
Observo al firmamento como si fuera mi hogar. Sin dudas, mi imaginación se presta a volar. Imagino cómo sería una vida sin maldad, sin degeneración mental. Si todos nos lleváramos de la mano, como aquellas lejanas luminarias a kilómetros de distancia ¡qué bello sería!
Vivimos y gozamos de un infierno impuesto por nosotros mismos, ¿por qué no cambiar? ¿A qué le tememos? Alguien del más allá, nos tendría que buscar con una lupa de tan pequeños que somos. Pero aquí somos grandes, hacedores de bondades y fechorías. Creamos y destruimos, más lo segundo, y si inventamos, también es para destruirnos.
La hermandad ha colapsado a consecuencia de la ignorancia, cuando bien sabemos que todos somos iguales, unos finitos seres inmersos en un breve paseo que es la vida.
Cada instante vale oro, como cada respiración. ¿En dónde fallamos y por qué? ¿Cuáles son las ganancias? ¿Por qué apegarnos tanto al sufrimiento? Sabemos que podemos vivir en armonía, quizás suene a utopía, pero por un minuto deseo creer lo contrario.
Amar, querer, compañerismo, solidaridad, palabras que quedaron en el olvido. Algunos las utilizan, sin saber su verdadero significado, apenas son sombras de lo que realmente solían ser.
Sería tan plácido compartir un sentir con otra persona, sin que nazca la irrespetuosidad y la imposición de ideas.
Me acostumbré a dialogar con un espacio colmado de puntos luminosos. Es maravilloso como la inmensidad te presta atención sin juzgar tus pensamientos.
Pensé que estaba sola, embebida en mis penas, sin que a nadie le interesara.
El viento sopló del este haciéndose eco de la situación. Me brindó un -¡Aquí estoy!- El cielo, el viento y yo, unidos en una interesante conversación.
Me senté debajo de los arbustos a escuchar y disfrutar de la serenata que me regalaban. Hallé el sosiego que anhelaba, esa plenitud no tenía comparación con ningún hecho humano. Fue la Naturaleza quién prestó su oreja, ante mis insignificantes palabras.
No le importó escuchar a una diminuta mujer, común y corriente. Me aceptó como igual. Lo increíble es que esperaba eso mismo en mi mundo, una aceptación universal. Unidos como iguales, dando paso a la evolución, una que sea de la mente y no tecnológica.
Estoy contenta porque la tengo a ella, ahora me pregunto ¿hasta cuándo mis “hermanos” vamos a seguir fraccionados?
Educativa, placentera y necesitada, la plática con esta humilde Diosa. Si todos habláramos y la escucháramos por unos segundos, les aseguro que no necesitaríamos tantos cálculos matemáticos para entender a la vida, que ella misma nos cedió.
Esa cautivante noche se despidió, dejándome una pizca de optimismo hacia mi raza, que amo con mi alma, aunque a veces no se lo merezca.
Vivimos y gozamos de un infierno impuesto por nosotros mismos, ¿por qué no cambiar? ¿A qué le tememos? Alguien del más allá, nos tendría que buscar con una lupa de tan pequeños que somos. Pero aquí somos grandes, hacedores de bondades y fechorías. Creamos y destruimos, más lo segundo, y si inventamos, también es para destruirnos.
La hermandad ha colapsado a consecuencia de la ignorancia, cuando bien sabemos que todos somos iguales, unos finitos seres inmersos en un breve paseo que es la vida.
Cada instante vale oro, como cada respiración. ¿En dónde fallamos y por qué? ¿Cuáles son las ganancias? ¿Por qué apegarnos tanto al sufrimiento? Sabemos que podemos vivir en armonía, quizás suene a utopía, pero por un minuto deseo creer lo contrario.
Amar, querer, compañerismo, solidaridad, palabras que quedaron en el olvido. Algunos las utilizan, sin saber su verdadero significado, apenas son sombras de lo que realmente solían ser.
Sería tan plácido compartir un sentir con otra persona, sin que nazca la irrespetuosidad y la imposición de ideas.
Me acostumbré a dialogar con un espacio colmado de puntos luminosos. Es maravilloso como la inmensidad te presta atención sin juzgar tus pensamientos.
Pensé que estaba sola, embebida en mis penas, sin que a nadie le interesara.
El viento sopló del este haciéndose eco de la situación. Me brindó un -¡Aquí estoy!- El cielo, el viento y yo, unidos en una interesante conversación.
Me senté debajo de los arbustos a escuchar y disfrutar de la serenata que me regalaban. Hallé el sosiego que anhelaba, esa plenitud no tenía comparación con ningún hecho humano. Fue la Naturaleza quién prestó su oreja, ante mis insignificantes palabras.
No le importó escuchar a una diminuta mujer, común y corriente. Me aceptó como igual. Lo increíble es que esperaba eso mismo en mi mundo, una aceptación universal. Unidos como iguales, dando paso a la evolución, una que sea de la mente y no tecnológica.
Estoy contenta porque la tengo a ella, ahora me pregunto ¿hasta cuándo mis “hermanos” vamos a seguir fraccionados?
Educativa, placentera y necesitada, la plática con esta humilde Diosa. Si todos habláramos y la escucháramos por unos segundos, les aseguro que no necesitaríamos tantos cálculos matemáticos para entender a la vida, que ella misma nos cedió.
Esa cautivante noche se despidió, dejándome una pizca de optimismo hacia mi raza, que amo con mi alma, aunque a veces no se lo merezca.

¡Muchas gracias por pasar! 