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te gustaria hacerme un regalo?

Arte4/5/2011


Oskar le habia prestado un cubo rubik a Eli... hoy tendria que devolverselo

—Hei.
—Hola.
—Hola.

Nunca más en toda su vida iba a decir «hei» a alguien. Sonaba tan increíblemente
ridículo. La chica se levantó.

—Sube.
—De acuerdo.

Oskar trepó por la escalera y se colocó a su lado, respiró discretamente por la
nariz. Ya no olía mal.

—¿Huelo mejor?

Oskar se puso totalmente rojo. La chica sonrió y le dio algo. Su cubo.

—Gracias por el préstamo.

Oskar cogió el cubo y lo miró. Volvió a mirarlo. Lo puso a la luz lo mejor que
pudo, lo volvió, mirando todas las caras. Estaba hecho. Todas las caras de un solo
color.

—¿Lo has desmontado?
—¿Cómo?
—Pues... desmontando las piezas y... poniéndolas bien.
—¿Se puede hacer eso?

Oskar tocaba el cubo como para comprobar si las piezas estaban sueltas después
de haberlas desmontado. Él lo había hecho una vez, asombrado de los pocos giros
que hacían falta para que se perdiera y fuera incapaz de conseguir que las caras
estuvieran de nuevo de un solo color. Las piezas, evidentemente, no habían quedado
sueltas cuando él lo desmontó, pero no era posible que ella lo hubiera completado.

—Tienes que haberlo desmontado.
—No.
—Pero si no habías visto uno antes.
—No. Era divertido. Gracias.

Oskar se puso el cubo delante de los ojos como si esperara que le contase cómo
había ocurrido. No sabía por qué, pero estaba casi seguro de que la chica no mentía

—¿Cuánto tiempo has tardado?
—Unas cuantas horas. Ahora iría más rápido.
—Increíble.
—No es tan difícil.

La muchacha se volvió hacia él. Sus pupilas eran tan grandes que casi ocupaban
todo el ojo, la luz de los portales se reflejaba en su negra superficie y parecía como si
ella tuviera una lejana ciudad dentro de la cabeza.

El cuello alto, muy subido, ocultaba su cuello destacando aún más sus rasgos
suavemente perfilados, lo que le daba una apariencia de... personaje de cómic. Su
piel, las líneas eran como un cuchillo de untar mantequilla que uno hubiera estado
lijando durante varias semanas con papel de lija bien fino hasta que la madera
quedaba como la seda.

Oskar carraspeó:
—¿Cuántos años tienes?
—¿Cuántos me echas?
—Catorce, quince.
—¿Aparento tantos?
—Sí. ¿O no? No, pero...
—Tengo doce.
—¡Doce!

¡Toma ya! Probablemente era más joven que Oskar, que iba a cumplir los trece
dentro de un mes.

—¿Cuándo cumples años?
—No lo sé.
—¿No lo sabes? Pero bueno... ¿cuándo celebras tu cumpleaños y eso?
—No suelo celebrarlo.
—¡Pero lo sabrán tu papá y tu mamá!
—No, mi mamá ha muerto.
—¡Huy! Ya, ya. ¿De qué murió?
—No lo sé.
—Pero tu papá... lo sabrá.
—No.
—Entonces... qué pasa... ¿no recibes regalos de cumpleaños y eso?

Ella se le acercó más. Su aliento se extendió ante la cara de Oskar y la luz de la
ciudad reflejada en sus ojos se apagó bajo la sombra del muchacho. Las pupilas, dos
grandes agujeros negros en su rostro.
Ella está triste. Tan terrible, terriblemente triste.

—No. No me dan ningún regalo. Nunca.

Oskar asintió paralizado. El mundo que tenía a su alrededor había dejado de
existir. Sólo aquellos dos agujeros negros a un palmo de distancia. El vaho de sus
bocas se mezclaba, ascendía, se dispersaba.

—¿Te gustaría hacerme un regalo?
—Sí.

Su voz sonó menos que un susurro. Sólo un suspiro. La cara de la chica estaba
cerca y sus mejillas, suaves como el cuchillo de untar la mantequilla, atrajeron la
mirada de Oskar.

Eso le impidió ver cómo le cambiaban los ojos, se le achinaban, tenían otra
expresión. Cómo el labio superior se levantaba dejando al descubierto un par de
colmillos amarillentos. Él no vio más que sus mejillas y, mientras los dientes de ella
se acercaban a su cuello, él le acarició la mejilla con la mano.

La chica se detuvo, paralizada por un instante, luego se apartó. Sus ojos
recuperaron su aspecto anterior, la luz de la ciudad volvió a encenderse.

—¿Qué has hecho?
—Perdón... yo...
—¿Qué? ¿Qué hiciste?
—Yo...

Oskar se miró la mano en la que tenía el cubo, aflojó un poco. Lo había apretado
tan fuerte que los bordes le habían dejado señales oscuras en la mano. Puso el cubo
delante de la chica.

—¿Lo quieres? Te lo doy.

La chica negó moviendo despacio la cabeza.

—No. Es tuyo.
—¿Cómo... te llamas?
—Eli.
—Yo me llamo Oskar. ¿Cómo has dicho? ¿Eli?
—... Sí.

La muchacha parecía de pronto inquieta. Con la mirada perdida como si buscara
algo en la memoria, algo que no podía encontrar.

—Yo... me tengo que ir ahora.

Oskar asintió. La chica le miró directamente a los ojos durante un par de
segundos, luego se volvió para irse. Llegó hasta el borde superior del tobogán y
dudó un poco. Se sentó y bajó deslizándose, y se dirigió a su portal.
Oskar apretó el cubo con la mano.

—¿Vas a venir mañana?

La chica se detuvo y dijo en voz baja:

—Sí. —Y sin volverse, continuó andando. Oskar la siguió con la mirada. No entró
en su portal, sino que fue hacia el arco que conducía fuera del patio. Desapareció.
Oskar miró el cubo que tenía en la mano. Increíble.

Giró un poco una sección, para que no estuviera completo. Lo volvió a poner en su
sitio. Iba a guardarlo así. Durante un tiempo.
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