil y pequeño,
mantenía aquel empeño
de soportar su suerte.
A pesar de ser tan indefensa,
la reclusa más propensa
a los abusos de las otras,
ella pensaba en nosotras.
Yo la quería ayudar, pero no podía
y tuve que resignarme,
para no acabar por desquiciarme,
porque nadie nos quería.
Al fin, cumplió su condena,
tan triste y maltratada,
deshonrada y humillada,
pero aún era buena.

Fue difícil para ella,
en ese mundo monstruoso,
mantener su lado hermoso,
su dulzura de doncella.
Esos días de continuas violaciones
ya se terminaron.
No más insultos y privaciones.
Esas cosas pasaron.
Y si, en tu alma sufrida,
llena de cicatrices,
se asomaran, infelices,
los indeseables recuerdos
de esa parodia de vida,
de ese mundo de cerdos,
voy a cuidarte, mi amor,
para que olvides tu dolor.
No nos van a separar,
aunque nos tengan hartas,
con sus graffitis y pancartas.
Te amo, y voy a luchar.
Aunque luzcas consumida
y aunque estés muy golpeada,
tu parte está terminada
y yo estoy decidida
a cumplir con la mía.
Algún día, voy a curarte
de todo eso que pasaste,
porque te sacrificaste.
Quiero salvarte
de esa decadencia
que opaca tu presencia,
que alguna vez brilló.
Y sabrás que esta mujer
te jura que lo va a hacer
como que siempre te amó.










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