
Marcel Marceau
1923-2007
Me tomé el atrevimiento "Maestro"
Hoy quiero compartir con ustedes, un cuento que integró la antología "Lunario" que publicó Ed. Dunken, en 2008.

El relato lo escribí, casi integro escuchando, dos veces, el primer movimiento de la "Sonata Claro de luna" de Ludwig van Beethoven; luego hice algunos ajustes, pero pocos
Tal vez, para desandar caminos, quieran escucharla mientras leen
link:
El mimo (No sólo de señas vive el hombre)
Acostumbraba caminar todos los días. El trayecto siempre era el mismo. ¿Rutina?, puede ser. Me hacía sentir seguro. Al menos, algo sería seguro en mi vida. ¿Mi lugar predilecto en la caminata? El sendero que atravesaba el parque hasta la fuente. Una vez allí, cada vez, me detenía algunos minutos. ¿Para descansar? No, no, no. Tengo un buen estado físico. Es que junto a la fuente, hasta hace poco, había un hombre. Un mimo.
¿Su atuendo? Tal vez el habitual en esta actividad. Vestía pantalones negros entallados y algo cortos, lo que dejaba al descubierto las medias blancas con rayas rojas y unos borceguíes negros mal acordonados. Un chaleco –conjunto con el pantalón- sobre una camisa blanca de cuello “mao”. El pelo negro, muy corto, tapado con un sombrero bombín chaplinesco. En su rostro, el maquillaje pálido y una sonrisa carmín se escondía una tristeza profunda.
La primera vez, no lo vi. Estaba distraído, ensimismado, prófugo. No lo sé. La palma de la mano enguantada impidió que me lo llevara por delante. No lo vi. Me asusté. Luego, él prosiguió palpando sobre una pared, invisible para mí, buscando la salida que no encontraría. Sorprendido, lo observé algún tiempo. La función parecía sólo para mí. Aunque, daba toda la sensación de que en ese espacio, en ese tiempo, yo no existía. Mecánicamente tiré unas monedas dentro de una caja, junto a un bolso, con un letrero que decía “mimo”. Después me marché.
Lo busqué al día siguiente y me ubiqué como espectador junto a una columna de alumbrado público. Ese día, subía para luego bajar por unas escaleras interminables que sólo él podía ver. Y así incorporé una rutina más que mantuve durante algunas semanas.
Él estaba siempre. Unas veces, atrayendo desde la eternidad con una cuerda -mágicamente tangible sólo para sus manos-, algo tan pesado como mi vida. Otras, eligiendo un vestuario que, al igual que el traje único que ese rey de cuentos deseaba, nadie veía; pero que era probado una y otra vez entre dos espejos que multiplicaban hasta lo indecible su imagen incorpórea. Bien, cargando un baúl tan pesado que lograba arquear sus largas y tensas piernas. En ocasiones, una dama tomada de su brazo lo acompañaba a tomar el té. Él le acercaba la silla y luego servía, muy inglés, en una vajilla intangible, ofrecía azúcar y tal vez algún scons que ella amablemente rechazaba. El combate en un barco corsario era mi favorito; a capa y espada luchaba contra toda una marina.
Así, este mundo invisible, inofensivo, amortiguó mi soledad. Enriqueció mi monótona vida. Enquistándoseme en el alma.
Cierta tarde, al llegar descubrí que el mimo tenía preparada otra función. En ese momento no supe –no tenía por qué saberlo- que ésta sería muy diferente a las anteriores. Ese día en su rostro pálido descubrí una palidez aún mayor. Sentado sobre el paredón de la fuente parecía esperar algo.
Al verme se incorporó avanzando con dificultad. Uno. Dos. Tres pasos. En un movimiento convulsivo, llevó la mano izquierda a su corazón y estiró la derecha hacia mí. Era a mí a quien había estado esperando. Luego se desplomó. Cayó a mis pies, encogido, hecho un ovillo. Viviendo una muerte que esta vez se me hacía visible. Allí quedó, quieto.
Tras esquivarlo dejé un billete de cinco pesos en la caja de siempre. Hoy se había superado. Luego me fui.
Al día siguiente, por la tarde, él no estaba. Regresé durante toda la semana. Él no.
Yo volví a quedarme solo. Solo de él. Solo con mi angustia. Solo de soledades. Solo en mí… Para siempre.