Y al tropezar en la vereda con las zapatillas rotas, el encuentro con el peso de todas las imágenes que cargan sobre los hombros. Toda una colección de inquietudes ajenas adquiridas con indulgencia.
El brillo, lo opaco. Es fácil voltear la vista a lo que reluce.
Las medallas brillan, los diplomas huelen a nuevo, la ropa de calidad llama con sus colores frescos. Sobre la boca, los idiomas, las experiencias, la cáscara. El carisma, la chispa, las curiosidades.
En su mundo las luces modernas apuntan como reflectores al preso huraño que huye, dejándolo en evidencia. Y la evidencia te descarna como demasiado niño y verde para entender el brillo.
El brillo que mortifica.
Nada más útil para matar la pasión que encerrarla en una cómoda vitrina moderna y reluciente.
Pero es tan fácil ser cáscara, actuar a distancia. Donde los lujos y las importancias, sustituyen la sensación, acorralando.
Acorralando la presa que queda frente a un espejo opaco. Que se encuentra nimia. Incomparable ante los recorridos sobre el mundo, los lugares importantes, el cuero de calidad, la gente de verdad.
Los besos son arrebatados.
La mano se asoma de la manga de un traje caro, y de un tirón roba el alma.
Nada de eso importa en un mundo donde no hay almas. Porque son vestimentas que uno se pone cada día, ante cada gente.
Nada de eso importa en el mundo del niño que se imagina grande, pretendiendo madurar antes de tiempo, confundiendo todo con cáscara, hasta vivir sólo para pulirla.
Aterrorizado ante lo incontrolable.
Nada de eso importa
Sólo lo parece
Escrito propio