InicioArteEl viajero.
Sus ojos grandes y grisáceos observaban con atención todos los pasillos del tren a lo largo.
Éstos parecían el cuerpo de un gran gusano, que de tanto en tanto, se doblaba para la izquierda y para la derecha.
Para él, era triste saber que todos los días de su vida serían iguales, levantarse a las cinco de la madrugada e ir a trabajar. Salir a las nueve de la noche, tomar el subte y viajar en tren. Llegar a las once y dormir hasta las cinco de vuelta.
‘‘Maldita rutina’’ pensaba, mientras miraba por la ventanilla los grandes campos oscuros, iluminados por algún farol de luz amarillenta.
La parte preferida de su día, era cuando se sentaba en el tren; en el primer vagón que se encontrara semivacío y mirar por la ventana. Al principio se veían casas pintorescas y pequeños árboles de hojas oscuras. Luego, un gran lago iluminado por las luces de la ciudad y los enormes edificios que, desde las vías, se veían pequeños.
El trabajo prácticamente obligatorio en la fábrica, era aburrido y cansador.
Se encontraba mirando hacia arriba, con aire de tristeza. En ese momento, pasó ella caminando por el vagón. Era como si desfilara. Sus piernas eran largas, y sus pies estaban decorados con unos hermosos tacones rojos.
Todas las miradas del tren se fijaron en ella.
La mujer caminaba con paso firme. Al acercarse al asiento de él, tuvo la ilusión de que, con mucha suerte, esta muchacha se sentaría a su lado y él podría contemplar sus hermosos cabellos negros de cerca. Pero no. Este no era su día, y ella se sentó delante de él, pero de todas maneras, podía oler su dulce y fuerte perfume que llenaba el vagón.
El viajero no sabía si fumar o no. ¿Y si a ella le hacía mal el humo de cigarrillo y se iba más adelante? Su viaje se volvería aburrido otra vez y no tendría qué mirar. De todas maneras, tenía la boca seca, y eso le molestaba; pero no podía permitir que la dama se fuese tan pronto.
El viaje se tornó silencioso, las miradas de vez en cuando seguían sobre la muchacha de cabellos negros y piel bronceada.
Él seguía observando su silueta desde atrás. A veces miraba la ventanilla, y otras veces, a ella.
Las luces bajaron y el vagón se volvió un poco más oscuro. Esto se debía a que pasaban por un puente; señal de que en la próxima estación él debía bajar.
Sus pasos resonaban pesados en el asfalto. Solitario, el joven sentía las primeras punzadas de la helada, cortándole las mejillas.
Abrió con tempestad la puerta de roble, y cayó tendido de cansancio sobre el sofá. Dormitó unos minutos y se levantó para ir a su cuarto. Tanteando los muebles con las manos, llegó hasta la habitación y se arrojó con brusquedad.
Le dio un dulce beso en los delgados y fríos dedos a su dama, que se encontraba a su lado, y se giró para quedarse profundamente dormido.
Soñó y tuvo que despertar.
Todo volvió a pasar delante de sus ojos, la mañana, la tarde, la noche. Otra vez estaba tumbado contra la ventanilla, esperando.
Tanta espera no fue en vano, el tren frenó de repente, y con la mirada cansada, negra y penetrante, la vió subir. Tan radiante como el día anterior, desfiló cerca de él y se sentó en el último asiento que hacía que se miraran de frente.
La luz bajó, y al recuperarse nuevamente, la muchacha se encontraba con los extraños y saltones ojos de aquel hombre que no dejaba de mirarla.
Parecía dormido, apenas pestañeaba. Eso la incomodaba, ya que cada vez que lo miraba disimuladamente, se encontraba con esos ojos que la llenaban de temor.
Se apresuró en tomar su bolso con fuerza, para que no se lo fuesen a arrebatar de un golpe, y bajó con rapidez a penas el tren frenó. La estación estaba vacía, y solo se encontraba un vagabundo durmiendo en uno de los bancos públicos. Al ver eso, los ojos se le llenaron de lágrimas, pero siguió su rumbo.
Los tacones hacían eco en el asfalto, pero luego de varios pasos, se comenzaron a escuchar los de alguien más. Los de un hombre.
Giró el cuello brutalmente, llena de pánico, y observó todo el panorama, pero no vio a nadie.
Quizá era una mala jugada de su inocente y miedosa imaginación que, de vez en cuando, la dominaban.
Apresuró su caminar. Pero no solo se oían sus ligeros pasos, si no que esta vez también los del otro -alguien- que la seguía, cada vez más rápido. Miró hacia el suelo y se percató de dos sombras. Una obviamente era suya, y la otra de un desconocido que se encontraba a poca distancia de ella.
No se animó a girar, solo podía escapar. Pero era demasiado tarde, había sido atrapada…
Como siempre, el cuarto estaba a oscuras. Él realizo un vaivén con los dedos e imaginó la aguja entre las yemas. Tomó una de la cajita de metal, y con ella unificó el labio para luego, con el dedo, cribarlo con suavidad.
Intentó apreciar su obra, pero la oscuridad no se lo permitió, a lo que estiró el brazo con vagancia, y prendió la luz. Al instante, la sala se bañó de unos rayos tenues y amarillentos que iluminaron cada rincón. Se sentó plácidamente en el sofá, junto a su segunda mujer favorita, y se quedó observando a la nueva muchacha.
Ésta yacía en el piso, ya muerta. Con sus cabellos negros esparcidos por el suelo, y la piel que antes era bronceada, más pálida que nunca.
Él le besó la mejilla, y bajó hasta el mentón para lamerle la sangre que brotaba de las coceduras de los labios.
Cruzó la pasarela de los jóvenes cadáveres en descomposición de mujeres que antes habían sido hermosas, y llegó hasta su habitación. Se recostó al lado de su bella esposa, y le acarició la sien putrefacta con el índice, para luego recorrer las larvas hasta llegar a la mano huesuda y tomarla con fuerza. Sonrió con locura, e inyectó veneno en sus venas.
-“Ninguna podría haberte superado jamás, querida” –susurró en un último respiro.


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