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Hombre orquesta

Arte5/15/2012

No me importa si no lees un carajo, al menos reproduce la sinfónica. deja de escuchar tanto regueton.

Un venezolano virtuoso
A sus 31 años, Gustavo Dudamel ha dirigido a las mejores orquestas del mundo, ha ganado un Grammy y la revista 'Time' lo escogió como uno de los músicos más influyentes. Perfil del alumno más brillante del Sistema de Orquestas venezolano.




En los ensayos, Gustavo Dudamel no es el “tsunami” que parece poseído cuando toma la batuta. En esos momentos luce más sosegado, pero también más estricto. De hecho, ni siquiera agita los rizos de su cabellera. Esa performance vistosa, que ya es un sello personal, la guarda siempre para más tarde, cuando le da la espalda al público. Mientras tanto, con el teatro vacío y frente a casi doscientos músicos, su tarea es acoplar, pulir, perfeccionar. Y sobre todo: evitar la rutina y sacarles brillo a las obras que ha interpretado cientos de veces.

No importa si va a dirigir en el Royal Festival Hall de Londres, en la Scala de Milán o en el Teatro Tchaikovsky de Moscú. El verdadero trabajo de Dudamel está en esos momentos, durante los ensayos. Luego podrá gozar la música desde otro nivel.

Cuando ensaya, el director repasa con sus músicos los fragmentos más importantes de la obra. Lo hace de memoria, sin partitura, como lo aprendió de José Antonio Abreu, su maestro, el fundador del Sistema Nacional de Orquestas Infantiles y Juveniles de Venezuela. Dudamel no alardea de su buena memoria, capaz de guardar las notas de piezas tan largas como complejas. Dirige de este modo por una razón simple y esencial, también aprendida del maestro: como no usa partitura, puede mirar a los ojos de sus músicos. Puede dirigir a toda la orquesta sin siquiera mover la batuta, solo con gestos y miradas que todos ellos saben descifrar. Aprendió bien la lección: “No debes tener la cabeza en la partitura, sino la partitura en la cabeza”.

Desde su púlpito, Dudamel suele pedir a la orquesta que repita fragmentos hasta lograr precisión. Describe qué quiso expresar el compositor. Dibuja el ambiente, exige carácter, pasión, drama. Inventa metáforas: “Imagínense que le están susurrando palabras de amor a su pareja”. Dudamel intenta sacar de sus músicos el sentimiento, todo aquello que no figura en el pentagrama. Sus órdenes no suenan como regaños, tienen la dosis justa de autoridad y gentileza. “O lo hacemos bien, o no lo hacemos”, le oí decir una tarde mientras ensayaban en el Symphony Hall de Chicago. Luego saltó del escenario rumbo a la última fila del teatro.

Como los impresionistas, Dudamel se aleja de la tela para apreciar mejor los colores. Sabe cuándo los cornos deben ubicarse una fila más arriba, y sabe que ese detalle hace la diferencia. A los metales les pide no forzar el sonido; y a las cuerdas, repetir el vibrato en la búsqueda del balance perfecto.

Dudamel es la estrella más visible y atractiva de un proyecto social que ha sobrevivido a todos los gobiernos por casi cuarenta años. En 1975, Abreu, un visionario apasionado de la música, comenzó a sembrar Venezuela de orquestas y núcleos de formación musical. Hoy existe un total de ciento ochenta orquestas. “El Sistema”, como ya se le conoce en todo el mundo, está integrado por trescientos cincuenta mil muchachos provenientes de todas las clases sociales —sobre todo de las más bajas— que reciben educación musical gratuita. La idea de usar la orquesta sinfónica y el coro como instrumentos de organización social ha sido copiada en más de treinta países.

Sin una orquesta infantil en Barquisimeto, donde nació, Dudamel no habría probado sus dotes como director. Pero no es el único que aprovechó las bondades del programa, financiado por el Estado venezolano y la empresa privada. Diego Matheuz y Christian Vásquez son otros que han cosechado fuera de Venezuela sus propios logros como directores.

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Antes de los ocho años, Gustavo Dudamel había dirigido a las mejores orquestas del mundo. En su juego favorito alineaba a los muñecos de la Fisher Price en forma de orquesta y los dirigía mientras sonaba, por ejemplo, Capriccio italiano de Tchaikovsky. Cuando se iba a la escuela, le pedía a su abuela Engracia: “No vaya a limpiar ahí, porque está mi orquesta”. Cuando volvía, su orquesta lo esperaba intacta.

La música, dice la abuela, lo acompañó desde que estaba en el vientre de su mamá, Solange Ramírez, cantante del Coro del Sistema de Orquestas. Embarazada, Solange y su esposo, Óscar Dudamel, metían bajo la cobija un radio que transmitía toda la noche música de cualquier género: vallenato, rancheras. “Hasta el día en que le dieron los dolores de parto, Sol estuvo bailando con su barriga”, recuerda la abuela.

Desde muy pequeño, Gustavo escuchó a su padre en el trombón. Óscar tocaba para la Sinfónica Juvenil del estado Lara, en el occidente venezolano, y también para una banda de salsa. Óscar bromea: “Gustavo escuchaba más salsa que Beethoven, por eso será que tiene tanto ritmo”. La abuela Engracia confirma: “Esa sabiduría que Gustavo tiene para la música, la lleva en la sangre. Mejor dicho, él no lleva la música en la sangre, como dicen, sino que la sangre de él es música”.

El abuelo, Honorio Dudamel, un chofer de camiones, olió el talento de su nieto e insistió para que estudiara música. Engracia inscribió a Gustavo en una escuela de Barquisimeto, considerada por muchos la capital musical de Venezuela. Cuando le preguntaron al niño qué instrumento quería tocar, dijo enseguida: “Trombón”. Pero solo tenía seis años y su brazo era muy corto para mover la vara, así que probó con otros: trompeta, fagot, corno. Hasta que se acomodó en la fila de los violines. Más tarde pagó su deuda: compuso una pieza para trombón y orquesta dedicada a su padre.

Pero la dirección lo seguía atrayendo. Desde que empezó a asistir a los conciertos de la Sinfónica de Lara, Dudamel quedó fascinado con el rol del director. Así que un día se atrevió: tenía doce años y aprovechó que el maestro Luis Giménez no había llegado al ensayo; se subió al podio y agitó los brazos como tantas veces había hecho frente a sus muñequitos. Los compañeros rieron con la broma, pero poco a poco comenzaron a obedecer sus gestos. Giménez entró al salón y dijo: “Pareces Toscanini”, que dirigía sin batuta. Desde ese día Dudamel empezó a dirigir con regularidad la orquesta del Conservatorio Jacinto Lara, perteneciente al Sistema.






El mundo conoció a Dudamel en el 2004, cuando ganó en Bamberg, Alemania, el Concurso de dirección Gustav Mahler. Tenía solo veintitrés años —el más joven entre los dieciséis finalistas—, el pelo muy corto y el deseo de vencer a trescientos contendores. Después de verlo actuar, Esa-Pekka Salonen, miembro del jurado y director musical de la Filarmónica de Los Ángeles, llamó a la directora ejecutiva de la orquesta, Deborah Borda, y le contó: “Acabo de ver al más impresionante joven director, es un niño venezolano, habla vagamente inglés y es un verdadero animal de la dirección”. Ambos decidieron invitarlo al Hollywood Bowl. “La respuesta fue eléctrica. Esto sucede una vez cada cien años”, dijo Borda, y describió el impacto como “amor a primera vista”. Tres años después, en el 2007, el matrimonio fue consumado: Dudamel se convirtió en director musical de la Filarmónica de Los Ángeles y reemplazó a su descubridor. Su contrato inicial de cinco años acaba de ser extendido hasta el 2019, cuando la orquesta cumplirá cien años.

En Los Ángeles, además, Dudamel dirige un proyecto social que imita al Sistema de Orquestas Infantiles y Juveniles de Venezuela. Borda dice: “Aquí existe la atmósfera para que él cambie la historia de la música. Gustavo tiene la habilidad de comunicar lo pasional y vital de la música en un sentido muy al estilo del siglo XXI”.

Después de verlo debutar en Los Ángeles, en octubre de 2009, el productor Quincy Jones dijo: “Creo que Dudamel traerá una nueva perspectiva a la Filarmónica. Antes que nada, diversidad”. Detrás del productor vino el respaldo de Hollywood: Angela Bassett, Anne Jeffries, Anne Rutherford y Sidney Poitier lo alabaron. También el músico John Williams, el cineasta Gary Marshall y el arquitecto Frank Ghery elogiaron sus virtudes.

Los Ángeles adoptó al joven talento y los medios terminaron de echar a andar la “Dudamelmanía”. Apareció entonces todo tipo de mercancía con su imagen, y la cadena Pink’s de Hollywood bautizó un perro caliente con su nombre.

La grabación del concierto inaugural con la Filarmónica, que interpretó la Sinfonía N° 1 de Mahler, llegó al primer puesto del conteo Billboard. Y empezó a cuajar la predicción de Borda: Dudamel había llegado para sacudir el polvo e inyectar popularidad a la música clásica.

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“La música es un arte especial”, ha dicho Dudamel. “No ves la música, pero la oyes y la sientes. La música es energía”. Y basta verlo balancearse, bailar; basta verlo sentir la música y disfrutarla para contagiarse de la emoción evidente que siente y expresa con la batuta.

En diciembre del 2007 Dudamel dirigía a la Filarmónica de Nueva York con la batuta que había usado toda la vida su admirado Leonard Bernstein. Era el último de los cinco conciertos, iba a terminar la Quinta Sinfonía de Prokofiev y, de pronto, la batuta se quebró.

Lo único que se le ocurrió a Dudamel fue pedir disculpas y preguntar si podía llevarle la batuta averiada al fabricante. Sin embargo, los organizadores del concierto lo tranquilizaron: “Ahora esta batuta tiene más historia. La vamos a guardar como quedó: rota”.

A Dudamel lo han comparado con Bersntein, quien estuvo al frente de la Filarmónica de Nueva York hasta cinco días antes de morir, en 1990. El venezolano fue invitado a dirigir esa misma orquesta y el New York Times entrevistó a una docena de músicos, algunos con más de cincuenta años en la organización, para que opinaran sobre la nueva figura. Casi todos alabaron su energía, su carisma, su musicalidad y su talento para escuchar con atención. Algunos vieron en él a un “Lenny” (Bersntein) joven. Y otros pocos recordaron su escasa experiencia.

Dudamel ha dirigido a las mejores orquestas del mundo: las Filarmónicas de Viena, Berlín, Israel, de Radio Francia y Nueva York; es titular de la Sinfónica de Gotemburgo, de la Filarmónica de Los Ángeles y la Simón Bolívar. Con esta ha sido invitado a los festivales más prestigiosos del planeta; ha tocado a Strauss en Austria, a Tchaikosvky en Rusia y a Mozart en Viena. Ha recibido del frío público londinense una ovación de veinte minutos; ha ganado el Premio Anillo de Beethoven en el 2005; es artista exclusivo de la Deutsche Grammophon; fue admitido en la Real Academia Sueca de Música; dirigió el concierto por los ochenta años del Papa Benedicto XVI; ganó el Grammy; la revista Time lo incluyó entre los cien personajes más influyentes; es protagonista de una biografía (La sinfonía del barrio) y un documental (Dudamel: el sonido de los niños). Y ubicó a la Orquesta Simón Bolívar, su orquesta, entre las cinco mejores del mundo. Tres grandes directores han respaldado el talento de Dudamel: el israelí-argentino Daniel Barenboim, el italiano Claudio Abbado y el inglés Simon Rattle, que lo elogió como “el director más asombrosamente dotado que haya conocido”.

Pero no son estos sus mayores logros. Su hazaña ha sido refrescar el panorama de la música clásica y llevar la academia al gran público. La orquesta y su director han derrumbado las barreras solemnes. Dudamel y sus músicos ejecutan las sinfonías con un gozo que es más frecuente en la música popular.

Es conocida la fiesta que arman cuando tocan el “Mambo” de la suite West Side Story de Leonard Bernstein, y el Malambo de Alberto Ginastera. Los trompetistas y los contrabajistas hacen girar sus instrumentos, los violinistas bailan sin dejar de tocar y el público se rinde y aplaude la osadía. El maestro venezolano Pablo Castellanos lo explicó así: “Ellos logran que la gente viva desde adentro su pasión por la música. Son como los buenos actores: atrapan la obra y la viven”.

Con ninguna otra orquesta del mundo, ha dicho Dudamel, siente una conexión como esa que lo une a la Simón Bolívar, que dirige desde que tenía dieciocho años. “Cada vez que la orquesta está en el escenario, su alma está desnuda y entrega todo”, dice Castellanos.




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Su calendario anual de compromisos consta de cuarenta y tres semanas que él divide entre Caracas, Los Ángeles y Gotemburgo, además de las invitaciones para dirigir otras orquestas. Sin embargo, siempre le queda tiempo: en enero Dudamel lideró el Proyecto Mahler, en el cual sus dos orquestas, la Simón Bolívar y la Filarmónica de Los Ángeles, interpretaron las nueve sinfonías. Fue una súper producción que involucró además varios coros y solistas.

Después de escuchar la Sinfonía Nº 3 con Dudamel al frente, el crítico Robert D. Thomas escribió: “Durante muchos años he dicho que si tuviera una sola pieza para escuchar mientras me muero, sería Zubin Mehta y la Filarmónica de Los Ángeles tocando el final de esta obra monumental. Ayer por la noche en el Walt Disney Concert Hall, la Orquesta Simón Bolívar estuvo muy cerca de igualar ese nivel. Y Gustavo Dudamel lo igualó”.

Johana Sierralta, violista, conoce al director desde cuando ambos tenían catorce años. “Cuando nos dirige podemos ser nosotros mismos. Admiro su humildad y su resistencia para trabajar sin descanso”.

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“Ensayo cada vez como si fuera la primera”, me dijo Dudamel en el 2009 antes de dirigir a la Simón Bolívar en el Kennedy Center de Washington.

Su secreto, detrás del talento y la disciplina, está en sentir la música desde el cuerpo. En pleno ensayo Dudamel pide a sus músicos que no se conformen con ser solo eso; que un músico hace gala de la técnica y puede producir un sonido, pero para alcanzar el nivel del artista, para subir ese peldaño, es necesario crear.

“La Orquesta nunca para de moverse, es una coreografía permanente. Como el vuelo de las aves que van en grandes grupos: no se ve quién las está guiando, pero todas se mueven de la misma manera, en la misma dirección”, dijo esa vez.

De niño, Dudamel asistía a los conciertos de la Sinfónica en Barquisimeto y quedaba fascinado con el director. Pero, mirándolo, lamentaba que a ese hombre le tocara ejecutar un instrumento que no sonaba. “Después me fui dando cuenta de que el instrumento era la orquesta, y de que con su gesto él iba logrando la música”.

Muchas veces antes del concierto, el director de treinta y un años se mantiene conectado a su iPod. Cualquiera pensará que escucha a Tchaikovsky o a Beethoven. Pero no. Desde ese par de audífonos salen los acordes de Tito Rodríguez. “Para que me den swing”, explica Dudamel.

Entonces está listo, ahora sí, para agitar la melena y ejecutar su único instrumento: no el violín, ya olvidado, sino toda la orquesta.









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