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[Relato propio] Mirada Partida

Arte1/28/2014
Saludos.

Bien, como inactivo es poco para describir mi presencia en la comunidad de Taringa, he decidido hacerme del participar con un relato propio (que en realidad es basura adolescente que escribí a principios del año pasado, y odio el toque romántico que me arrepiento de haberle dado a la historia. Pero, como quería que alguien en específico lo leyera, aprovecho para activarme, y a pedido, lo hice Post).






Síndrome de la Mirada Partida


Habíase ya apoderado casi totalmente de mi cuerpo –De mi espíritu- aquella enfermedad, que desde hace cuatro años padezco; en esa tarde que pasé en la biblioteca, en la completa colección que teníamos mi padre y yo, junto al tutor de mi hermana, quien era prácticamente mi única compañía en los vastos pasillos de papel y tinta de aquella habitación de la casa Corneille.
- Su hermana ha estado últimamente más distraída que de costumbre –Me dijo para romper la fútil concentración en un vano pensamiento que me distraía de la lectura y ahora no recuerdo.
- Sabe bien, Lewis –Le contesté-, lo testaruda que es mi hermana respecto a escuchar.
En ese momento Lewis mostró una ligera sonrisa, premisa de carcajada; la ignoré y continué.
- A mí mismo me ha sido difícil llamar la atención de Carmilla –Mi hermana-, pero cuando se acostumbra, es una excelente oyente.
Cuando apareció la leve carcajada proveniente de mi compañero. Respondí con una mirada interrogante.
- Me pregunto –Dijo entonces- si la distracción de la señorita Carmilla es causa, también, de pensar en su hermano.
Al acabar estas palabras ambos retomamos nuestras lecturas, o, más bien, yo lo he intentado, pues sólo se presentaba en mi mente el pensamiento en Carmilla, en ella, y en su media mirada.
Fue uno o dos meses antes de que comenzara –O se notara- mi padecimiento, cuando Carmilla recibió un castigo tal vez peor al que hoy me atormenta.
Los integrantes de la familia Corneille tenemos una mirada frívola, lóbrega, mas no mi hermana. ¡Ah!, Carmilla; ella relucía nuestros ojos azulados, secos, vidriosos, con un brillo y un sentimiento que ningún otro Corneille sabía darles. Ahí estaban sus ojos, sobre sus suaves mejillas, decoradas con los bellos hoyuelos de su sonrisa, su peculiar sonrisa.
Pero parece que los Corneille estamos condenados a una mirada fúnebre, puesto que la hermosa mirada de Carmilla no fue eterna, no en su totalidad. Fue por esto que para la familia Corneille –O sólo para mí- no hubo martirio alguno como aquella infección que partió a la mitad esta hermosa mirada…
- No me equivoco si afirmo que usted está pensando en su hermana, ¿no es cierto? –Interrumpió, nuevamente, Lewis.
-No es ella, es ese ojo.
-Ese ojo…
-Ese ojo cuyo par fue reemplazado por un negro parche –Y al decir eso Lewis tiñó su rostro con tonalidades serias y melancólicas, como la que decoraba mi semblante desde minutos antes. –Ese ojo que no me deja en paz, me persigue, me absorbe, ese ojo…
- Ese ojo que tendrá que dejar ir algún día –Concluyó Lewis mi frase, y lo ignoré.
-Ese ojo único y exclusivo que sólo posee mi hermana –Dije posando mi libro sobre una mesa, y abandoné la biblioteca.
Esa charla mezclada con abstractos pensamientos me había hecho perder el sentido del tiempo; cuando salí de la biblioteca, los enormes ventanales del pasillo me enseñaron que ya había anochecido. Decidí entonces ir a darle las buenas noches a Carmilla.
Crucé los numerosos pasillos de la casa Corneille hasta el fin llegar al vasto portón del aposento de mi hermana. Al entrar la encontré casi dormida, y al verme entrar, interrumpió su descanso sentándose en su lecho, dejando caer las blancas y suaves sábanas por su camisón hasta su cintura; y pude apreciar, entonces, claramente, esa media mirada adormecida y encantadora, que me daba la bienvenida mientras atravesaba el amplio umbral junto a la luz del pasillo, única iluminación del aposento en ese momento.
- ¡Ah!, ahí estás, Voltaire –Se dirigió mi hermana hacia mí-, no puedo dormir, estoy ansiosa por mi fiesta de mañana, y nerviosa y… -Así siguió mi hermana menor mientras relataba los sentimientos que le producía el festejo que se llevaría a cabo la noche siguiente por su cumpleaños número quince- Según dice nuestro padre –Continuó mientras me sentaba a su lado- vendrán a felicitarme personas importantes, como el Duque Disward y… -Se detuvo mientras yo acariciaba la mejilla bajo la parte perdida de su mirada.
Nos miramos en silencio por un minuto. Su ojo estaba fijo en mí, y yo no podía escapar, no podía soltar su alma, su sangre. Carmilla rosó y sostuvo suavemente la mano que posaba yo en su rostro, y luego sonrió, como sólo Carmilla podía sonreír. Me incliné ligeramente hacia ella, y, acariciando su rostro, llevé mi mano a su mentón, bajo la mirada partida de Carmilla nació un vago escarlata. En ese momento mi mirada perdió el foco del ojo de mi hermana, y, sin que lo deseara, me incliné un poco más hacia ella; entonces su rostro abandonó su sonrisa, mas no por disgusto, y se inclinó ligeramente hacia mí como imitándome.
Pero ahí estaba mi enfermedad, más latente que en otros momentos. Provocándome puntadas en el corazón, como si éste estuviera seco y necesitara saciar su sed; puntadas cada vez más fuertes a medida que me acercaba a mi hermana. Mientras cada vez yo podía sentir más su respiración, a mí más me costaba respirar. Entonces decidí cometer un acto de fuerza y ética. Con mi mano libre me sujeté con fuerza de las sábanas del lecho de Carmilla, con la esperanza de que esto me mantuviera lo suficiente lejos de mi hermana; y en cierto modo pude estabilizarme. Separé mi mano de su rostro y devolví mi mirada hacia su ojo. Las mejillas de Carmilla estaban ahora más sonrojadas y nosotros más cerca mutuamente de lo que pensé. Mas el único ojo de Carmilla separóse de los míos para caer sobre la mano que al igual que su par, la había abandonado. Esa media mirada cayó sobre mi mano como una daga, y para disimular este dolor y el de mi enfermedad, besé su suave mejilla, que entonces sonrojó más.
Carmilla, posteriormente a mi beso, posó su ligera cabeza en su almohada, dejándome arroparla. Y mientras estaba a punto de abandonar el aposento, mi hermana formuló una petición para mí:
- Voltaire, ¿prometes, siquiera odies la danza, bailar, aunque sea una canción, conmigo mañana?
Asentí –Tan ligeramente que dudo que haya podido percibirlo-, y, finalmente, como la luz del pasillo, abandoné su aposento.
A esa edad Carmilla era una encantadora niña; se la pasaba sonriendo, sonriendo, tal vez, para que los otros no dejamos de sonreír –Pues cuando ella sonreía no se podía evitar hacerlo también -. Esa hermosa sonrisa estaba ubicada junto a sedosas mejillas que se unían en un dulce mentón, formando una curva que tomaba por completo mi admiración; mas sobre estas mejillas cuya sonrisa marcaba con peculiares hoyuelos, se encontraba, por el lado derecho, un oscuro parche que ocupaba una vasta porción de ese hermoso semblante, por el cual el flequillo de Carmilla se deslizaba, y que ocultaba tras de sí el doloroso martirio que ella había soportado. Del otro lado encontrabase el vestigio de su mirada, ese ojo, azulado, casi púrpura, posicionado en esa mirada adormecida que formaban sus párpados, ese ojo, que como ya había dicho, me aprisionaba, y había, cada vez que lo miraba, agudizarse mi enfermedad, y desviaba inconscientemente mi mirada entonces hacia su delgado cuello, bajo su ojo, donde se apreciaba el caer de su cabello.
Como ya expliqué, Carmilla siempre traía una sonrisa, mas no siempre estaba alegre. Podía notarse, su sonrisa, hermosa sonrisa, no era para más que complacer a los demás la mayoría del tiempo; pocas veces ésta era una sonrisa de Carmilla. Según se notaba, se sentía sola desde la muerte de nuestra madre, es por eso que uno de los pocos momentos en los que sus labios formaban una sonrisa sincera, eran aquellos en los que se encontraba en mi compañía, y, tomando el lugar de mi madre, leíale tantas historias como proponíase a escuchar en ese momento. Su favorita era aquella obra de Le Fanu con la que compartía nombre –Ésta homonimia y mi nombre son un ejemplo de la afición de nuestro padre por la literatura, y aun dudo como nuestra madre permitió estos nombres-; aquella obra penetraba en mi cabeza cada vez que la leía desde que padezco esta enfermedad; y si bien esto me ha distanciado de mi hermana, me ha dado más interés por la obra –Que ya le he leído a mi hermana más de diez veces- y otras del mismo género.
Es por este interés, esta actividad, que compartía con mi hermana, que decidí, para esta importante fecha, escribir mi propio relato, para entregárselo, como presente, y para luego dejarla disfrutar del oír de mi lectura como tanto antes hacíamos. ¡Ah!, si mi enfermedad no hubiera estorbado, si ese temor que mi enfermedad me produce ahora a acercarme al ojo de mi hermana no hubiese existido, ahora estaría recitándole dicha obra junto a la calidez de una vela, y, mayormente, de su compañía. Y lamentablemente así no puede ser, y en aquel momento sabía esto, pero siquiera ya no podría leerle, ella podría disfrutarla pos i misma y recordar mi palabra.
Fue entonces que me quedé despierto toda la noche terminando el relato para mi hermana; cuando al fin terminé, noté que había dejado una numerosa cantidad de páginas arrugadas en el suelo, y que mis manos estaban abundantemente manchadas de tinta. Había perdido la noción del tiempo y de la realidad en sí, y sólo tomé esto en cuenta cuando hube terminado el libro. Estaba agotado, y tenía que hacer bastante esfuerzo para no caerme dormido sobre mi escritorio. Empeorando mi situación estaba mi enfermedad; desvelarme esa noche no fue algo inteligente de mi parte. Sentía un horrible dolor de cabeza y frío en todo el cuerpo, los latidos de mi corazón eran lentos, sentía pesados mis músculos y mis manos temblaban. Pero lo que de verdad me torturaba
era una asquerosa sensación de sequedad en la garganta, que me había doloroso el respirar, que de por sí ya estaba alterado. Y, por supuesto, no me percaté de esto sino hasta que hube terminado el libro. Cuando pude hacer control de mis músculos –Hecho que fue una tortura- me dirigí hacia un espejo, para observar si me veía tan mal como me sentía. Y en efecto, mi rostro, además de, al igual que mis manos, manchado de tinta, estaba pálido, más de lo que era costumbre, y las ojeras que tenía en ese momento aumentaban la mórbida esencia de mis ojos. Lo sabía, no debí abusar de mi salud, y temía que mi padecimiento me hiciera perder mi baile con Carmilla.
La pesada puerta de mi estudio se abrió chirriando, como no tuve energía suficiente para voltearme, me fié del espejo para averiguar la identidad de mi visita. Era una criada, la favorita de Carmilla, y tal vez su única amiga, Isabell. Tomé fuerzas y volví a sentarme detrás de mi escritorio, desde allí aprecié mejor a la criada. Si bien no tanto como Carmilla, mi relación con Isabell era mejor que con otros criados; ella siempre estaba pendiente y preocupada de mi hermana y de mí. Era de baja estatura, joven, de cabellos claros, que caían por el costado de su amplia y pálida frente en forma de risos, por sobre sus grandes ojos hundidos; que eran opuestos a la claridad de estas cualidades, eran negros, como la noche, o como mi enfermedad. Desde que sufro la condena que actualmente sufro, Isabell es cada vez una compañía, y lo fue antes, fuera de la biblioteca, ya que ahí dentro lo era Lewis, y siempre fue quién más apoyo me dio respecto a mis padecimientos, pues sólo ella lo conocía, y sólo ella fue tan amable para brindarme una medicina provisional.
- ¡Señor Voltaire! –Exclamó al verme en mi mal estado- ¿Qué le sucede?, su rostro está tan pálido como si no hubiera en él una sola gota de sangre. –Se acercó a mí y me limpió la tinta del rostro con un pañuelo que traía- Veo por las manchas de tinta que ha estado escribiendo. ¿Es el presente para la señorita Carmilla?, ¿a caso ha estado escribiendo toda la noche?
Con languidez y casi dormido asentí, con los ojos cerrados.
- ¿Qui… Quiere beber su medicina? –Dijo nerviosa.
Abrí los ojos con esfuerzo, y al ver sus brillantes ojos tan húmedos que estaban a punto de gotear, sentí una rara sensación en mi cuerpo, en especial en mi pecho. Le dije que, por ahora, preferiría sólo una taza de café, que tomaría la medicina más tarde.
Me quedé descansando los ojos –Y el resto del cuerpo- entonces, mientras Isabell iba por mi café. Fueron minutos, que para mí parecieron una eternidad, hasta que ella volvió. Con mi cuerpo agotado y maltratado por mi padecimiento no pude hacer más que pasar esos perennes minutos en la misma posición. Podía sentir vagamente los latidos de mi corazón, como si éste hubiera batallado para escapar de mi pecho pero ya se hubo rendido y resignado a esa prisión. Sólo podía pensar en mi enfermedad, y cómo el ojo de Carmilla influía en ésta. Quería detenerla, ya no quería molestar a Isabell con eso de la medicina, ya no quería tener que alejarme de mi hermana; pero bien sabía que mientras tenga la oportunidad de apreciar lo que queda de la mirada de mi hermana, la enfermedad seguiría siendo una tortura.
Finalmente llegó la criada con el café, pero no sola, sino acompañada del joven Lewis. Dejó el café sobre mi escritorio, y luego de contemplar el marmóreo tono de mi piel, Lewis observó:
- No puede estar toda la noche sin dormir, Voltaire, es usted tan terco como su hermana, pues lo sabe.
Entonces observé que Isabell no le había mencionado nada de mi enfermedad, si bien seguramente lo sospechaba. Comencé entonces a beber el café, el cual me devolvió una pequeña parte de “vitalidad”.
- Está bien Lewis –Le contesté-, no es gran cosa, ni es la primera vez que me desvelo. Sabes bien que si detengo mi escritura sin terminar perderé la inspiración.
- Mas no es excusa –Interrumpió Isabell-, carece de sentido finalizar el obsequio para su hermana pero ausentarse a su fiesta.
«Y tal vez ausentarme es lo mejor que puedo hacer», pensé, mas no podría hacerle eso a Carmilla.
- Duerma una siesta –Continuó la criada-, es lo único que ahora puede hacer, y de lo que mejores resultados podemos esperar. Cuando usted despierte prometo darle su medicina.
Estas palabras se le escaparon a Isabell debido a su preocupación.
- ¿Medicina? –Replicó Lewis.
- Medicina. –Afirmé.
- ¿Hay una enfermedad?
- La hay –Dije mientras Isabell asentía-, mas no puedo darte detalles, no quiero alarmarte, a ti ni a nadie, Lewis, y mucho menos deseo que esto tenga cualquier recepción en la vida de Carmilla tal cual está.
Lewis lo sabía, no importa cuánto insistiera, yo no iba a cambiar de opinión, no cuando Carmilla estaba ligada al hecho. Me terminé la taza de café, me despedí –Ahora que se repusieron mis fuerzas- de mis compañeros, para dirigirme a mi aposento a tomar una siesta, para así poder cumplir con el pedido de Carmilla.
Carmilla, el salón y el resto de los preparativos para la fiesta ya estaban listos para antes que yo despertara, y algunos invitados ya estaban llegando. Al despertar dudé un momento acerca de si ir a la fiesta, pero no quería decepcionar a mi hermana; ella ya estaba en la fiesta, tal vez, esperándome. Y en efecto así era, Carmilla iba de una punta del salón buscándome a otra, pero yo aun no estaba seguro de aparecerme; la veía dar vueltas al salón desde una pequeña habitación contigua a éste, asomando mi cabeza por la puerta, pero no quería que los invitados y en especial Carmilla, me vieran en el estado en que me deja mi padecimiento. Lewis, que había notado mi observación desde abajo –Pues la entrada a la habitación en que estaba se encontraba en un pasillo superior-, subió a buscarme; afortunadamente sin Carmilla. No logré verlo, debido a la puerta y a la concentración que tenía en mi hermana, hasta que se acercó. Salí del pasillo, junto a él, con esperanza de que Carmilla no me viera.
- No quiero alarmar a nadie con esto de la enfermedad –Le dije.
- Lo sé, ¿pero es motivo para dejar a una dama sin su baile prometido?
En ese momento volví a fijar mi atención en Carmilla. Parecía ser que se había resignado, estaba bailando con el Duque Disward.
- Sí, lo es. –Y me retiré nuevamente a la habitación contigua.
Lewis se quedó parado apoyado en la baranda del pasillo observando la danza de mi hermana y el duque, hasta que decidió bajar, tal vez para fastidiarme, a buscarla.
- ¿Me permite el Duque Disward bailar con la señorita Corneille? –Pidió Lewis al acercárseles.
El duque aceptó –Seguramente deseaba bailar con demás señoritas adineradas, o tal vez con mejor cuerpo que el de mi hermana-, besó la mano de Carmilla y se la entregó como pareja de baila a su tutor.
-Gracias –Dijo ella al sujetar las manos de Lewis-, bailar con el señor Disward es incómodo, ni siquiera quería hacerlo, estaba buscando a mi hermano cuando él me tomó para bailar.
- Pues el Duque Disward rebosa de juventud y usted es una hermosa señorita. –Contestó Lewis mientras guiaba a mi hermana en el baile- Bueno, al joven amo Voltaire le agradará saber que no era intención suya bailar con el duque antes que con él.
- Voltaire… -Replicó Carmilla- ¿Dónde está Voltaire?, prometió que bailaría conmigo, odio que mi hermano haga esto, y siempre es lo mismo…
En ese momento Lewis interrumpió a mi hermana.
- Está en la habitación al final del pasillo superior.
Así, siguiendo la indicación de su tutor, Carmilla subió con celeridad y un aire de reproche las escaleras y de igual manera atravesó el pasillo. Había llegado a la puerta que nos separaba, dudó un momento en entrar, tal vez no quería verla –Ni yo podría responder eso-; pero cuando finalmente se acercó a la puerta pudo oír que no me encontraba sólo. La puerta se abrió frente a Carmilla, y de mi refugio salió Isabell, acomodando el cuello de su vestido. Por un momento ambas se quedaron mirando la una a la otra; Carmilla, con un tono de interrogación en el semblante, e Isabell, con mirada inquiera, que no quería dar respuesta. La criada salió ansiosa del pasillo terminando de abrochar su vestido, dejando a mi hermana sola en compañía de la puerta. Su delicada mano se posó sobre la perilla, y su delgado brazo comenzó a tirar de ésta, la puerta nuevamente se abrió frente a Carmilla, dejando entrar a su ojo junto a los míos. Yo estaba sentado en un sillón tapizado de rojo con elaboradas decoraciones doradas, y me sentía, respecto a mi enfermedad, ligeramente mejor, por lo que, según creí, no había razón para sobresaltarme con la visita de mi hermana. Por unos instantes su ojo siguió los míos, y éstos el suyo, mientras caminaba acercándoseme y se detuvo hacía mí.
- Prometiste que bailarías conmigo. –Reprochó decepcionada.
- Pero bien podrías bailar con el Duque Disward. –Le dije.
- Yo no quería bailar con él –Frunció el seño-. Él me lo pidió mientras estaba buscándote.
- Ah…
- Siempre haces lo mismo. –Exclamó.
- ¿Qué cosa?
- Decir “ah” y desviar tu mirada, al igual que romper tus promesas –Dijo más calmadamente-; en especial después de que pasó eso… Del ojo…
La miré fijamente hacia su ojo.
- De todas formas, puedes ir a seguir bailando con el duque.
- ¡No quiero hacerlo! –Volvió a tomar una conducta menos tranquila- El duque sólo quería bailar conmigo como lo quiere hacer con todas las mujeres bonitas del evento.
- Eso no tiene sentido, tú no eres de las mujeres más bonitas en el evento –Dije con una sonrisa-, por ejemplo, por tu pecho pequeño o…
- ¡Mi pecho no es pequeño! –Se molestó, mas, es mi trabajo como hermano mayor- Sólo… Sólo no tiene el tamaño del de Isabell.
Nos quedamos mirando por un segundo, y no podría decir quién estaba más avergonzado. Mas Carmilla comenzó a desviar su sonrojada mirada al suelo; yo seguí cuanto pude su ojo. Llevo sus manos hacia el cuello de su vestido, y comenzó a desatar el nudo que lo mantenía cerrado. Me sobresalté en ese instante, y tomé a mi hermana del brazo, la traje hacia mí para frenar su acto y la senté sobre mi regazo. Tener a la mitad de la mirada de mi hermana tan cerca me recordó mi enfermedad, que lentamente alteraba mi respiración, y sobre todo, los latidos de mi corazón. Nos quedamos mi hermana y yo mirándonos por más de un minuto; uniendo mi mirada con la fracción de la suya. Mis brazos ya no me obedecían, mientras mi enfermedad más lejos la quería, mis brazos más la apretaban contra mí. No encontraba forma de que ambos –O por lo menos yo- nos liberáramos de ese sillón. No tuve otra opción, o dejaba a mis brazos actuar por sobre mi mente, o sucumbiría ante mi padecimiento.
- Carmilla… -Le dije y me miró sonrojada y ansiosa- ¿Me permites ser egoísta un momento? –Ella asintió, como si su voz no pudiese articular palabra alguna, y, silenciada por el nudo de su garganta, no pudo hacer caso a sus dudas.
La recosté en el sillón, aun con sus piernas envueltas en las faldas de su vestido sobre las mías. Ligeramente me fui inclinando hacia el ruborizado semblante de mi hermana. Su rostro estaba totalmente sonrojado, y sobre la colorada mejilla izquierda, estaba ese ojo, que tan sólo por un momento, no me veía como su víctima. Mi rostro estaba cada vez más cerca del suyo, y mis brazos temblorosos me sostenían frente a ella, esperando que en algún momento me detuviese. Finalmente sentí el calor de su nariz en contacto con la mía, su cálida respiración inundaba mi rostro y estos centímetros que separaban nuestros labios parecían kilómetros.
- Si quieres puedes odiarme después de esto. –Le dije, y nos quedamos mirando por otro segundo. Un instante tenía pensado desistir, hasta que, con voz retraída, con su dulce, dulce voz retraída, dijo:
- Selo. Se egoísta.
Entonces, haciendo caso a la petición de mi hermana, terminé de acercar nuestros rostros. Estuve más cerca de su media mirada de lo que jamás pude estarlo, pero no me preocupaba. Y besé sus labios; ignorante de que seamos hermanos, ignorante de ese ojo, ignorante de mi enfermedad. Sus labios se sentían como adorables brazas al contacto con los míos, fríos. La suave piel de su rostro se sentía como una cadena que nos impedía separar nuestros labios. Podía sentir sus latidos del corazón, irregulares, saliendo de su pecho hacia el mío, y a sus delicados brazos, sin criterio alguno sujetándome, tal vez para que el roce de nuestros labios no acabase. Mas aun con mi nube de pensamientos y los cálidos labios de Carmilla, ahí estaba mi enfermedad. Después de haber sido tan ignorado por el calor de los labios, la piel y la respiración de mi hermana, ahí estaba, junto a mi enfermedad, el ojo de Carmilla. Separé entonces nuestros labios, y nuestros sonrojados semblantes se dirigieron otra vez una profunda mirada a lo largo de un segundo. Nos sentamos entonces como originalmente estábamos, con mis brazos rodeando la cadera de Carmilla, donde nuevamente nos dirigimos la mirada por otro segundo, y Carmilla tenía decorado el rostro con su peculiar sonrisa y sus hermosos hoyuelos.
- ¿Me odias, Carmilla?
Se acurrucó en mi pecho.
- No puedo odiarte, Voltaire.
Y comenzó a dormirse mientras acariciaba yo su delicada cabeza recostada sobre mi pecho.
Sin recordar haberse acostado, Carmilla despertó, en su lecho, como si cierto calor le faltase. «¿Qué fue de la fiesta?», pensó, sin alcanzar acordarse de cómo ésta terminó. Así que se quedo varios minutos sentada en su lecho, apreciando la luz del amanecer que traspasaba las cortinas de las ventanas de su aposento, meditando qué sucedió en los últimos momentos de su fiesta. Al rato mi hermana logró recordar lo sucedido. Se llevó la mano hasta sus labios y posó en éstos sus dedos ligeramente, mientras las imágenes de la noche anterior regresaban a su mente. La había besado; la había yo recostado en el sillón y lentamente acerqué mi semblante al suyo hasta que nuestros labios se tocaron. Se quedó atónita un momento pensando en el final de aquella noche, se sonrojó, y sus labios armaron su hermosa sonrisa, que no duró mucho. ¿Por qué la besé?, si anteriormente estuve a solas con Isabell, si al salir de la habitación la pudo ver abrochándose el vestido. ¿Por qué terminé la noche con ella si antes estaba con Isabell?. Estas dudas no salían de la cabeza de mi hermana. Tan dispuesta estaba a resolver mis sentimientos, que, aun con el camisón puesto, fue a buscarme a mi aposento.
- ¡Voltaire! –Gritó- ¡Voltaire!
Y recién despierto abrí la puerta somnoliento.
- ¿Qué fue lo de ayer? –Replicó.
- Un beso. –Respondí y la guié a pasar a la seguridad de la intimidad de las cuatro paredes de mi aposento.
- Sí, ajá. ¿Y por qué?
La miré con curiosidad y respondió:
- ¿Por qué me besaste si tu a Isabell…? La vi salir de la habitación en que ayer te encontrabas abrochándose el vestido.
- Si supones que realicé alguna muestra de afecto hacia Isabell –Le dije-, no es así. Si es lo que te preocupa.
- ¿No?, ¿entonces qué…?
- Que estoy enamorado de ti.
Se quedó mirándome sonrojada hasta que apoyó su rostro contra mi pecho, y contra éste, y sujetando mi camisa, dijo:
- ¿Y qué otra razón tiene para abrocharse ansiosamente el vestido una mujer que estuvo a solas con un hombre? –Se echó para atrás empujándome y tan sonrojada como ayer, desviando la mirada, comenzó a desabrocharse su camisón. – Muéstramelo.
Cuando estuvo desnudo su cuello, mi enfermedad volvió a atacarme; su media mirada sonrojada, nerviosa, no me permitía mantenerme alejado de mi padecimiento. Otra vez, me costaba respirar, sentía la garganta seca, y en mi pecho habitaban unos latidos tan leves, imperceptibles, que cuando por fin llegaban dolían como una aguja. Sobre las delgadas manos desabrochando el camisón podía ver el su cuello, y como por éste pasaba su sangre tras su piel. Cuando hubo desabrochado el tercer botón de su pecho, mi padecimiento me había vencido por completo. Su camisón caía por detrás de sus hombros, dejando ver su delgado cuello en su totalidad sobre sus hombros desnudos. La sujeté de sus brazos, y nuevamente acerqué mi cabeza a la de mi hermana, mas esta vez, no me dirigía a sus labios.
¡Damas y caballeros!, había sucedido lo que por tanto tiempo quise evitar; que mi horrible enfermedad afectara a mi hermana. Ya no podía contener este hecho, supongo que ésta es la naturaleza de quienes padecemos esta enfermedad. Esta enfermedad cuya medicina se me fue entregada tanto tiempo por la criada Isabell, ahora se me entregaba por Carmilla. Ahora mi hermana estaba contagiada con la roja mancha de mi enfermedad. Cual dos agujas, mis dientes penetraron la piel de Carmilla, quien se retorcía de dolor en mis brazos, sin poder esbozar más voz que unos quejidos. ¡Ah!, la sangre de Carmilla, que ahora fluía dentro de mí. Era un cálido y hermoso pecado, como lo era el ver a ese ojo. De saciar mi sed nacía en ese momento el dolor de Carmilla…
Cuando separé mis labios de la sangre de Carmilla, pude apreciar la repentina palidez que tomó su piel. Brotaron lágrimas de los ojos de Carmilla, que se dejó caer hacia mi pecho sonrojado. La rodeé y apreté con mis brazos, y cuando de lágrimas sus ojos se hubieron secado, nuevamente se durmió contra mi pecho, que ahora estaba húmedo de su sangre y sus lágrimas. La acosté entonces en mi lecho; acaricié su hombro desnudo hasta la herida en su cuello. Acomodé su camisón, la arropé, y me retiré, no sin antes colocar el libro que le había escrito a su lado y besar sus labios por última vez.
Esa misma tarde me marché, junto con Lewis. Mi enfermedad era ya un riesgo para Carmilla. Lewis de hecho no sabía nada acerca de esto, pero ya se enteraría. A mi padre le dije sobre todo antes de marcharme, y que proteja a Carmilla; no sé si me creyó, mas que me marché es seguro. Respecto a Isabell, estará mucho mejor sin la necesidad de brindarme la medicina; podrá proteger a Carmilla y ser protegida por ésta. Y en cuando a mi hermana, jamás tuve una respuesta acerca de sus sentimientos, y tampoco estoy seguro si podré saber si ha leído el libro y lo ha disfrutado. Después de todo, mi enfermedad y yo –Y Lewis-, hemos abandonado a ese ojo.





Tal vez les haya gustado, y sino (Que es lo más probable), lo sabía (?

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