Hola, aquí comparto un pequeño fragmento de mi novela La Casa. es de un capítulo llamado Soliloquio de un Desocupado. espero les guste, son las reflexiones de un hombre que se encuentra sin trabajo, simplemente eso. saludos.
Soliloquio de El Flaco José. La Casa, 1999.
Un desocupado es alguien que mira muchas horas de televisión. Un desocupado tiene la barba crecida y no le gusta mirarse en el espejo.
Un desocupado pasa mucho tiempo con sus hijos (pero esto es una ventaja, en realidad).
Un desocupado siente que sus manos se vuelven suaves y eso no le gusta un carajo.
Un desocupado se encuentra tarde o temprano con el terrible momento en que lo único que puede hacer es esperar, y esa, lo sabe, es la posibilidad de la pobreza.
Un desocupado llega a extrañar con cariño trabajos infames y compañeros desestimados.
Un desocupado conoce siempre el pronóstico del tiempo del Servicio Meteorológico Nacional.
Un desocupado piensa en los ojos de sus hijos (porque un desocupado los tiene, porque si no los tuviese sería un desempleado, que es más elegante y menos comprometido).
Un desocupado piensa en el suicidio, pero lo descarta enseguida. Por supuesto que para llegar ahí ya a pasado por la sorpresa hilarante, la tenacidad, la espera, la desesperación, la rabia, el arrepentimiento, el dolor del arrepentimiento, la esperanza, la desesperanza, la humillación, la sed de dios, el hambre de hombres y el fino hilo de la locura. Entonces sí, se descarta el suicidio (no sin antes pensarlo dos veces).
Un desocupado piensa en su mujer que va a trabajar.
Un desocupado piensa en un conejo.
Un desocupado puede volverse un tipo celoso y de ahí dar un salto al casillero de los paranoicos y luego perder un turno y ser un pobre tipo al que lo dejó la mujer.
Un desocupado, entonces, lleva los chicos al colegio, limpia la casa, lava la ropa, busca a los chicos, prepara la leche, hace las compras y se encarga de la cena para que cuando regrese su mujer la casa esté confortable. Esto a veces le parece justo y a veces lo hace sentirse un cretino.
Un desocupado sufre doble si se pelea con su mujer.
Un desocupado se vuelve a hacer la paja como si tuviese dieciséis.
Un desocupado, si permanece mucho tiempo desocupado, comienza a simpatizar con la derecha. Si era un tipo de izquierda esto se hace evidente, si era apolítico está entregado como un cordero al león y si el tipo ya tenía tendencia a la intolerancia tenemos un fiero posible asesino.
Un desocupado suele ser un buen tipo, pero detesta ese adjetivo.
Un desocupado se siente en el borde del abismo.
Un desocupado tiene aversión por las fiestas y reuniones familiares, siendo los cumpleaños y las navidades su fechas más lacerantes.
Un desocupado sufre y disfruta amortiguado en la neurosis.
-¿En qué pensás, flaco? ¡Te me colgaste de una rama!-, le dijo Juan Rozas.
-¡Eh! En nada, Juancito. En pavadas que se le ocurren a uno.
Soliloquio de El Flaco José. La Casa, 1999.
Un desocupado es alguien que mira muchas horas de televisión. Un desocupado tiene la barba crecida y no le gusta mirarse en el espejo.
Un desocupado pasa mucho tiempo con sus hijos (pero esto es una ventaja, en realidad).
Un desocupado siente que sus manos se vuelven suaves y eso no le gusta un carajo.
Un desocupado se encuentra tarde o temprano con el terrible momento en que lo único que puede hacer es esperar, y esa, lo sabe, es la posibilidad de la pobreza.
Un desocupado llega a extrañar con cariño trabajos infames y compañeros desestimados.
Un desocupado conoce siempre el pronóstico del tiempo del Servicio Meteorológico Nacional.
Un desocupado piensa en los ojos de sus hijos (porque un desocupado los tiene, porque si no los tuviese sería un desempleado, que es más elegante y menos comprometido).
Un desocupado piensa en el suicidio, pero lo descarta enseguida. Por supuesto que para llegar ahí ya a pasado por la sorpresa hilarante, la tenacidad, la espera, la desesperación, la rabia, el arrepentimiento, el dolor del arrepentimiento, la esperanza, la desesperanza, la humillación, la sed de dios, el hambre de hombres y el fino hilo de la locura. Entonces sí, se descarta el suicidio (no sin antes pensarlo dos veces).
Un desocupado piensa en su mujer que va a trabajar.
Un desocupado piensa en un conejo.
Un desocupado puede volverse un tipo celoso y de ahí dar un salto al casillero de los paranoicos y luego perder un turno y ser un pobre tipo al que lo dejó la mujer.
Un desocupado, entonces, lleva los chicos al colegio, limpia la casa, lava la ropa, busca a los chicos, prepara la leche, hace las compras y se encarga de la cena para que cuando regrese su mujer la casa esté confortable. Esto a veces le parece justo y a veces lo hace sentirse un cretino.
Un desocupado sufre doble si se pelea con su mujer.
Un desocupado se vuelve a hacer la paja como si tuviese dieciséis.
Un desocupado, si permanece mucho tiempo desocupado, comienza a simpatizar con la derecha. Si era un tipo de izquierda esto se hace evidente, si era apolítico está entregado como un cordero al león y si el tipo ya tenía tendencia a la intolerancia tenemos un fiero posible asesino.
Un desocupado suele ser un buen tipo, pero detesta ese adjetivo.
Un desocupado se siente en el borde del abismo.
Un desocupado tiene aversión por las fiestas y reuniones familiares, siendo los cumpleaños y las navidades su fechas más lacerantes.
Un desocupado sufre y disfruta amortiguado en la neurosis.
-¿En qué pensás, flaco? ¡Te me colgaste de una rama!-, le dijo Juan Rozas.
-¡Eh! En nada, Juancito. En pavadas que se le ocurren a uno.