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Es que se suele llegar a un punto en que tienes de prioridad a esa otra persona antes que tú. Ése debería ser el objetivo de toda relación pero muy pocos lo consiguen. Es en ese estado en el que en verdad piensas primero en ella antes que cualquier tipo de impulso o decisión que tengas, porque quieres lo mejor para ella siempre, en todo momento.
En cualquier lugar en el que estés, procurando los lugares que frecuenta o manteniendo una cercanía en el punto en el que se suele encontrar para ir en cualquier momento en que lo necesite.
El uso que le darás al dinero que tienes, siempre guardando una parte para ella, o gastando ese dinero en cosas que sabes que a ella le agradará, porque ya no puedes comprar por ti mismo, porque al momento de ver ese producto que anhelas, piensas en el uso que le sacarán los dos y los beneficios que obtendrán del objeto, no sólo tú, por lo que dudas en comprarlo para poner sus deseos como prioridad.
Las rutas que tomarás al salir y las horas que guardas o tienes previstas antes de cada reunión o compromiso, para poder visitarla si lo necesita, para pasar un agradable rato a su lado, siempre cuidando que no se sienta sola, aunque dejes esperando a tus compañeros y amigos en aquél lugar con otro tipo de diversiones que no te puede brindar ella.
El mostrarle tus gustos y pasatiempos, esperanzado de que ella pueda disfrutar tanto como tú de las cosas que te han hecho crecer, para que ella pueda entender el sentido de tu ser y la raíz de todo lo que has aprendido.
Ese estado en el que no piensas egocéntricamente, si no que siempre procuras buscar su bienestar y satisfacer cada una de sus necesidades y deseos. Siempre poniendo sus privilegios primero que los tuyos, siempre buscando su bienestar, que se resume en buscar esa sonrisa preciada que te dan los ánimos para seguir, ese brillo en sus ojos. Seguir dando por ella todo, porque lo vale; porque no hay nada más preciado y único que saber que tú eres responsable de la paz que siente su alma; de la seguridad que presenta su emoción, porque sabes que estás haciendo un buen trabajo, y es feliz gracias a tu esfuerzo.

Yo siempre he sido el fuerte, porque tengo que ser el fuerte, tengo que mostrarle que yo soy el caballero que ella necesita, con una armadura diferente a la de hierro. Debo mostrar seguridad en todo momento, para ser su lugar de regocijo. Después, se presenta una grieta en mi vida, un golpe bajo en el orgullo que me hace caer un poco, y es en ese momento en que necesito de su cariño. Pero me doy cuenta que no es lo mismo, que ella no puede hacer nada profundo por mí, nunca pudo, ella no es como yo, no tiene por qué ser como yo. Y siento por primera vez la falta de apoyo, la necesidad de que sea ella quien me levante esta vez, porque es la primera vez que necesito su soporte, pero ella no lo brinda, no puede. No me ama igual. O no sabe amar. Miro cómo se aleja fácilmente con poco dolor cuando más lo necesitaba. Y me molesta. Sé que yo hice mucho por ella y me esforcé demasiado, pero a ella no le importa tanto, lo suficiente para irse tranquila. Yo me pudría por dentro si sabía que ella estaba mal, si necesitaba el apoyo que nadie más le pudo brindar como yo, la cuidé y supe manejar sus emociones para poder ayudarla en cualquier momento. Lo hice bien, pero no es recíproco. Ella puede lidiar con mi dolor, ella puede caminar tranquilamente y no sentir culpa ni deseos de cambiar al mundo con tal de hacerme feliz. Ella no me ama igual, nunca lo hizo. O nunca pudo amarme igual. Y se aleja por un tiempo, con poco remordimiento. Me despreció.

No la puedo ver igual, ya no. Sé que será muy difícil que vuelva a ganar mi confianza. Le toca a ella, es su turno de demostrar hasta dónde puede llegar por mí, qué límites está dispuesta a cruzar por mí. Pero ella tiene que saberlo. Yo mantendré el dolor, la decepción, y la dejaré caminar sola, diciéndole en todo momento que me encuentro bien, porque no quiero que se preocupe por mí, porque me sigo preocupando por ella. Esperaré y sufriré, aceptando el dolor de la decepción, de darme cuenta de una realidad que no había visto. Darme cuenta que cuando yo la necesite, ella no estará allí para mí como lo necesito, como estuve yo para ella, siempre. Sigo siendo seguro y fuerte para ella, con ella; pero hoy me encuentro sólo y me siento débil. Me doy cuenta que me arrebató muchas cosas. Muchas cosas que me duelen hasta el alma. La traición, por no cumplir con el compromiso implícito que se tenía, por dejar a un lado algo tan importante de manera tan indiferente y poder decir adiós con poco dolor. Se rompe la armadura, porque la armadura era para protegerla, no para defenderme de ella. Dejo de pensar en ella como lo solía hacer, me mostró un nuevo rostro, una verdad dura y fría. No me ama igual. No me cuidará igual. No puedo confiar tanto en ella. De nuevo, estoy solo. Otra vez, debo de lidiar yo sólo con mis problemas, como siempre he hecho. Estoy contra la vida sólo, y ya no debo de demostrarle a nadie que soy fuerte, que soy seguro, solamente que ahora tengo que serlo por mí.

Empiezo a pensar en mí, en lo que necesito y quiero. Yo. Es lo más difícil, lo que más duele. Cambiar la programación, el algoritmo. Siempre pensaba en ella. Ahora piensa en mí. Déjala ir, porque la amé como se debió e hice todo por ella. Déjala ir, porque no me amó como necesitaba. Dejo de ahorrar el dinero para usarlo en ella; empiezo a ahorrar el dinero para mí. Pero ¿en qué puedo usar el dinero? Me acostumbré a ser una persona de pocos caprichos para poder cumplir los de ella. Más dolor. No quiero nada, era feliz queriéndola a ella. Ahora debo de hacerme egoísta, un poco solamente.
Me quitas un peso de encima, una gran responsabilidad, porque dejo de velar por ella. Me quito una gran roca de encima que me hizo fuerte y atento, que hizo que creciera de diferentes maneras. Pero ahora ya no tengo esa roca, ese pendiente, me sobra fuerza, me sobra energía. Y esa energía se convierte en dolor, en falta de propósito. Ya no necesito esa fuerza extra, empiezo a perderla, o se transforma en diferentes cosas. Soy más fuerte, pero a base de muchas cicatrices, que también se mantienen impresas en mi piel.
Rompe mi dignidad, y ella no lo sabe. Pésimo apoyo. Que inconsciente. Y no puedo llorar, porque no es tristeza. Es un dolor diferente, de traición, decepción. Quema en el pecho. Pero tengo que ser fuerte, aun así. Ella debe de estar tranquila. Yo recibiré el dolor, yo sufriré por los dos, siempre lo he hecho. Además yo puedo con el dolor, porque soy fuerte, ella es débil. Ella siempre me necesito a mí. Pero ahora yo me necesito, y debo de demostrarle que no la necesito, porque no estará ahí cuando la necesite. No me hace falta, y no lo hará. La dejaré ir, la dejaré crecer. No la buscaré más, no siento que se lo merezca. Es su turno de arreglar las cosas. Yo estoy cansado.
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